Mito: El liberalismo es socialmente insensible

Carlos Federico Smith asevera que "en el mercado existe una cooperación de las partes para entrar en un intercambio que es mutuamente beneficioso. Esto parece estar muy lejos de la afirmación de que el liberalismo clásico, que descansa en la utilización de los mercados, es socialmente insensible".

Por Carlos Federico Smith

En el análisis de diecinueve críticas al liberalismo clásico desarrollado en este sitio en los últimos tiempos, he enfatizado el papel que el mercado libre tiene en el ideario liberal clásico, así como el enorme beneficio que le brinda a la totalidad de individuos en la sociedad. Es necesario insistir en algunas de sus características, pues ha permitido un enorme crecimiento económico dando lugar a una vida sustancialmente mejor para el ser humano, que aquél que podría lograr bajo órdenes alternativos. Crecimiento que, entre otras cosas, se ha caracterizado porque grupos de ingresos relativamente más bajos y que previamente no disponían de ellos, han podido tener acceso a una enorme gama de bienes y servicios nunca antes soñado. Este crecimiento sostenido durante al menos más de dos siglos es uno de los frutos de un orden liberal espontáneo.

La primera parte de esta crítica que se formula al liberalismo clásico trata de un supuesto fundamentalismo de mercado; esto es, que las decisiones económicas son las que primordialmente se toman dentro de aquél. Como se expuso en mi comentario inmediato anterior, si bien las decisiones económicas son importantes en el comportamiento humano, no significa que sean las únicas. La gama de decisiones tomadas por el individuo es tan diversa que difícilmente a aquellas se les puede considerar como primordiales, aunque alguien podría indicar que, más bien, a mayor pobreza, mayor importancia podrían tener esas decisiones de tipo “económico”. El orden liberal clásico ha dado lugar a la mayor creación de riqueza en la historia de la humanidad, por lo que podría sugerirse que la satisfacción de necesidades económicas primordiales o básicas ha ido perdiendo importancia respecto a otro tipo de decisiones que alguien podría decir que no están sujetas a un “craso” cálculo económico.

Anteriormente habíamos expuesto el error de considerar al concepto simplista teórico del homo economicus como representación del comportamiento humano. Milton y Rose Friedman, conscientes de la diversidad de elecciones que realiza el individuo en el mercado, señalaron que “la disciplina de la Economía ha sido regañada por supuestamente derivar conclusiones profundas de un ‘hombre económico’ totalmente irreal y quien no es más que una máquina calculadora, que sólo responde al estímulo monetario. Este es un grave error. Interés propio no es un egoísmo miope. Es cualquier cosa que interesa a los participantes, lo que sea que ellos valoren, cualesquiera objetivos que ellos prosigan. El científico que busca el avance de las fronteras de su disciplina, el misionero que busca convertir infieles a la fe verdadera, el filántropo que busca allegar alguna tranquilidad a los necesitados —todos están persiguiendo sus propios intereses, tales como los perciben, tales como los juzgan, según sus propios valores” (Milton y Rose Friedman, Free to Choose, A Personal Statement, New York: Harcourt, Brace, Jovanovich, 1979, p. 27).

De ese supuesto “fundamentalismo de mercado” del orden liberal se deriva la crítica de que ello lo convierte en un orden “socialmente insensible”, por lo que, si partimos de que no hay tal fundamentalismo, no se podría deducir que lo hace un orden “ausente de sensibilidad”, entendido como una preocupación única por los intereses propios, dejando de lado los de otros, principalmente los de personas con ingresos relativamente más bajos.

La refutación es aún más fuerte al considerar cuáles son las funciones esenciales que un mercado desempeña, en lo que Smith y Hayek llamaron la “Gran Sociedad” (y Popper, ‘Sociedad Abierta’) u orden espontáneo; esto es, un orden abstracto que no tenga como propósito servir intereses particulares, sino que pueda “servir de base para las decisiones de los individuos en condiciones futuras no previstas y que sólo por esta razón puede constituir un verdadero interés común de los miembros de la Gran Sociedad, quienes no persiguen propósitos particulares comunes sino que simplemente desean tener los medios apropiados para proseguir sus respectivos propósitos individuales” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. I: Rules and Order, Op. Cit., p. 121. La letra en cursiva es del autor).

El afán de supervivencia de los seres humanos y el requisito de satisfacer sus necesidades más diversas hace que deban enfrentar el serio problema de la incertidumbre. Según el economista liberal Frank Knight, “los hechos de la vida son, en un sentido superficial, entremetidamente obvios y un asunto de observación común. Vivimos en un mundo de cambio y un mundo de incertidumbre. Vivimos tan sólo porque sabemos algo del futuro, mientras que los problemas de la vida, o por lo menos de la conducta, surgen del hecho de que sabemos muy poco. Esto es cierto en los negocios como en cualquier otra esfera de actividad” (Frank Knight, Risk, Uncertainty and Profit, New York: Harper and Row, p. 199. La letra cursiva es del autor). Y agrega, “La incertidumbre es uno de los hechos fundamentales de la vida. No se puede erradicar de las decisiones de negocios ni de cualquier otro campo” (Frank Knight, Ibídem, p. 347).

