Dios bendiga a América
Lorenzo Bernaldo de Quirós dice que el aniversario 250 de la Declaración de Independencia de Estados Unidos es la conmemoración del nacimiento de la primera nación moderna creada deliberadamente sobre principios filosóficos y políticos claros y explícitos: la soberanía del individuo, los derechos inalienables y la limitación estricta del poder estatal.
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Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El 4 de julio de 2026 se cumplieron 250 años de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. No se trata de una efeméride más en el calendario histórico. Es la conmemoración del nacimiento de la primera nación moderna creada deliberadamente sobre principios filosóficos y políticos claros y explícitos: la soberanía del individuo, los derechos inalienables y la limitación estricta del poder estatal.
A diferencia de las naciones europeas, forjadas a lo largo de siglos de monarquías, guerras y tradiciones orgánicas acumuladas, Estados Unidos nació de un acto consciente de fundación. Los Founding Fathers —Jefferson, Madison, Hamilton, Adams y Franklin— no improvisaron. Bebieron de John Locke y de la tradición liberal para diseñar un sistema donde el centro no fuera el Estado ni el monarca, sino el individuo libre. "Vida, libertad y la búsqueda de la felicidad" no era una frase retórica elegante: era un programa revolucionario que redefinía el propósito del gobierno.
La Constitución de 1787 y la Carta de Derechos de 1791 establecieron un marco institucional sin precedentes: separación de poderes, federalismo competitivo, protección explícita de la propiedad privada, libertad de expresión, de religión y de conciencia, y un gobierno federal con competencias limitadas y enumeradas. Por primera vez en la historia, una nación nacía con el propósito declarado de que el Estado existiera para servir al ciudadano y no al revés. Ese diseño institucional fue un acto de genio político que reconoció desde el principio la falibilidad humana y el riesgo permanente de la concentración de poder.
En paralelo, el capitalismo de libre empresa encontró en el suelo americano su laboratorio más exitoso. Sin las rigideces estamentales europeas ni el peso muerto de tradiciones feudales, Estados Unidos se convirtió en una formidable máquina de innovación y movilidad social. Del telar manual a la Revolución Industrial, del Ford T al avión a reacción, del microchip al iPhone y a la inteligencia artificial, la combinación de libertad económica, propiedad privada y espíritu emprendedor generó niveles de prosperidad y progreso tecnológico sin parangón en la historia de la humanidad.
Millones de inmigrantes llegaron a sus costas con poco más que su ambición, su esfuerzo y su talento. Sin garantías ni subsidios, construyeron una de las sociedades más ricas, dinámicas y abiertas jamás vistas. La movilidad social no era un eslogan: era una realidad tangible que atraía a los más audaces de todo el planeta.
A lo largo de estos 250 años, Estados Unidos actuó también como baluarte decisivo frente a los grandes totalitarismos del siglo XX. Derrotó al nazismo en la Segunda Guerra Mundial, contuvo y contribuyó de forma decisiva al colapso del comunismo soviético, y se opuso —no siempre con perfecta sabiduría, pero sí con constancia— a las diversas variantes del colectivismo. Su hegemonía tras 1945, la Pax Americana resultó netamente positiva para el mundo: garantizó rutas marítimas seguras, impulsó la reconstrucción de Europa y Asia, promovió el comercio abierto y difundió tecnologías y cultura que elevaron el nivel de vida global. Países como Alemania, Japón, Corea del Sur y Taiwán construyeron sus milagros económicos bajo su paraguas protector y su ejemplo. Ningún imperio anterior había ejercido su predominio con un grado tan alto de autolimitación interna ni había exportado con tanta generosidad las ideas que hacen posible la libertad y la prosperidad: derechos individuales, Estado de derecho y economía de mercado.
Sin embargo, en este 250 aniversario, los ideales fundacionales enfrentan su prueba más seria desde dentro. La expansión desmedida del Estado administrativo, una deuda pública descontrolada que hipoteca el futuro, la politización de instituciones clave, el debilitamiento del principio de mérito, la fragmentación identitaria que divide a los ciudadanos en tribus y la creciente intolerancia cultural amenazan el núcleo del american way of life. Los Fundadores temían precisamente la tiranía de las mayorías, la demagogia y la corrupción del poder. Hoy esos riesgos reaparecen bajo formas contemporáneas.
A pesar de estos desafíos, la historia estadounidense es, ante todo, una crónica de resiliencia extraordinaria. Superó la esclavitud y una Guerra Civil devastadora, la Gran Depresión, Vietnam, Watergate y múltiples crisis políticas, sociales, económicas y morales. Su capacidad de autocorrección, su dinamismo económico, su atracción de talento global y su superioridad tecnológica siguen siendo formidables.
Este aniversario no debe limitarse a una celebración nostálgica del pasado. Debe convertirse en una llamada solemne a la renovación profunda: volver a lo esencial, a una república de ciudadanos libres y responsables, a un mercado abierto y competitivo, a instituciones neutrales y a un gobierno claramente subordinado al individuo.
La grandeza de América nunca residió en haber alcanzado la perfección, sino en su aspiración constante y terca hacia los ideales liberales de 1776. Mientras mantenga viva la llama de aquella convicción fundacional —que los derechos provienen de Dios, de la naturaleza o de la razón, y nunca del Estado—, Estados Unidos seguirá siendo la nación más esperanzadora y dinámica del mundo moderno.
Que Dios bendiga a América, como reza su himno. Y que los estadounidenses de hoy, y quienes admiramos su experimento único, tengan la sabiduría, la humildad y el coraje necesarios para defender y revitalizar lo que hace dos siglos y medio se atrevió a nacer por primera vez en la historia: una nación concebida en libertad.
Este artículo fue publicado originalmente en El Economista (España) el 8 de julio de 2026.