Perú: Ni el huevo ni la gallina

Mario Zúñiga considera que "hay que implementar reformas que alineen los incentivos de los funcionarios públicos con el bienestar social. Más y mejor representatividad política, para que los políticos asuman las consecuencias de sus actos; más meritocracia; más competencia a escala de organizaciones que aún tienen monopolios".

Por Mario Zúñiga

Luego de sugerir que el Estado es ineficiente “porque es muy chico” o porque “gasta muy poco”, David Rivera señala en un artículo del 30 de junio, coherentemente con su posición por cierto, “‘sacrificar’ algo de estabilidad macro [...] o llegar a un pacto fiscal [...] que eleve los impuestos en el corto plazo a quienes más tienen y más ganan”. Si no tomamos algunas de las opciones que él ofrece, estaríamos “creyendo cuentos chinos” o discutiendo infructuosamente “sobre qué es primero, ¿el huevo o la gallina?”.

Existen, sin embargo, al menos dos poderosas razones para no aumentar impuestos en el Perú. En primer lugar, extraer más riqueza del sector privado para trasladarla a un sector público que no presta buenos servicios; no gasta bien, y que ni siquiera puede gastar todo lo que presupuesta, es un desperdicio.

Es cierto que hay sectores en los que el Estado debe invertir más y aumentar su presencia. Pero mientras no ajustemos nuestro sistema político, nuestro Poder Judicial y nuestra burocracia, los incentivos seguirán favoreciendo la corrupción, la ineficiencia, el gasto excesivo y el uso de bienes públicos para la obtención de beneficios privados.

No se trata entonces de hacer el Estado más grande o más chico, sino de hacerlo más eficiente. Y para eso hay que implementar reformas que alineen los incentivos de los funcionarios públicos con el bienestar social. Más y mejor representatividad política, para que los políticos asuman las consecuencias de sus actos; más meritocracia; más competencia a escala de organizaciones que aún tienen monopolios, como Essalud (capa compleja), entre otros.

En segundo lugar, la estrategia de exprimir “a los que más tienen” no tiene mucho sentido. Las empresas e individuos con mayores ingresos son los mejor calificados para reorganizar sus actividades y activos allí donde la tributación resulta excesiva. Además, en el Perú ya son algunos pocos los que soportan el financiamiento del Estado. El índice de libertad del contribuyente (ILC), elaborado por Contribuyentes por Respeto, muestra cómo, más allá del 16% de presión tributaria del que habitualmente se habla, los contribuyentes formales tienen aproximadamente el 41% de sus ingresos “restringidos” (es decir, se destinan a cubrir el costo del Estado o no son de libre disposición).

Ir más allá de eso es correr el riesgo de empujar más gente a la informalidad. Lo que tenemos que hacer es precisamente lo contrario: bajar la carga tributaria y regulatoria, de modo tal que incluyamos a más ciudadanos, cobrando impuestos que la gran mayoría (incluso los más pobres) esté dispuesta a asumir. Esto no solo aumentaría la base tributaria, sino que además les da a los contribuyentes un incentivo para hacer uso de sus derechos políticos: hoy la gran masa informal no tiene incentivos para fiscalizar al político: no está (mal)gastando su dinero, al fin y al cabo.

En algo concordamos con Rivera. No hay que creernos cuentos chinos. Hay cuentos de otras latitudes, como Irlanda o Estonia por ejemplo, de los que podemos aprender que se puede crecer (y desarrollar) con impuestos bajos. Queda la opción, dirá Rivera, de endeudarse. ¿No es ese el cuento griego?

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 14 de julio de 2015.