Fagocitando la lucha de las mujeres

Hana Fischer dice que cuando se celebra un nuevo “Dia Internacional de la Mujer”, es imprescindible que recupere su sentido original y se repelen todos los intentos de elementos extraños por fagocitarlo en provecho de agendas políticas.

Por Hana Fischer

A lo largo del tiempo la mujer ha sido “invisibilizada” dentro de una mundo predominantemente masculino. Al leer la historia universal o nacional, parecería que ellas no hubieran jugado ningún rol relevante. La mirada masculina ha ocupado el espacio público y ha arrinconada a las mujeres hacia lo doméstico y el cuidado de los niños. 

En la práctica, quedaron fuera de esa supuesta “igualdad entre todos los hombres”. Explícitamente (“la mujeres de eso no entienden”) o implícitamente (el famoso “techo de cristal”) se actúa como si la inteligencia o capacidad femenina fueran inferiores a la masculina. 

Tradicionalmente, se les ha negado el acceso a la educación formal, a los estudios universitarios, a ser financieramente autónomas, a no depender de la voluntad del hombre de su familia (padre, hermano o esposo) para realizar transacciones comerciales de envergadura o para salir a trabajar fuera del hogar, a tener participación política activa (voto y la posibilidad de ocupar cargos electivos), se les retacean derechos individuales, a la propia identidad sin ser reconocidas como la “hija o la esposa de”, el derecho a buscar su felicidad de acuerdo a sus propias ideas y no a las impuestas por otros, incluso con respecto a su vestimenta o gustos, sin ser perseguidas por la policía “moral”. Se les escatima el derecho a ser reconocidas y remuneradas por sus logros y méritos en pie de igualdad con los hombres y que estos sean difundidos en el espacio público y queden registrados en los anales históricos. 

Todo eso aceptando que hombres y mujeres no son iguales exactamente, sino que hasta biológicamente hay grandes diferencias. Lo mismo se puede decir con respecto a la sensibilidad, agresividad y fuerza física que caracterizan a cada sexo.

En consecuencia, vemos que el rango de razones por las cuales las mujeres se sienten disconformes es muy amplio y complejo. La reacción netamente femenina ante la situación descripta ha sido luchar por cambiar ese intolerable estado de cosas. 

Por tanto, mujeres de diversos contextos han impulsado cambios políticos, sociales y culturales. Lo hicieron vía obras escritas, discursos, conferencias y marchas callejeras. La pionera en esa dinámica fue la escritora francesa Olympe de Gouges, quien publicó la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana” (1791), como modo de subrayar la falencia de la “Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano” (1789) pregonada durante la Revolución Francesa. Gouges denunció que a pesar de que esa proclama expresaba “igualdad universal”, se excluía a las mujeres de los derechos políticos y civiles.

Otro momento histórico clave fue la Convención de Seneca Falls, celebrada en 1848 en Estados Unidos. Allí, Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott presentaron la llamada “Declaración de Sentimientos”, donde se denunciaba la desigualdad legal y social entre hombres y mujeres. Ese documento se apoyó en la “Declaración de Independencia” nacional, resaltando la incongruencia que existía entre lo ahí dicho y la opresión a la que estaban sometidas las mujeres en lo político, en el matrimonio, en lo legal, la educación y el empleo. En consecuencia, se reclamaba por derechos fundamentales como el acceso a la educación formal, a la propiedad privada, el sufragio femenino, la participación política y la igualdad ante la ley.

No obstante, también es cierto que esa batalla de las mujeres ha contado con el apoyo invalorable de ciertos hombres. Un ejemplo es el filósofo liberal John Stuart Mill (1806-1873), que fue pionero en la defensa de la igualdad de género, abogando en La esclavitud femenina (1869) por su libertad, educación y derecho al sufragio. Pero Stuart Mill reconoce en su autobiografía, que ese libro tiene dos “autoras” más: su mujer Harriet Taylor y su hijastra Helen, porque ambas enriquecieron su pensamiento mediante las discusiones fecundas que mantuvieron sobre esa problemática.

Virgina Wolf es otra pensadora que contribuyó a “visibilizar” esta cuestión, con su ensayo Una habitación propia (1929). El libro está basado en dos conferencias dictadas en octubre de 1928 ante dos clubes estudiantiles femeninos de arte y literatura en la Universidad de Cambridge. En dicho texto Wolf expone la subordinación histórica de las mujeres a los hombres, en el plano económico, pero también en el intelectual y creativo, y los estereotipos anclados a lo binario.

Wolf exhorta a las mujeres a escribir y publicar, aunque parezca que lo hacen sobre cosas banales, porque el objetivo es construir una genealogía de las mujeres. Subraya que la literatura, entre la que nosotros incluimos a la narración histórica, siempre ha sido redactada por hombres y desde la experiencia masculina. En consecuencia, dice Wolf, hay que equilibrar la balanza y para ello es fundamental que las mujeres empiecen a plasmar la suya.

