Occidente no debería intervenir en Bielorrusia

Ted Galen Carpenter dice que los líderes de Occidente no deberían ceder ante la presión de tomar acciones más decididas en torno al régimen de Lukashenko en Bielorrusia, dado que eso podría elevar las tensiones entre Occidente y Rusia todavía más sin necesariamente ser suficientes para remover dicho gobierno.

Por Ted Galen Carpenter

Luego de las masivas protestas en las calles del mes pasado en contra del régimen corrupto y autocrático de Alexander Lukashenko, el presidente desde hace mucho de Bielorrusia, parecía que los gobiernos occidentales puede que hayan tenido la sabiduría de no inmiscuirse. Desafortunadamente, esa esperanza se está desvaneciendo, conforme las campañas de los partidarios usuales de un cambio de régimen liderado por EE.UU. se han vuelto más verbales. Es imperativo que los líderes estadounidenses y europeos se resistan a llamados de tomar acción en respaldo de los manifestantes pro-democracia. Dar pasos en esa dirección podrían no solo involucrar a EE.UU. y sus aliados en una lucha política interna desordenada en un país pequeño en Europa Oriental, también podría conducir a una confrontación peligrosa con Rusia

Como discutí en un artículo anterior de American Conservative, la relación entre Lukashenko y el presidente ruso Vladimir Putin es complicada. A nivel personal, los dos hombres casi no se toleran. El Kremlin considera al régimen en Minsk como un cliente disfuncional y muchas veces poco confiable. La mayoría de los expertos occidentales coinciden en que Moscú preferiría evitar conducir una intervención militar directa en Bielorrusia. Los funcionarios rusos probablemente ven pocas ventajas para su país en responsabilizarse de los asuntos de su vecino políticamente inquieto y económicamente empobrecido. 

Aún así, el gobierno de Putin está visiblemente nervioso acerca de lo que podría llenar el resultante vacío de poder si Lukashenko es removido. La memoria de Ucrania en 2014 y la Revolución Maidan, cuando los manifestantes (con más que un poco de aliento occidental) derrocaron al gobierno electo y amigable con Rusia y lo reemplazaron con un sucesor firmemente nacionalista y pro-OTAN, todavía asusta a los líderes rusos. Es cierto que hay diferencias importantes entre los dos casos. A diferencia de los manifestantes ucranianos, pocos manifestantes bielorrusos portan letreros proclamando su entusiasmo por la OTAN y la Unión Europea (UE), ni tampoco están llenos de botones y banderas que muestran la bandera estadounidense. En general, el sentimiento popular bielorruso parece ser vagamente pro-ruso. Gran parte de los manifestantes pro-democracia parecen estar genuinamente enfocados en su objetivo declarado de tener unas elecciones honestas y acabar con el gobierno autoritario de Lukashenko. 

Aún así es importante para los líderes occidentales no subestimar la determinación de Moscú de mantener a Bielorrusia en la órbita geopolítica de Rusia. Desde un principio, Putin advirtió explícitamente a los gobiernos de la UE que no interfieran en Bielorrusia. También aseguró a Lukashenko que Rusia estaba preparada, bajo las provisiones del existente acuerdo mutuo de seguridad, para desplegar soldados para mantener el orden, si eso se volviera necesario. Desde ese entonces ha reiterado ese compromiso. 

La respuesta inicial de los gobiernos occidentales al desorden en Bielorrusia fue relativamente cautelosa y limitada. Cuando Lukashenko acusó a la OTAN de desplegar soldados en la frontera occidental de su país, los líderes de la alianza negaron rotundamente la acusación, y en ese momento, esas negaciones eran aparentemente veraces. Ya no lo son. La OTAN ahora ha conducido ejercicios militares cerca de la frontera de Lituania con Bielorrusia, un paso imprudente y gratuitamente provocador. También podría reflejar una creciente campaña en Occidente para demostrar la “solidaridad” con facciones pro-democracia en Bielorrusia. 

