250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos: fruto de Occidente
Mauricio Ríos García explica que Estados Unidos se convirtió hace 250 años en el crisol donde confluyeron las tradiciones de libertad individual de todo el Hemisferio Occidental: la hispana, la anglosajona, y la francesa.
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El 4 de julio de 2026 se cumplen 250 años de un documento que cambió la historia de la humanidad más que casi ningún otro: la Declaración de Independencia de Estados Unidos. La conmemoración, previsiblemente, se va a quedar corta. Se hablará de fuegos artificiales, de Filadelfia, de Jefferson, quizás de la guerra contra Gran Bretaña. Lo que casi nadie va a decir —porque casi nadie lo sabe, o porque a casi nadie le conviene saberlo— es que ese texto no es un invento exclusivamente anglosajón, y que su impacto no se limitó a las trece colonias. Fue, y sigue siendo, el acontecimiento más importante de todo el Hemisferio Occidental, y probablemente del mundo entero. Y fue, sobre todo, el punto en que confluyeron tradiciones de libertad individual que venían gestándose en distintos rincones de Occidente desde hacía siglos, y además con un protagonismo hispano que la historiografía dominante prefiere no subrayar.
Empecemos por lo evidente. Ningún otro experimento político en la historia ha producido un nivel de prosperidad, innovación y libertad individual comparable al de Estados Unidos en estos 250 años. Eso no es casualidad ni superioridad racial ni geográfica, sino el resultado directo de haber institucionalizado, mejor que nadie antes, un conjunto de principios —límite al poder, propiedad privada, imperio de la ley, soberanía popular— que tardaron siglos en madurar. El impacto de esa institucionalización no se quedó dentro de las fronteras norteamericanas. Se exportó, se imitó, se tradujo en constituciones de medio mundo, incluida la propia América Latina. Sin el 4 de julio de 1776 el siglo XX habría sido distinto, y probablemente mucho peor, para todo Occidente. Eso hay que decirlo sin complejos.
Ahora vayamos a lo que casi nadie dice. La Declaración de Independencia no nació de la nada ni es un producto exclusivamente anglosajón con algún condimento francés. Antes de Locke, antes de Smith, antes de Jefferson, hubo una escuela de pensamiento que llevaba dos siglos de ventaja: la Escuela de Salamanca. Entre sus pensadores se destacan Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Juan de Mariana, Luis de Molina, entre otros. No fueron teólogos oscurantistas haciendo filosofía de salón. Fueron los primeros en defender con rigor la propiedad privada como institución necesaria, la teoría subjetiva del valor —tres siglos antes de que la Escuela Austríaca la reivindicara como propia—, la legitimidad moral del comercio voluntario, y algo todavía más radical: el derecho de resistencia frente al tirano, incluido el tiranicidio, que Mariana desarrolló en De rege et regis institutione (1599) con una contundencia que ningún ilustrado escocés se atrevió a igualar.
Esas ideas no se quedaron en España. John Locke las heredó, las secularizó y les dio el giro individualista que las hizo aptas para la modernidad política. Y de Locke pasaron directamente a Filadelfia. Thomas Jefferson tenía la Historia General de España de Mariana en su biblioteca y la recomendaba a sus amigos; llegó a comprar ejemplares para James Madison. John Adams estudió De rege et regis institutione con atención. La igualdad natural de los hombres, la soberanía originaria del pueblo, el consentimiento como fuente del poder político, el derecho a resistir al tirano; todo eso que leemos en el preámbulo de la Declaración tiene una genealogía que pasa por Salamanca antes de pasar por Edimburgo. No es una curiosidad erudita, sino el dato que cambia la historia que nos contaron.
Y todavía hay más, porque la contribución hispana a la independencia americana no fue solo intelectual. Fue militar, logística y de sangre. Cuando España le declaró la guerra a Gran Bretaña en 1779, la causa americana llevaba cuatro años de estancamiento. Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana, tomó Baton Rouge, Mobile y Pensacola entre 1779 y 1781, expulsó a los británicos del sur y le cerró a Cornwallis la retaguardia que necesitaba para abastecerse. Sin esas campañas, Yorktown —el momento que selló la independencia— habría sido, en el mejor de los casos, mucho más difícil. España aportó además préstamos, armas, uniformes y soldados venidos de Cuba, México y Puerto Rico. La independencia de Estados Unidos no fue una gesta exclusivamente anglosajona con ayuda ocasional española. Fue una empresa atlántica compartida, y el escudo de Gálvez —Yo solo— sigue siendo, sin que casi nadie lo sepa, el emblema oficial de Los Ángeles.
