Para Bush el gobierno es un pasatiempo
Por Doug Bandow
Para muchos de los hombres que ocupan el cargo de presidente de EE.UU., el gobierno es un asunto serio. Para George W. Bush parece que es un pasatiempo. Esa es la única explicación para su nominación de Harriet Miers para la Corte Suprema bajo la razón de “confíen en mí”.
Miers parece ser una buena abogada y una asesora presidencial competente. Pero nada en su carrera sugiere que es una de las personas más calificadas para ser miembro del tribunal más alto de EE.UU.
De hecho, no hay ninguna indicación de que haya hecho algo para prepararse para ese puesto. ¿Ha pensado alguna vez sobre jurisprudencia constitucional o considerado seriamente asuntos políticos controversiales o estudiado el contexto histórico y filosófico del gobierno de EE.UU.?
Puede que sea una persona que aprende rápidamente, pero entrando en su sexta década es un poco tarde para embarcarse en semejante cambio de carrera. Y no hay nada, salvo la confianza que le tiene presidente, que sugiera su nominación.
Si se les pidiera a 10, 100 o 1,000 académicos que enumeren a los mejores candidatos para la Corte Suprema, su nombre no aparecería. El presidente Bush puede haber escondido su sonrisa reveladora cuando alegó que ella fue “la mejor persona que pude encontrar”, pero ninguno de sus oyentes pudo evitar la risa.
La nominación es simplemente nepotismo. Por supuesto, no todo nepotismo es creado de igual forma. La comunicación personal es importante cuando un funcionario probablemente trabaje cerca del presidente, como el Asesor Legal de la Casa Blanca. Y Miers posee al menos una habilidad básica, en contraste con, por ejemplo, Michael Brown, favorito presidencial, colocado en la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias.
Pero una nominación vitalicia a la Corte Suprema es diferente. La amistad con el titular del ejecutivo no debe considerarse como una calificación para ocupar una banca en el tribunal judicial más alto del país. De hecho, es una causa de preocupación cuando un potencial Juez de la Suprema Corte aparentemente describió al presidente cuya conducta juzgó como la del hombre más “brillante” que alguna vez conoció.
En juego aquí hay menos corrupción y más frivolidad. El Presidente Bush simplemente no toma el gobierno con seriedad. Es por eso que el Senador republicano Orrin Hatch de Utah está tan equivocado al decir que los conservadores “deberían confiar en su palabra” al evaluar las calificaciones de Miers.
No puede confiarse en el juicio del Presidente Bush. Basta con considerar su respuesta al huracán Katrina. Los puestos fueron llenados con amigos y allegados de confianza—“Brownie” en el caso de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias, a pesar de su importante rol en el mundo posterior al 11 de septiembre.
Tampoco fue evaluado el desempeño. Solamente por ir a trabajar significó que Brownie estaba “realizando un trabajo magnífico”, en las palabras del presidente. Hasta la explosión política que ocurrió después de Katrina, nadie en la administración había rendido cuentas por nada.
Irak es un ejemplo todavía más espectacular. Se tomaron decisiones sobre políticas de guerra, mientras se desalentaba a cualquiera que ofreciera evidencias contradictorias con la existencia de armas de destrucción masiva en Irak. Se fracasó en planear las contingencias más obvias, como la insurrección. Se ignoraron los detalles más básicos, como equipar los soldados y los vehículos con armaduras. No se reconocieron los errores y se promovieron a las personas que cometieron la mayor cantidad de desaciertos.
Finalmente, cuando se desafió a la administración, ésta evadió cuestionamientos cuando pudo y sino, repitió la vieja retórica. Pareciera que el Presidente creyera que llevar a EE.UU. a la guerra, la decisión más seria que un presidente puede tomar, es semejante a un gran juego de video.
Igual de defectuosa fue la administración de las políticas presupuestarias. El Presidente Bush presiona por un recorte de impuestos para los estadounidenses mientras se emprende en una orgía de gasto que lo convierte en el Lyndon Johnson Republicano. Pide restricciones en el gasto mientras se niega a vetar un solo proyecto de ley.
Con los nuevos beneficios de medicamentos del Medicare para los jubilados ayudó a implementar la mayor expansión en el sistema de asistencia social en 40 años, pero no mostró interés en las características específicas de la medida, incluyendo sus costos. Aparentemente, no vio ninguna contradicción entre hablar a lo conservador y prometer beneficios por el valor de trillones de dólares en promesas sin respaldo financiero.
George W. Bush no es una mala persona. Pero toma malas decisiones: es un individuo que es preocupantemente poco leído y que carece de curiosidad intelectual.
Emocionalmente sigue siendo un adolescente arrogante, seguro de sus propias decisiones y rápido para considerar a la oposición como el equivalente de la deslealtad. Finalmente, no se dispone a reflexionar sobre decisiones pasadas, reconocer errores o hacerle rendir cuentas a la gente.
El tema es irrelevante. No tiene buena información, no elige buena gente, no reconoce que tal vez esté tomando una decisión equivocada, y no vuelve a considerar errores obvios a la luz de la experiencia.
Por esta razón, un “confíen en mi” presidencial no puede justificar elevar a Harriet Miers a la Corte Suprema de EE.UU. El Presidente Bush ha probado varias veces que su juicio es sospechoso. Queda en manos del Senado de EE.UU. insistir al Presidente que tome seriamente una decisión tan importante como ésta.
Traducido por Marina Kienast para Cato Institute.