Perú: Cada eslabón, marca la forma del siguiente

Alfredo Bullard reseña la obra de trato "Padre Nuestro" de Mariana de Althaus, la cual considera que "En una metáfora posiblemente impensada por la autora, pero muy bien lograda, los políticos se pasean como el telón de fondo de la vida de los personajes, mostrando la misma continuidad condicionante, en la que heredamos los males que otros heredaron de sus antecesores".

Por Alfredo Bullard

“Cuando le enseñas a tus hijos le enseñas a tus nietos”. Este refrán refleja la cadena de la vida. Cada eslabón marca la forma del siguiente y a la vez se parece al anterior. Nuestros padres son en parte lo que fueron nuestros abuelos. Y nuestros hijos serán, en parte, lo que somos nosotros.

La obra de teatro “Padre Nuestro” de Mariana de Althaus (que se presenta en el Centro Cultural de la Católica) grafica, con profundidad y simpleza, esa cadena. La obra emociona, entristece y entusiasma con la excusa de mirar la vida misma.

Los cuatro actores nos pasean por lo que reciben de sus padres y lo que desean para sus hijos. Nos muestran que el éxito y la desgracia son, a la vez que individuales, parte de una continuidad marcada por lo que aprendimos y por lo que enseñamos. Los “rollos”, traumas y virtudes los heredamos trasmitiendo miedos, defectos y fracasos. Pero también heredamos sueños y transmitimos esperanza.

Destaca el paralelo que la obra hace con la vida política del país. En una metáfora posiblemente impensada por la autora, pero muy bien lograda, los políticos se pasean como el telón de fondo de la vida de los personajes, mostrando la misma continuidad condicionante, en la que heredamos los males que otros heredaron de sus antecesores.

Las dictaduras de Velasco y Morales Bermúdez, persiguen a Papa Noel y al Pato Donald, reducen los juguetes de los niños a los producidos por la empresa peruana de plásticos BASA (incluido el muñeco Apachurrito), y acabando con las libertades civiles. Condicionan una mediocre Constitución del 79, que al no ser ni chicha ni limonada condiciona al tibio y mediocre gobierno de Belaunde.

Alan García le da nuevos aires al socialismo militar y destruye lo poco que quedaba del país, con malos manejos y corrupción. Y así como la abuela de uno de los protagonistas de la obra olvidó que el abuelo había sido un muy mal tipo y lo recuerda con cariño luego de su muerte, nosotros olvidamos lo que hizo Alan y lo reelegimos.

Fujimori hace renacer los genes del militarismo autoritario y destruye la casi inexistente institucionalidad, creyendo que podrá lavar sus pecados con reformas económicas, combatiendo al terrorismo y sembrando impunidad. Y la historia continua. Si se pudiera justificar que Fujimori cerró el Congreso en 1992 porque era un circo, con el espectáculo que nos da el actual parlamento, se justificaría fusilar a los congresistas.

Como en la vida misma, la historia del país muestra nuestros “rollos”, traumas y fracasos. La mediocridad de los gobiernos no es meramente causal, es institucional. Es genética. Pasa de padres a hijos y de mandatario a mandatario.

Pero “Padre Nuestro” no es, como podría parecer, pesimista. En realidad está llena de esperanza. Los gobiernos de Paniagua, Toledo, el segundo de Alan García y el de Humala, “pasan piola”: ni siquiera se les menciona en la obra. Ante tanto desbarajuste, no sé si el silencio los redime, pero al menos los muestra irrelevantes. Y es que los últimos gobiernos parecen destacar más porque hicieron poco daño que porque hicieron mucho bien. Parece ser que la irrelevancia del gobierno es una virtud porque liberó las fuerzas de los individuos para que estos muevan al país.

Todos somos, de alguna manera, disfuncionales. Como se dice en la obra, queremos que nuestro hijo sea distinto, pero cuando se porta distinto a los demás nos asustamos, nos parece disfuncional y lo llevamos al psicólogo. Nadie es perfecto ni podrá serlo. La felicidad con el otro no radica en la abundancia de virtudes, sino en la capacidad de aceptar los defectos. El amor entre padres e hijos no nace de la perfección, sino de la tolerancia. Somos más tolerantes que los peruanos del velasquismo de los 70s y, espero, nuestros hijos serán más tolerantes que nosotros.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 30 de noviembre de 2013.