Como suele suceder con los movimientos genuinamente espontáneos, cuando ellos se afianzan y adquieren amplia repercusión popular, algunos sectores ideológicos y políticos especialmente de izquierda buscan apropiárselos para impulsar sus propias agendas. El resultado es que la lucha de las mujeres por sus legítimas metas se está desnaturalizando cada vez más.

Si uno realiza una búsqueda rápida mediante IA para encontrar el origen de esta efemérides, la repuesta que brinda el algoritmo, básicamente, se reduce a recordar ciertas luchas de obreras gremializadas por mejoras laborales. Incluso, la elección de la fecha 8 de marzo por parte de la ONU para establecer el Dia Internacional de la Mujer, empobrece la lucha femenina por la igualdad. ¿Por qué? Por en esa fecha se conmemoran las protestas obreras de principios del siglo XX, destacando la huelga textil de 1908 en Nueva York liderada por mujeres, que murieron calcinadas dentro de la fábrica y la revolución rusa de 1917, pasando por alto lo complejo de la lucha femenina en pos de varios objetivos, que va más allá de lo meramente ideológico-político.

En Uruguay, como en otras partes del mundo, la izquierda pretende apropiarse de esa lucha (sobre todo ahora que las marchas del 8M son multitudinarias). Se está llegando al contrasentido de que se procura excluir de esa manifestación a las mujeres de otras ideologías, porque si “sos feminista, sos de izquierda”. Un variación de la cultura de la cancelación.

Además, corporaciones machistas como el PIT-CNT (central única de trabajadores de Uruguay), busca bajar la línea discursiva de la convocatoria. ¿Sobre qué base decimos que es una asociación machista? En números objetivos: de 44 sindicatos que lo componen, en tan solo 8 de ellos son mujeres las titulares de su mesa representativa (órgano de dirección). Y para colmo, casi todas ellas pertenecen a gremios de profesiones integrados en su amplia mayoría por mujeres (maestras, enfermeras y personal de limpieza). Además, nunca en la historia del PIT-CNT una mujer fue escogida para ejercer su presidencia como titular. 

El machismo del PIT-CNT también se expone al “invisibilizar” la lucha de tantas mujeres tras sus indelegables metas, al imponer como slogan del “Día Internacional de la Mujer” de este año, la proclama “8M Antiimperialista. Por la soberanía de los pueblos, no pasarán”. 

En el documento emitido por el PIT-CNT se expresa que “el feminismo es de clase, es antirracista, es anticapitalista y es antiimperialista”. Es decir que, según esta postura, el feminismo es una ideología que excluye a la mayoría de las mujeres del mundo. Ergo, es discriminatorio.

Además, su hipocresía queda de manifiesto porque es inocultable que la proclama está dirigida, principalmente, contra la actuación de Estados Unidos en Irán. Visión machista y de falta de empatía hacia el sufrimiento de las mujeres iraníes. Es decir, la postura del PIT-CNT atenta contra todo lo que viene a significar el 8M y la lucha histórica por los derechos de las mujeres.

Indirectamente, esa organización machista de trabajadores uruguayos defiende al régimen de los ayatolas. Un cruel dictadura religiosa que asesinó a golpes en 2022 a Mahsa (Jina) Amini, una chica kurda de 22 años, tras ser detenida por la Policía de la Moral (gasht-e ershad) por no llevar puesto el velo correctamente. 

El hecho sucedió cuando Mahsa estaba visitando Teherán con su hermano y fue interceptada y arrestada por la Policía de la Moral, que habitualmente detiene arbitrariamente a mujeres y niñas acusadas de incumplir las leyes sobre el uso obligatorio del velo y otras normas de vestimenta.

Testigos señalaron que la policía la introdujo por la fuerza en una furgoneta, la golpeó y la trasladó al centro de detención de Vozara, en Teherán, para darle una clase “educativa” destinada a “reformar” la conducta de las mujeres que infringen el estricto código indumentario islámico.  Mahsa fue golpeada tan ferozmente que la dejó en coma y tras unos días de agonía, falleció.

Su muerte desató protestas masivas en Irán bajo el lema “Mujer, Vida, Libertad”, que fueron reprimidas con violencia, ejecuciones y miles de detenciones. Este caso se ha convertido en símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos en Irán.

Por tanto, la proclama del PIT-CNT no es en favor de las mujeres, sino que está sustentada en el más rancio machismo. Es decir, es la antítesis de lo que esa celebración debería significar.

Ergo, cuando se celebra un nuevo “Dia Internacional de la Mujer”, es imprescindible que recupere su sentido original y se repelen todos los intentos de elementos extraños por fagocitarlo en provecho de oscuros intereses.