Adam Smith y el monopolio
Iván Alonso explica que los monopolios que a Adam Smith le preocupan son los que se asientan en el privilegio o el favor político. Los otros, parecería pensar, morirán tarde o temprano a manos de la competencia de quienes no forman parte de la conspiración.
Por Iván Alonso
En aquel tiempo dijo Adam Smith a sus discípulos: "La gente que está en un mismo negocio rara vez se junta, así sea por entretenimiento o diversión, sin que su conversación termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”. Uno pensaría que el tío Adam sería un enemigo de los monopolios, que lo era, y un partidario de la política antimonopolio, pero no. La política antimonopolio, tal como ahora la entendemos, apenas le interesa. Tiene solamente dos comentarios al respecto. Primero, que prohibir tales reuniones, aun si dicha prohibición pudiera ejecutarse, sería incompatible con la libertad y la justicia. Segundo, que, si bien no se las puede prohibir, no hay que hacer nada por facilitarlas. Obligar a los negocios a inscribirse en un registro público –¿a formalizarse?– es, lamentablemente, una manera de ayudarlos a saber con quién deberían reunirse, si quisieran.
Los monopolios que a Smith le preocupan son los que se asientan en el privilegio o el favor político. Los otros, parecería pensar, morirán tarde o temprano a manos de la competencia de quienes no forman parte de la conspiración.
No menos de cien páginas de La riqueza de las naciones están dedicadas al monopolio del comercio internacional de las colonias europeas. La exclusividad de Inglaterra en la compraventa del tabaco americano o la de Holanda –así la llama Smith– en el comercio de las especias orientales perjudican tanto a los colonizados como a los colonizadores, para beneficio de un pequeño grupo privilegiado de comerciantes, que obtienen una rentabilidad superior a la que obtendrían invirtiendo sus capitales en otras actividades. Compran los productos a bajo precio, y las colonias producen, consecuentemente, menos de lo que tienen para ofrecerle al mundo. Venden esos mismos productos a un precio alto, dejándolos fuera del alcance de una parte del público europeo.
Los grandes beneficios de la integración comercial de las colonias se veían opacados y, a veces, oscurecidos por estos monopolios. En Gran Bretaña, donde había ya en esa época una economía libre y competitiva, el balance era todavía positivo. En países como España y Portugal, en cambio, donde una administración de justicia “irregular y parcializada” protegía, según Smith, a los deudores ricos y poderosos de sus acreedores, los más industriosos se volvían reacios a aumentar la producción para el mercado interno, y el balance se tornaba negativo.
El monopolio, estrictamente hablando, no era el mayor problema para Adam Smith. El mayor problema era ese sistema de privilegios llamado mercantilismo.
Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 13 de marzo de 2026.