La institución llamada mercado, surgida en las sociedades liberales, contribuye a enfrentar el problema de la incertidumbre mediante la descentralización que lo caracteriza, pues permite que surjan empresas que descubren nuevas oportunidades previamente escondidas y que difícilmente aparecerían a la vista de los planificadores centralizados. Mediante el mercado y su sistema de precios se logra transmitir la información y el conocimiento de cada uno de los participantes en aquél, hacia quienes consideran conveniente obtener dicha información. Con ello se reduce en un grado importante la incertidumbre que rodea toda acción humana, pero también ese mismo mercado, con la flexibilidad que le es propia y requerida —y a diferencia de la planificación central— permite a los individuos adaptarse a nuevas circunstancias, incluso no previstas, de manera que en el proceso de mercado, “cada actor se convertirá en mero eslabón de una cadena a través de la cual serán transmitidas las señales que facilitan la adaptación de cada proyecto personal a ese conjunto de circunstancias que globalmente nadie puede conocer; y sólo así podrá el orden mantener su expansión indefinida” (Friedrich a Hayek, La fatal arrogancia: Los errores del socialismo, Obras Completas de Hayek, Vol. I, Madrid: Unión Editorial, 1994, p. 294).

El mercado es el seno en el cual las partes realizan el intercambio voluntario de bienes y servicios, de forma que los participantes deben ganar con dicho intercambio, pues, de no ser así, no lo llevarían a cabo. Esto significa que la acción del individuo de intercambiar es efectuada porque aumenta su satisfacción. Por ello es posible afirmar que en el mercado existe una cooperación de las partes para entrar en un intercambio que es mutuamente beneficioso. Esto parece estar muy lejos de la afirmación de que el liberalismo clásico, que descansa en la utilización de los mercados, es socialmente insensible, pues más bien refleja las diversas preferencias individuales en un intercambio en donde todas las partes ganan (y entre más difieren esas preferencias, mayor es el incentivo para intercambiar y más elevado el beneficio derivado de él). Es claro que en dicho intercambio siempre cada parte individual desearía ganar más —lo que parece ser una regla universal del comportamiento humano— pero, si bien desea tal logro, un individuo que participa del intercambio debe tener presente que lo mismo quiere la otra persona. Por ello, para que se realice el libre intercambio, debe serlo porque ambas partes ganan con él.

Note que se enfatiza el término libre intercambio, pues la coerción está excluida de los intercambios: esto es, que las partes sean libres de intercambiar. El uso de la coerción por parte de un individuo contra el ámbito de libertad de algún otro está fuera de consideración. Dice Hayek, “en un orden espontáneo el uso de la coerción puede justificarse sólo cuando sea necesario para asegurar el dominio privado del individuo en contra de la interferencia de otros, pero esa coerción no deberá usarse para interferir en esa esfera privada cuando no es necesario proteger a otros” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. II: The Mirage of Social Justice, Op. Cit., p. 57).

Interesa destacar que es el deseo individual de mejorar la situación en que se encuentra en un momento dado —algo que se puede decir que es propio de la naturaleza humana— lo que impulsa el proceso de intercambio en el mercado, pues lo hará para mejorar esa situación previa, pues, de no ser así, no lo llevaría a cabo.

Que la persona intente realizar un intercambio en el mercado no significa que necesariamente va a poder hacerlo; podría resultar muy costoso hallar con quien practicarlo, pero también porque puede ser que no tenga el conocimiento requerido para encontrarlo. “El mercado no garantiza que todos aquellos quienes quieran realizar intercambios beneficiosos siempre se descubrirán el uno al otro” (Gene Callahan, Economics for Real People: An Introduction to the Austrian School, Auburn, Alabama: Mises Institute, p. 77). Esto significa que los individuos siempre estarán buscando oportunidades para realizar intercambios beneficiosos y cuyas ventajas en un momento dado podrían no ser logradas. Aquí es donde surge el papel del empresario: buscar nuevas oportunidades de poder realizar un intercambio beneficioso.

Finalmente, deseo destacar, en contraposición a la crítica de “insensibilidad social”, que la institución del mercado conduce a la paz y a la prosperidad. Dada la existencia de un futuro incierto, es muy posible que en su actuar los individuos cometan errores —algo siempre destacado por los liberales— pero un hecho importante de los mercados es que las remuneraciones que en él se determinan “son incentivos que como regla guían a la gente hacia el éxito, pero producirán un orden viable sólo porque a menudo no satisfacen las expectativas causadas cuando las circunstancias relevantes han variado inesperadamente. Los hechos de que una utilización plena de la información que los precios transmiten es usualmente recompensada… son tan importantes como en el caso en que las expectativas no sean satisfechas cuando hay cambios imprevistos. El factor suerte es tan inseparable de la operación del mercado como lo son las habilidades” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. II: The Mirage of Social Justice, Op. Cit., p. 117).