¿Por qué importa todo esto en 2026, y no solo como anécdota histórica? Porque la conclusión correcta no es que Estados Unidos le deba algo a España, ni que haya que reescribir la historia para repartir méritos como en una premiación. La conclusión correcta, y mucho más potente, es que Estados Unidos se convirtió en el crisol donde confluyeron las tradiciones de libertad individual de todo el Hemisferio Occidental: la hispana, con su reflexión sobre los límites morales del poder; la anglosajona, con su imperio de la ley y su genio institucional; y la francesa, con Cantillon y Turgot afinando la teoría del valor y de la función empresarial antes de que Smith lo sistematizara todo en 1776. Estados Unidos no inventó la libertad occidental. La recibió de varias tradiciones a la vez, y tuvo el mérito —que nadie le puede quitar— de traducirla en instituciones que perduraron.
Esto tiene una implicación que en Hispanoamérica seguimos sin asumir con la naturalidad que merece, pues no somos espectadores de la gesta de 1776. Somos, en buena medida, coautores intelectuales y militares de ella. La libertad que se institucionalizó en Filadelfia tiene raíces hispanas tan profundas como las anglosajonas, y celebrar el 4 de julio sin reconocerlo es aceptar, una vez más, la Leyenda Negra que nos enseñaron a internalizar, la idea de que lo único que aportamos a Occidente fue el atraso, mientras los anglosajones aportaban el progreso. Es mentira, y es una mentira costosa, porque nos priva de la autoestima necesaria para reconocernos herederos legítimos de la misma tradición que hoy se celebra en Washington.
Y aquí está lo verdaderamente urgente del aniversario. Occidente —entendido no como un bloque étnico ni como propiedad de un solo país, sino como esa conversación intelectual compartida entre España, Inglaterra, Francia y América— está siendo cuestionado hoy con una agresividad que no tiene precedentes recientes, y no principalmente desde afuera, sino desde adentro, desde las universidades, las instituciones y los discursos públicos de las propias sociedades que esa tradición construyó. La erosión no avanza con ejércitos, sino con narrativa, con culpa retroactiva, con la pretensión de que reconocer los logros de esa civilización equivale a blanquear sus errores. Es simplemente falso. Se puede —se debe— reconocer la esclavitud como el pecado original de la fundación americana, y al mismo tiempo reconocer sin complejos que ningún otro proyecto político ha sido capaz de corregirse a sí mismo con la consistencia con que lo hizo Estados Unidos.
Esa es la tradición espontánea conjunta que tenemos en Occidente, y que deberíamos reivindicar precisamente porque está siendo atacada como nunca antes, la de la limitación del poder, la propiedad privada, el comercio voluntario, la dignidad individual como fundamento de todo orden político. No son patrimonio exclusivamente anglosajón, sino también nuestro, de Hispanoamérica, porque salieron en parte de nuestra propia tradición intelectual antes de cristalizarse en Filadelfia. Si esos valores se deterioran o se destruyen —y se están deteriorando, no hace falta exagerar para verlo— el costo no lo va a pagar solo Estados Unidos, sino todo el hemisferio, y probablemente el mundo entero, porque no existe hoy una alternativa institucional remotamente comparable que pueda sostener la prosperidad y la libertad que esa tradición hizo posible.
A los 250 años de 1776, lo que toca no es nostalgia ni hagiografía. Toca reconocer, sin complejos, que Estados Unidos es el fruto institucional mejor logrado de una tradición que es nuestra tanto como suya, y defenderla con la misma convicción intelectual con la que Vitoria, Mariana, Locke y Jefferson la construyeron. Varios países, una sola nación. Esa nación cumple 250 años. Y todavía tenemos mucho que perder si dejamos que se la sigan apropiando quienes solo quieren destruirla.