Un editorial del 10 de septiembre en el New York Times, “Respaldemos a los valientes manifestantes de Bielorrusia”, es típico en este esfuerzo de cabildeo. La junta editorial del New York Times afirmó que “la represión de manifestantes pacíficos sobre una elección abiertamente arreglada en Bielorrusia es una ofensa a todos los que apreciamos la democracia y la justicia elemental”. La editorial señaló que los manifestantes “no han buscado apoyo de la Unión Europea, OTAN y EE.UU.” Aún así eso no detuvo a los editores para ofrecer respaldo. Advirtieron que Moscú podría “tratar de involucrar a la Unión Europea en una forma de diálogo que le daría una fachada de legitimidad a la búsqueda de Rusia de una manera de resolver la crisis a su favor”.

Los escritores de las editoriales han despreciado cualquier diálogo así. En cambio, ellos sostenían,

“que el papel de Occidente —de sus gobiernos, las organizaciones de derechos humanos y de las redes sociales que mueven al público— es demostrarle a muchas de las personas valientes que votaron por la señora Tikhonovskaya [la candidata de la oposición en la la elección anteriormente manchada] y quienes han aguantado golpizas y arrestos simplemente para demandar que estos votos sean contados, que las personas libres en todas partes estén de su lado y respalden su clamor por unas nuevas elecciones, la liberación de todos los detenidos y el retorno de los líderes de la oposición que han acabado en el exilio”. 

El New York Times difícilmente estuvo contento con dicho respaldo moral, sin embargo. En cambio, insistió que el mensaje de respaldo occidental “debería ser resaltado con severas sanciones personales —cuentas bancarias congeladas en el extranjero, prohibiciones de viajes y otras similares— en contra de los cómplices del Sr. Lukashenko y aquellos que falsificaron los resultados de la elección y luego abusaron cruelmente de aquellos que se atrevieron a protestar”.

Esa estrategia logró ser simultáneamente provocativa e ineficaz. Esto simbolizaría que el intento de Occidente es una vez más pescar en río revuelto dentro del perímetro de Rusia, agitando al Kremlin y empeorando las desde ya frías relaciones entre el Este y Occidente. Bielorrusia ya ha amenazado cerrar rutas importantes de tránsito desde Rusia hacia Europa Oriental y Central si se imponen sanciones, lo cual podría elevar todavía más las tensiones. Aunque provocativas, las sanciones sugeridas por el New York Times serían totalmente insuficientes para derrocar el régimen de Lukashenko o siquiera amenazar su permanencia. Resaltar la naturaleza bi-partidista de la presión por una política más activa por parte de EE.UU. para respaldar a las fuerzas anti-Lukashenko, la Fundación Heritage urgió a Washington a “considerar implementar las sanciones de la Ley Magnitsky sobre las autoridades bielorrusas relevantes”. Esa legislación fue establecida en 2012 para castigar a Rusia por supuestas violaciones de derechos humanos. Las recomendaciones del New York Times y la Fundación Heritage acerca del atractivo de las sanciones fueron casi idénticas. 

Los líderes estadounidenses y de la UE deben resistir dicha presión. Un desarrollo que podría llevar a Putin a superar su reticencia de intervenir militarmente en Bielorrusia podría ser si concluye que Occidente pretende interferir allí como lo hizo en Ucrania. Moscú considera a Bielorrusia como una defensa territorial importante entre la Federación Rusa y la OTAN. Si fuese presionado, Putin podría decidir absorber a Bielorrusia por razones de seguridad, como lo hizo con Crimea. Un Tratado acerca de la Creación de un Estado Unido de Rusia y Bielorrusia fue firmado en 1999. Hasta ahora, ha sido en gran medida simbólico, pero una Rusia asustada podría dar los pasos para implementarlo integralmente. Tales pasos pondrían la actual guerra fría entre Moscú y Occidente en un mayor congelamiento, un resultado que nadie debería desear. Los líderes occidentales, especialmente los de EE.UU., necesiten abstenerse de empeorar una situación que desde ya es mala.

Este artículo fue publicado originalmente en The American Conservative (EE.UU.) el 16 de septiembre de 2020.