De cómo los listos se arruinan
Carlos Rodríguez Braun reseña el libro Dinero: la fuerza que mueve el mundo de David McWilliams, texto que retrata dos casos célebres de cómo los más sabios perdieron hasta la camisa en negocios catastróficos.
Decía Aristóteles que los filósofos desdeñan la riqueza, porque su objetivo es la sabiduría, pero que si se lo propusieran podrían ganar mucho dinero, como hizo Tales de Mileto, anticipando una buena cosecha. Sospecho, sin embargo, que los listos pueden arruinarse, y sobre todo los que van de listos, como ironiza una frase atribuida a Paul Samuelson: "Ni un hombre entre un millón comprende la naturaleza del dinero, ¡pero nos lo encontramos todos los días!".
Lo cierto es que los más ilustres sabios perdieron hasta la camisa en negocios catastróficos. David McWilliams, en Dinero: la fuerza que mueve el mundo (Seix Barral), relata dos casos célebres. En 1720, Isaac Newton "cometió el error de aplicar las predecibles leyes de la física al complejo mundo del dinero" y vio cómo su fortuna se evaporaba al estallar la infausta Burbuja de los Mares del Sur. Dos siglos después, en 1848, Charles Darwin invirtió su capital en los ferrocarriles, y también quebró.
No vayamos a caer en la tentación de pensar de que su esquivo destino se debió a que no eran economistas. Robert C. Merton y Myron S. Scholes son economistas y, para colmo, de lo más granado de la profesión, tanto que en 1997 compartieron el Premio Nobel de Economía.
Al año siguiente de ser ungidos con tan preciado galardón, se vieron involucrados en el gigantesco agujero de un hedge fund llamado Long-Term Capital Management.
El fondo utilizaba los avanzados modelos matemáticos de los economistas para realizar abultadas inversiones de arbitraje entre instrumentos financieros, con un muy elevado endeudamiento.
Un viejo refrán asegura que no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Pero en agosto de 1998 las autoridades rusas decidieron no pagar su deuda. En el lógico pánico que se suscitó a continuación, los listos del fondo LTCM descubrieron que los mercados, como todo lo demás relacionado con la economía y las finanzas, no son perfectamente predecibles. Se produjo una reacción global que llevó a un colapso espectacular de LTCM, que perdió miles de millones de dólares. Dada su interconexión con la mayoría de los grandes bancos de Wall Street, la Reserva Federal consideró que se trataba de un "riesgo sistémico", y acudió al rescate, con el dinero de los contribuyentes, como siempre. Los listos se arruinaron, pero además repercutieron un oneroso coste sobre el conjunto de la sociedad.
Lo malo, en suma, no es ser listo, sino creérselo.
Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 6 de mayo de 2026.