Nueva esperanza para Zimbabwe

Por Roger Bate, Marian L. Tupy, y Tom Woods

Marian L. Tupy es analista de políticas públicas del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global del Cato Institute y editor del sitio Web www.humanprogress.org.

Tom Woods es un académico titular asociado de la Heritage Foundation.

El colapso económico y la represión política de Zimbabwe continúan intensificándose. Cuatro millones de zimbabweanos ya han huido del país, y muchos de los 8 millones que quedan ahí se enfrentan a condiciones extremadamente difíciles.

Desde 1994, la expectación de vida promedio en la afligida nación ha caído de 57 a 34 años para las mujeres, y de 54 a 37 años para los hombres—las expectaciones de vida más bajas del mundo.

Y no debería sorprendernos. Algunas 3.500 personas mueren cada semana de los efectos combinados del HIV/SIDA, la pobreza y la desnutrición. Los asesinatos auspiciados por el Estado y la tortura de activistas de oposición son comunes también. Más personas mueren en Zimbabwe cada semana que en Afganistán, Darfur o Irak.

Queda claro que los líderes africanos—principalmente el presidente sudafricano Thabo Mbeki—le han fallado al pueblo de Zimbabwe. No obstante, mientras que la crisis se empeora, hay esperanza de que un nuevo liderazgo regional lidie con la tragedia olvidada de África con más fuerza. EE.UU., también, debe reconsiderar su anterior política hacia Zimbabwe y aprovechar esta nueva oportunidad.

Nadie puede culpar a la política estadounidense, la cual ha consistido de una retórica firme y un esfuerzo continuo para persuadir al mundo a actuar mediante unas sanciones focalizadas. Pero ya es hora de cambiar de estrategia.

El cambio en Zimbabwe siempre ha requerido una dosis saludable de realidad. Nunca ha habido un momento como el actual para promover una aplicación de presión al régimen de Mugabe. Ya es hora por una simple razón: el presidente Thabo Mbeki está de salida.

Por años, el Departamento de Estado de EE.UU. ha considerado muy conveniente “apoyar sin reservas” el liderazgo del Sr. Mbeki para resolver la crisis en Zimbabwe. Con la partida del Sr. Mbeki, el Departamento de Estado debería ahora admitir que su “diplomacia silenciosa” fue un fracaso rotundo.

La falta de acción del Sr. Mbeki y su actitud arrogante frente al sufrimiento del pueblo de Zimbabwe han causado un gran daño a la idea de un “renacimiento africano”. Uno no puede evitar imaginarse si alguna vez el de hecho pretendió hacer algo para acabar con las crueldades del reino de Robert Mugabe en Harare.

Hay buenos motivos para esperar que el reemplazo del Sr.Mbeki, el recientemente elegido líder del Congreso Nacional Africano (ANC por sus siglas en inglés) Jacob Zuma, comprende la calamidad que se está desarrollando al norte de su país y está dispuesto a tomar las medidas necesarias para despertar a la región de la pesadilla en la que Zimbabwe se ha convertido.

Una razón es que la elección del Sr. Zuma hubiera sido imposible sin el apoyo de los poderosos sindicatos comerciales sudafricanos los cuales tienen lazos estrechos y amigables con el Movimiento por el Cambio Democrático (MDC, por sus siglas en inglés) de la oposición en Zimbabwe.

Mientras tanto, Washington podría hacer más también. Aunque los intereses nacionales de EE.UU. en Zimbabwe son limitados, podríamos hacer más para aliviar uno de los desastres humanitarios más importantes del mundo que simplemente repetir una retórica vacía.

Ya es hora de apartarse de las negociaciones lideradas por Mbeki entre el partido que gobierna Zimbabwe—ZANU-PF (Fronte Patriótico y Unión Nacional Africana de Zimbabwe)—y la oposición, MDC. Estas negociaciones nunca producirán una salida para la crisis política que atraviesa Zimbabwe. Y además ya se están diluyendo mientras que el MDC observa con claridad que el Sr. Mugabe no pretende implementar las reformas que garantizarían unas elecciones presidenciales y parlamentarias libres y justas este mes.

EE.UU. debería involucrar al Sr. Zuma y es muy importante que también se involucre al nuevo Consejo Ejecutivo Nacional del ANC, en discusiones de cómo crear un proceso de seis meses de duración que podría conducir a Zimbabwe a realizar reformas constitucionales y a encaminarse hacia unas elecciones competitivas e internacionalmente monitoreadas.

Y ahora que el MDC—que ha sufrido por mucho tiempo—por fin parece estar listo para reunirse, la Casa Blanca debería invitar a su candidato presidencial, Morgan Tsvangirai, para una reunión en la Oficina Oval con el Presidente Bush antes de las elecciones del 29 de marzo. Se dice que el Sr. Bush tiene intenciones de hacer más con respecto a la crisis en Zimbabwe. Una reunión en la Oficina Oval le daría al Sr. Tsvangirai un muy necesitado reconocimiento internacional y mucho más peso en casa.

Washington también debe prepararse para un Zimbabwe post-Mugabe. El Departamento de Estado haría bien en intensificar sus contactos con la oposición.

Pero la planificación a largo plazo ofrece poco consuelo para las personas que sufren en Zimbabwe. Si se lo ignora, el dictador de 83 años muy probablemente sobrevivirá a muchos de los hambrientos y pobres zimbabweanos que el mantiene oprimidos.

EE.UU. puede jugar un papel mucho más constructivo en Zimbabwe y ayudar a encontrar un camino hacia la libertad apartándose públicamente y rápidamente de la moribunda “diplomacia silenciosa” de Thabo Mbeki.