Nos falta la cultura de la ley y la libertad

Por Ricardo Medina Macías

Si alguna enseñanza nos dejó la farragosa experiencia de 2006 en México es que nos urge consolidar, como forma de vida y pauta de conducta pública, la cultura de la ley y la libertad, indisolublemente unidas en un arreglo constitucional.

La mayoría de los jóvenes estudiantes en Hispanoamérica tienen, así sea vagamente, una noción de lo que fue y significó la Revolución Francesa. En contraste, muy pocos de esos mismos estudiantes han oído de la "gloriosa revolución de 1668" en Inglaterra.

Sin embargo, la incruenta revolución inglesa que terminó con el absolutismo monárquico y engendró el “Bill of Rights”, la fundamental carta de los derechos individuales a la libertad y a la propiedad, es la verdadera piedra fundacional de la democracia moderna. La algarada francesa, en cambio, plena de episodios de masas, que embelleció románticamente Víctor Hugo, que concluiría en el terror, en la guillotina y, más tarde, en los sueños napoleónicos de grandeza inhumana, poco nos deja en materia de enseñanza democrática.

Es curioso el sesgo de nuestra educación. Curioso "olvido" de uno de los episodios fundacionales del mundo moderno y de la política práctica. Curiosa exaltación del idealismo revolucionario de masas desposeídas y de los "purificadores" baños de sangre, que contrasta con el desdén hacia la misma noción de la política como pacto civilizado y civilizador entre intereses contrapuestos, como hazaña práctica del profundo respeto a la libertad individual y a los derechos de propiedad.

El historiador Robert Conquest ha hecho una inteligente disección de lo que significan estas cosmovisiones contrapuestas. Hablando de lo que nos dejó la Ilustración francesa enumera:

  1. Excitantes generalidades.
  2. La beatificación de las turbas y la subsiguiente validación de regímenes y movimientos como plebiscitos de masas.
  3. Las nociones engrandecidas de Pueblo y Nación (acerca de las cuales se suele olvidar que su herencia produjo no sólo la disrupción de la libertad en el marxismo, sino también su equivalente en el nacionalismo extremo). Un universo de abstracciones e ideales, carente de asideros prácticos, que con gran frecuencia ha derivado en verdaderos infiernos.

Pocas veces, como en los acontecimientos político-electorales que van de 2004 a 2006, ha quedado más claro en México lo pernicioso de ese sesgo fanático de nuestra educación cívica, sesgo que desprecia los valores concretos de la ley y de la libertad. La ascensión vertiginosa del populismo empieza justo cuando la defensa de la ley se abandona, ante la presión de presuntas masas que toman las calles. El episodio del fallido desafuero — de la renuncia al cumplimiento de la ley— marcaría el inicio de una secuencia de desatinos y excesos, no sólo verbales, en los que toda la lucha política pareció reducirse a decidir quién ganaba el trofeo de los mayores y más desparpajados desafíos contra la ley, contra la libertad individual, contra la propiedad, contra las instituciones.

Nos faltó, nos sigue faltando —como al sediento, el agua— la cultura de la doble "L": Ley y Libertad.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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