Países para Snowden

Cristina López G. dice que lo que se requiere son más "Snowdens" en los países (Ecuador, Venezuela y Nicaragua) que le han ofrecido asilo al ex contratista de la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU.

Por Cristina López G.

El delito de traición se tipifica normalmente como aquella conducta en la que el nacional de un país vende secretos a enemigos de esa nación. Es de traición que EE.UU. está acusando a Edward Snowden, quien en el aura de misterio que lo envuelve ya desbancó a Julian Assange por el título del soplón más famoso del mundo. La audiencia a la que Snowden reveló su información  a través de un periodista investigativo, fue la ciudadanía estadounidense y la del mundo. ¿Esta acusación de traición implica entonces que el gobierno de EE.UU. considera “enemigos” a los ciudadanos que le otorgan poder y lo sostienen con sus impuestos, y además a los ciudadanos del mundo, de quienes mucho de su comercio internacional depende?

Snowden, al revelar la manera en la que se ocupan los recursos de la inteligencia estatal de EE.UU. en contra de la misma ciudadanía con la excusa de prevenir el terrorismo, se ganó un poderosísimo enemigo, pero también muchos aliados entre quienes perciben que el poder transferido de la ciudadanía a los gobiernos no debería ser usado en contra de la misma ciudadanía que lo confiere. No faltó mucho para que algunos países que tienen entre sus políticas internacionales la oposición a EE.UU. (justificada más por tercermundismo ideológico que por estrategia geopolítica o comercial) aprovecharan la situación para buscar sacar crédito político internacional ofreciendo a Snowden asilo y refugio seguro. En estos países, Ecuador, Venezuela y Nicaragua, la libertad de expresión y la desobediencia civil ante abusos estatales es muy apreciada, siempre y cuando no sea dirigida hacia sus gobiernos.

Ecuador tiene un largo historial de episodios de mordazas legales y desapariciones sospechosas ante quienes critican la gestión gubernamental. Por su parte, no hace más de dos semanas que Nicaragua puso en vitrina sus prácticas de abuso de la fuerza ante las protestas pacíficas al gobierno de Ortega. En Venezuela, la estrategia de cooptación de medios que exhiban críticas sobre las maniobras de quienes ostentan el poder ha sido consistente y el acoso a opositores y el uso de la inteligencia estatal con objetivos políticos han sido importados de la mismísima Habana.

En El Salvador también se han condenado las prácticas abusivas del gobierno estadounidense, y sin embargo, el espionaje político en la campaña electoral se está volviendo tan tradicional como la pinta y pega. ¿Cómo saber, en un país donde algo tan trivial como la información sobre los gastos o itinerarios del presidente se considera clasificada, las maneras en que las actividades del Organismo de Inteligencia del Estado violan sistemáticamente las privacidades y libertades de los salvadoreños únicamente por motivaciones políticas?

Ante la incertidumbre que vive Snowden, situación que genera incertidumbre sobre su seguridad jurídica y física, mucha gente insiste que lo que Snowden necesita es que más países aboguen por sus derechos individuales, saliendo a la palestra para ofrecer asilo en sus territorios nacionales. Pocos agregan a esa reflexión la verdad al fondo de este contexto: más que países para Snowden, lo que verdaderamente se necesita son más Snowdens para estos países.

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de Hoy (El Salvador) el 14 de julio de 2013.