Perú: Infraestructura y crecimiento

Iván Alonso dice que "Así como las estrellas parecen, al ojo humano, más cerca de lo que están, así también la relación entre la inversión en infraestructura y el crecimiento económico parece más estrecha de lo que es".

Por Iván Alonso

Así como las estrellas parecen, al ojo humano, más cerca de lo que están, así también la relación entre la inversión en infraestructura y el crecimiento económico parece más estrecha de lo que es. La construcción de un puente, de una carretera, de una línea de transmisión de electricidad —que no están “infra” de nada más que del cielo, pero igual se les considera infraestructura— algo agrega, en lo inmediato, a la actividad económica. Y una vez concluida, la obra presta servicios que engrosan el producto bruto interno (PBI). La pregunta es cuánto.

Tomemos como ejemplo la línea 2 del metro de Lima, que demanda, hasta donde se sabe, una inversión de 5.700 millones de dólares, que es un 3% del PBI. Eso no significa que nuestra economía vaya a crecer 3% más el año que viene. Si la inversión se ejecuta en tres años, son 1.900 millones anuales, que aparentemente agregan 1% al PBI. Pero de esos 1.900 millones una tercera parte, digamos, son rieles y trenes que se fabrican afuera y, por lo tanto, no son parte del PBI del Perú; otra tercera parte serán ingenieros y maquinaria que de no estar ocupados en esta obra estarían construyendo casas, edificios o centros comerciales y, en consecuencia, suman con una mano lo que restan con la otra. Solamente un tercio de esa inversión —en esta vivisección arbitraria— es una contribución neta a la producción nacional. Lo que equivale a un crecimiento anual de 0,3% del PBI durante el tiempo que dura la construcción.

¿Qué pasa cuando el proyecto entra en operación? Ciertamente, a partir de ese momento genera un crecimiento continuo de la economía. ¿O no?

Pues no. En eso no es distinto un proyecto de infraestructura que cualquier otra inversión que aumenta la capacidad de producción del país. Imaginemos una carretera que, utilizada a plena capacidad, produce beneficios equivalentes al 1% del PBI, medidos no por la recaudación de peajes, que puede ser menos, sino por el valor del tiempo que ahorran los automovilistas y los camioneros y la consecuente reducción de los costos de transporte.

Uno por ciento es todo lo que esa carretera puede dar, una vez que llegue a su máxima capacidad. Si ese potencial se realiza a lo largo de diez años, la carretera contribuirá con un crecimiento de 0,1% del PBI al año durante diez años. Si se realiza en cinco años, contribuirá 0,2% del PBI al año durante cinco años. Si se realiza en dos años, contribuirá 0,5% del PBI al año durante dos años. Luego se estabiliza.

En resumen, cada obra de infraestructura aumenta la tasa de crecimiento de la economía solamente durante un tiempo limitado, que es el tiempo que le toma alcanzar su máxima capacidad de utilización. Para que la infraestructura contribuya de manera permanente a acelerar el crecimiento económico tenemos que pensar en una serie de proyectos que se suceden unos a otros, a manera de capas superpuestas que van elevando progresivamente el nivel del PBI. Ninguno de ellos es capaz de aumentar la tasa de crecimiento más que transitoriamente, pero su efecto acumulativo puede mantenerla allí arriba.

Pero —y el pero es en este caso lo más importante— para que la inversión en infraestructura contribuya realmente al crecimiento económico tiene que dirigirse a proyectos que presten servicios que la gente valore al menos tanto como hayan costado. Los demás son elefantes blancos.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 13 de noviembre de 2015.