No lloréis por Arafat

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Con la muerte de Yasser Arafat desparece uno de los personajes más controvertidos de la pasada centuria cuya sombra siniestra se ha proyectado en el escenario internacional durante medio siglo. Si bien logró articular y dar forma al sentimiento nacional palestino, su legado es una mezcla a partes iguales de violencia y de fracaso. El autodenominado “rais” mostró siempre una predisposición al uso del terror como arma política y una incapacidad absoluta para construir una estructura estatal viable y democrática cuando tuvo la oportunidad de hacerlo. En Arafat, el instinto del terrorista predominó siempre sobre el del estadista. No fue un “moisés” que llevó a su pueblo a las puertas de la Tierra Prometida sino un flautista de Hamelin que le condujo al desastre. Su salida de la escena es una oportunidad de oro para pacificar el Oriente Medio y para proporcionar un futuro mejor a su castigado pueblo.

La historia sangrienta de Arafat es larga. Fue el líder terrorista más emblemático del mundo hasta la emergencia de Al-Qeda. Algunos episodios ilustran sus proezas: La masacre de los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de 1972 en Munich, la eliminación de dos diplomáticos norteamericanos en el Sudán de 1973, la aniquilación de dos docenas de niños israelitas en la escuela de Maalot en 1974, la ejecución de un anciano paralítico cuando secuestraron el Achille Lauro en 1985 y, en los últimos años, su apoyo a los atentados perpetrados por “hombres-bomba” suicidas contra objetivos no militares en Israel. Cuando se habla de la violencia del Estado judío contra los palestinos, se olvida un hecho fundamental: El 55 por 100 de los muertos por la Causa Palestina han sido combatientes, mientras el 80 por 100 de los caídos judíos fueron civiles (International Policy Center for Counter-Terrorism, 21 de mayo de 2003).

Con la lógica implacable de un dictador tercermundista, sus víctimas no fueron sólo los “enemigos externos”, sino también los palestinos moderados contrarios a su estrategia terrorista y/o los críticos de su gobierno. En 1987, el dibujante Ali Naji Adhami fue asesinado en las calles de Londres por haber insinuado que Arafat tenía un “lío” con una mujer casada. En Ramala, numerosos miembros de la oposición han sido encarcelados y torturados. En 1999, Muawiya Al-Masri, miembro del Consejo Legislativo de Palestina, fue tiroteado por denunciar en un periódico jordano la corrupción del gabinete Arafat. Los ejemplos podrían multiplicarse. El “rais” no era un demócrata ni un héroe de las libertades sino un aprendiz de tirano cuya eficiencia se vio mediatizada por la edad y por la incompetencia. Nunca dudó en utilizar la fuerza contra su propio pueblo si su autoridad se ponía en entredicho; atrincherado en Ramala recordaba a Hitler en su bunker.

Como gobernante sus resultados han sido lamentables. La persistencia del conflicto con Israel ha deteriorado la economía de la región administrada por Arafat pero también es cierto que la coyuntura y el nivel de vida de la población se han hundido por una corrupción rampante al servicio de la clase dirigente, por una incapacidad total de mantener el orden y la seguridad internas y por una ineptitud clamorosa para establecer una red de servicios básicos. Durante la administración del “rais”, el mini-Estado palestino se ha adentrado en la miseria y en la anarquía. Como máximo dirigente de la ANP, Arafat es el causante directo de ese dramático panorama, lo que no es una sorpresa. En 1971 estuvo a punto de destruir Jordania, el único país árabe generoso con los palestinos, y en los ochenta fue el factor detonante de la cuasi desaparición de la denominada Suiza árabe, el Líbano.

La piedra de toque de su estatura política la proporcionó el naufragio de los acuerdos de Camp David en 2000 auspiciados por Bill Clinton. El primer ministro laborista de la época, Ehud Barak, le ofreció unas condiciones que difícilmente podrán volver ser planteadas por un político israelí. Arafat las rechazo por miedo a la reacción de los núcleos más radicales del movimiento palestino, básicamente de Hamás. Así lo reconoció el propio “rais” que dio una muestra evidente de su cortedad de miras, de su diletante cobardía, de sus deseos de ser el arbitro del desastre en vez del creador de un Estado palestino y de su irresponsabilidad como líder. Arafat siempre prefirió estar entre dos aguas; entre la paz y la violencia, entre la negociación y el conflicto. Se encastilló en ese terreno donde nada se construye, en el que siempre vivió.

Israel siempre es “culpable”. Ahora es injusto de falta de talante al diálogo a un país golpeado por el terror y con un pasado marcado por el Holocausto cuya existencia es cuestionada por un sector voluminoso de la población palestina. Los israelitas no están aquejados de histeria sino de una dosis abrumadora de realismo. En 1996, Arafat dijo en Estocolmo lo siguiente: “Planeamos eliminar el Estado de Israel y establecer un Estado palestino puro. Haremos la vida insoportable para los judíos mediante la guerra sicológica y los ataques a la población...Lo tomaremos todo, incluido Jerusalén”. Estas eran las palabras conciliadoras lanzadas por el personaje que en 1988 declaró terminada la fase terrorista de la Causa Palestina, que reconoció en ese mismo año el derecho a existir de Israel y que había recibido el Premio Nóbel de la Paz en 1993. Que Alá le guarde en su seno. No lloréis por Arafat, sino por ese pueblo al que ha dirigido a una encrucijada diabólica.