Nacionalismos y peruanismos

Alfredo Bullard considera que el nacionalismo mal entendido es "ese sentimiento que alimenta la falsa premisa de tener un privilegio por tener una nacionalidad" y xenofóbico.

Por Alfredo Bullard

Estudié en el colegio durante el gobierno militar. El curso de Historia del Perú de todos los años era igual. Casi todo era estudiar el antiguo Perú, las culturas precolombinas y sobre todo los incas. Era una civilización prodigiosa, única, milagrosa.

De allí pasábamos a la conquista y al virreinato, épocas oscuras y de decadencia. Ya para la era republicana (ya estábamos en noviembre) casi no quedaba tiempo. Un salto prodigioso para estudiar el gobierno de Velasco y la nacionalización de la Brea y Pariñas. Festejábamos todos los años el 9 de octubre Día de la Dignidad Nacional, porque desalojamos de nuestras riquezas naturales a unos gringos desarmados.

Vi el video de lanzamiento internacional de la marca Perú. Me gustó. Me pareció simple, sentido, emocionante, optimista, vendedor, y muy peruano. De pronto, abajo, en la página de You Tube unos comentarios de peruanos. “¡Qué barbaridad!”. “¿Por qué el protagonista habla con acento español?”. “¡Que esa no es nuestra verdadera idiosincrasia!”. “¡No están los valores nacionales!”.

En mi educación y en las críticas al video hay un complejo. Su nombre: nacionalismo, palabra que hoy tiene no solo su propio partido, sino hasta un presidente.

No me refiero al patriotismo, ese sincero sentimiento de estar orgullosos del lugar en el que nacimos. Me refiero al nacionalismo como ese sentimiento que alimenta la falsa premisa de tener un privilegio por tener una nacionalidad. Me refiero a ese sentimiento artificial y dañino de pensar que somos superiores a los demás por el solo hecho de haber nacido aquí. Ese nacionalismo mal entendido es xenofóbico. No es un complejo casual. Fue diseñado para alimentar temores y odios.

Fui esta semana a una exposición de pintura de Gonzalo García Callegari en la galería Forum. Se llamaba “Peruanismos”.

En la época de los militares hubieran cerrado la exposición. En un cuadro Alfonso Ugarte salta del morro montado en una cebra blanquirroja. En otro Clark Kent se abre la camisa para mostrar el Escudo del Perú en lugar de la tradicional S de Superman. Un gabinete de ministros presidido por el presidente muestra entre sus integrantes a un destacado burro. En una secuencia de tres cuadros el escudo peruano es desmantelado por unos hombrecitos, en una inmejorable representación de “levantarse el país en peso”. Y el que más me gustó: un personaje escribe, como castigo, mil veces “Yo amo a mi país”, como si así fuera a aprender alguna vez a amarlo de verdad. Mirándolo recordé la tortuosa insistencia de meterme a los incas por las orejas para ver si de esa manera amaba a mi país.

Lo cierto es que amo a mi país, pero no soy nacionalista. Lo amo al estilo irreverente y fresco del pintor y no al estilo marcial del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas. Lo valioso del Perú no es tanto su pasado, sino la capacidad que hemos desarrollado de aprender lo de otros para enseñar lo nuestro.

Hoy la gastronomía, lo que más nos une y nos hace sentir orgullosos, es como los cuadros de García Callegari. Se mezcla con lo no peruano (lo chino, lo japonés, lo italiano, lo francés) y se convierte en nuestro sin dejar de ser de otros. El éxito de nuestra comida es que se liberó del nacionalismo para caer en la tentación de ese peruanismo inclusivo que toma el pasado para proyectarlo a un futuro que no excluye a lo ajeno para convertirlo en propio.

Ojalá fuéramos así en todo. Ojalá abandonemos ese nacionalismo castrense y castrante para reemplazarlo por un peruanismo fresco, abierto, irreverente, audaz e inclusivo que nos permita amar a nuestro país porque nos nace y no porque nos fuerzan a escribirlo mil veces en la pizarra.

Este artículo fue publicado originalmente en El Comercio (Perú) el 7 de julio de 2012.