Perú: Inimaginable imaginación

Alfredo Bullard dice acerca de la regulación de taxis en el Perú "Lo que el Estado debería hacer es aprovechar lo que funciona y usar la imaginación ajena para convertirla en creatividad propia. En lugar de fomentar lo que funciona, se quiere regularlo y fiscalizarlo. No conforme con no tener buenas ideas, se dedica a perseguir a quien sí las tiene".

Por Alfredo Bullard

Fernando fue, por años, un comerciante informal. Tenía un puesto ambulante en las calles. Pero decidió abrir su pequeña bodega formal. Orgulloso usó sus ahorros y un préstamo bancario para financiarla. Un lindo local. Bien ubicado. El día de la inauguración esperaba ansioso la llegada de los clientes. Pero los primeros que llegaron fueron la municipalidad, la Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria (Sunat) y el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual (Indecopi). Le pidieron cumplir requisitos y le pusieron multas. En su puesto informal nunca se encontró con estas instituciones. En solo horas de haber abierto se encontró con las tres.

Recordó entonces las palabras de su primo: cuanto más visible y exitoso seas, peor.

Hace unos días Agustín Valencia Dongo escribió un artículo sobre la misma historia con distintos personajes (“¿Debe Indecopi subirse al taxi o bajarse de él?”).

El lector posiblemente haya usado Easytaxi, Taxibeat o Uber. Pueden funcionar bien, regular o mal. ¿Pero cómo compara esos servicios con el que se obtiene de estirar el brazo en la esquina y esperar que pare el primer taxi que pase?

Con los nuevos taxis, desde una aplicación en el celular uno puede solicitar el servicio desde casa. Su celular le avisa, luego de breves minutos, cuando llega el vehículo (con lo cual no corre el riesgo de esperar en la calle). Uno sabe cuánto le va a costar, la descripción del auto, número de placa, teléfono y hasta la foto del chofer. Usualmente lo atienden con amabilidad y tienen vuelto, incluso si paga con billetes grandes. Y al final el celular le pregunta qué tal el servicio, con lo que la plataforma de atención pueden identificar cualquier problema.

En contraste, al tomar el taxi estirando el brazo en la esquina, uno no sabe quién es el chofer, si es un delincuente o un malcriado. Uno espera en la calle, corriendo el riesgo de ser asaltado. Si le atienden mal no hay dónde quejarse. Y si olvida algo en el auto nunca más lo verá.

Indecopi está fiscalizando los nuevos servicios de taxi por supuesta competencia desleal. ¿Cuál es la infracción? Competir con taxis que sí están autorizados por la Municipalidad de Lima.

¿Qué taxi le genera más confianza? ¿Easytaxi o el aprobado por la municipalidad? Con esa fiscalización el Indecopi no solo protege a los inseguros taxis municipales. Protege también a los informales no registrados ni en una plataforma ni en la municipalidad, los que pululan por las calles de Lima. No son nuevos. No destacan por ser ni seguros, ni eficientes, ni por la calidad del servicio que ofrecen. Están hace décadas. ¿Cuántas acciones inició Indecopi contra esos informales que compiten “deslealmente”? Ninguna.

Por supuesto que alguien dirá que la razón de la autorización municipal es regular el exceso de taxis para reducir la congestión. Lo interesante es que los nuevos taxis precisamente combaten esa congestión. Esta se genera por el número de unidades que circulan multiplicadas por el tiempo que permanecen en la calle. En los sistemas convencionales los taxis permanecen más tiempo circulando vacíos buscando pasajeros. El sistema de plataforma que funciona con el celular reduce “los costos de transacción” de identificar clientes, lo que reduce a su vez el número de unidades necesarias y con ello la congestión. El sistema aumenta la ocupabilidad y con ello reduce el tiempo total de permanencia en la calle y el número de taxis.

Pero como en el caso de Fernando y su bodega, el problema de Easytaxi es que ha sido exitoso y ha captado el interés de un grupo de consumidores. Su éxito los ha hecho visibles. Al ser visibles, la autoridad fiscaliza una competencia sana en beneficio de la verdadera competencia nociva que sí perjudica a los consumidores.

Lo que el Estado debería hacer es aprovechar lo que funciona y usar la imaginación ajena para convertirla en creatividad propia. En lugar de fomentar lo que funciona, se quiere regularlo y fiscalizarlo. No conforme con no tener buenas ideas, se dedica a perseguir a quien sí las tiene.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 11 de julio de 2015.