La guerra abierta en Europa contra el aire acondicionado causa 26.000 fallecimientos cada año

Diego Sánchez de la Cruz dice que mientras buena parte del mundo desarrollado ha incorporado la refrigeración de habitáculos como un elemento básico de salud pública, Europa sigue tratándola con sospecha, cuando no con abierta hostilidad.

Por Diego Sánchez de la Cruz

Cada verano, decenas de miles de europeos fallecen por el calor. Parte importante de estos decesos podrían evitarse con una tecnología que existe desde hace más de un siglo: el aire acondicionado. Sin embargo, mientras buena parte del mundo desarrollado ha incorporado la refrigeración de habitáculos como un elemento básico de salud pública, Europa sigue tratándola con sospecha, cuando no con abierta hostilidad, desconfiando del impacto medioambiental de los equipos. El resultado es una paradoja difícil de justificar: el continente más rico del planeta registra también una de las mayores tasas de mortalidad asociadas al calor.

Un reciente análisis elaborado por el reconocido politólogo estadounidense Roger Pielke Jr. ha planteado qué ocurriría si Europa tuviera una penetración de aire acondicionado similar a la de Estados Unidos. La respuesta de su investigación es contundente: en un verano comparable al de 2022 podrían evitarse alrededor de 26.000 fallecimientos, arrojando su cálculo amplio una horquilla de entre 22.000 y 31.000 vidas salvadas. Si la cobertura de aire acondicionado fuese prácticamente universal, el número ascendería hasta 35.000 vidas. Incluso elevar la penetración hasta apenas el 40%, que sería un nivel inferior al que ya registran países como España o Italia, permitiría salvar entre 6.000 y 8.000 personas al año.

Los datos son especialmente llamativos cuando se comparan los niveles de implantación del aire acondicionado. En Europa apenas alrededor del 19% de los hogares dispone de estos equipos, frente al 76% de Estados Unidos o más del 90% en Japón. Precisamente estos dos últimos países presentan tasas de mortalidad por calor muy inferiores, pese a contar también con estructuras demográficas similares y, en muchas de sus regiones, veranos donde el calor puede ser extremo.

Las muertes relacionadas con el calor alcanzaron unas 68.000 en 2022, cerca de 51.000 en 2023 y alrededor de 63.000 en 2024, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que de hecho estima que la mortalidad por calor asociada a la región europea supone aproximadamente la tercera parte de todos estos fallecimientos a nivel mundial. Sus datos también confirman que cerca del 93% de las víctimas tiene más de 65 años y que aproximadamente dos tercios superan los 80 años, de modo que es posible ser incluso más estratégicos a la hora de favorecer el desarrollo de aire acondicionado.

En este sentido, los estudios muestran que la mayoría de quienes fallecen por esta causa son personas mayores con patologías cardiovasculares o respiratorias, que viven solas y, sobre todo, en viviendas sin este tipo de equipamiento contra las temperaturas más elevadas. En la ola de calor canadiense de 2021, por ejemplo, el 93% de los fallecidos carecía de sistemas de refrigeración y el 98% murió en interiores. Esto significa que ni siquiera sería necesario instalar aire acondicionado en todos y cada uno de los hogares europeos para obtener enormes beneficios sanitarios, sino que bastaría con priorizar residencias de mayores, hospitales o viviendas donde residen personas especialmente vulnerables.

¿Por qué Europa ha llegado a esta situación? La explicación no parece residir únicamente en el clima. Roger Pielke Jr. recalca que muchas políticas europeas han desincentivado activamente el uso del aire acondicionado mediante regulaciones, restricciones urbanísticas y normas energéticas inspiradas en una visión ecologista que considera cualquier aumento del consumo eléctrico como un problema en sí mismo. Esa filosofía, paralela en gran medida al decrecimiento, ha privilegiado el denominado enfriamiento pasivo frente a las soluciones tecnológicas activas, ignorando que los remedios contra el calor no sirven para todos los escenarios y que los equipos de aire acondicionado pueden salvar miles de vidas.

Su crítica coincide con una reflexión que ha formulado el célebre activista medioambiental Bjørn Lomborg. El danés ha denunciado "la incoherencia de una Europa que condena moralmente el uso del aire acondicionado por su impacto climático mientras acepta con total normalidad consumir mucha más energía para calentar las viviendas durante el invierno". En sus propias palabras, con demasiada frecuencia vemos que "la emoción con que se habla del cambio climático acaba desbordando la lógica".

El verdadero debate, por tanto, no enfrenta clima y aire acondicionado, sino ideología y adaptación. Europa habla mucho de política climática y a menudo plantea esta cuestión como una urgencia, pero con frecuencia desprecia una de las herramientas más eficaces para proteger a los ciudadanos frente a este tipo de situaciones. Cuando una tecnología centenaria puede evitar decenas de miles de muertes cada verano y, aun así, sigue siendo objeto de recelo político y cultural, conviene preguntarse si no estamos ante uno de los ejemplos más claros de cómo el prejuicio puede terminar costando vidas.

Este artículo fue publicado originalmente en Libertad Digital (España) el 16 de agosto de 2026.