Los individuos cometen errores en el proceso de tratar de lograr sus objetivos, por lo que en muchos casos sus expectativas no son satisfechas parcial o totalmente. Pero el mercado permite, por medio de la información que transmiten los precios y en un proceso de aprendizaje caracterizado por la prueba y el error, que tales correcciones puedan ser efectuadas por las personas. El sistema de mercado ofrece un estímulo para que los diferentes individuos utilicen sus habilidades al máximo, de forma que puedan anticipar aquellos cambios amenazantes de la mejor manera posible. No garantiza ni ganancias ni pérdidas, sólo oportunidades y no resultados particulares.

Es a través del intercambio voluntario cómo los mercados permiten que los individuos puedan satisfacer sus necesidades sin tener que acudir a la violencia y al despojo. Es el beneficio mutuo del intercambio lo que deja que las personas vivan en paz sin por ello verse obligadas a estar de acuerdo con los intereses particulares que cada uno de ellos podría buscar. El orden abstracto del mercado faculta que cada individuo se beneficie de las habilidades y conocimientos que poseen las demás personas, a quienes posiblemente ni siquiera conoce y mucho menos que deban tener objetivos iguales; más bien es por la diversidad de objetivos que es posible que surja ese intercambio mutuamente beneficioso.  Esta es la razón última por la cual el pensador liberal Herbert Spencer pudo señalar que “Con la disminución de la guerra y el crecimiento del comercio, la cooperación voluntaria reemplaza cada vez más la cooperación forzada… ello hace posible la creación de la vasta organización industrial que sostiene a una nación” (Herbert Spencer, “The Great Political Superstition”, en The Man versus the State with Six Essays on Government, Indianapolis: Liberty Fund, 1982, p. 155).

Por este hecho no es necesario que un individuo tenga que acudir al despojo de los bienes de otros para satisfacer sus propias necesidades, pues mediante el intercambio es posible lograrlos de forma no violenta, sino a través de una acción cooperativa voluntaria. Con ello se logra la armonía social indispensable para el progreso humano, pues sustituye la explotación y la violencia por la cooperación y la paz entre los hombres.

Gracias a la institución del mercado, los individuos son capaces de participar en un proceso más extenso y complejo que está más allá de su comprensión y a través del cual es capaz de contribuir a fines que no tenía en mente, como son los intereses de otros individuos y cuya satisfacción nunca era su propósito directo. Pero hay más: uno nunca es capaz de saber (con total certeza) quién es la persona que conoce más de algo. La única forma de saber cómo llegar a conocerlo es por medio de la prueba y el error, lo cual significa que continuamente debe realizar transacciones en un mercado que le brinden la información necesaria.

El mercado permite un proceso de aprendizaje que le faculta a la persona ir descubriendo conocimiento que previamente no tenía. Los liberales siempre hemos enfatizado la limitación natural del conocimiento que individualmente posee persona alguna; por ello el mercado permite al individuo superar dicha limitante por un proceso social en donde a toda persona se le permite participar y de ver cómo puede hacer lo máximo dentro de sus posibilidades, con lo cual tiene acceso al conocimiento de todos en conjunto. Esto lo encuentra resumido en los precios.  Mediante el sistema de precios, “el todo actúa como un solo mercado, no porque alguno de sus miembros conoce todo el terreno, sino porque sus limitados espacios individuales se sobreponen lo suficiente, de manera que, por medio de muchos intermediarios, a todos se les comunica la información relevante. El simple hecho de que hay un único precio para un bien… da lugar a la solución que (tan sólo conceptualmente posible) podría haber sido arribada por una sola mente que poseyera toda la información que en efecto está dispersa entre toda la gente que está involucrada en el proceso” (Friedrich A. Hayek, “The Use of Knowledge in Society,” en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, The Essence of Hayek, Op. Cit., p. 219).

Con esto concluyo el análisis que en los últimos meses he desarrollado en ElCato de veinte críticas que se suelen hacer al orden liberal clásico (tal vez veinte son insuficientes; estoy seguro de que hay muchas otras más), por lo cual deseo hacer una reflexión a partir de la advertencia de Pedro Schwartz acerca de lo que denomina como “la situación de equilibrio inestable” de la democracia liberal, la cual agrupa bajo tres encabezamientos: “(1) Las sociedades abiertas están expuestas a los peligros de la guerra, las luchas intestinas y el terrorismo; (2) las economías libres ven limitada su actuación por coaliciones minoritarias o incluso mayoritarias, que, aprovechando los instrumentos de la democracia, ofrecen a sus seguidores ventajas a corto plazo, más tangibles que los beneficios que supone a largo plazo la libre competencia para la generalidad de los ciudadanos, (y) (3) la mayor parte de la gente no comprende o comprende mal el funcionamiento de un orden social espontáneo, cual es el de las democracias basadas en el imperio de la ley y el libre mercado.” (Pedro Schwartz, “Precario Liberalismo”, en Nuevos Ensayos Liberales, Op. Cit., p. 245. Las palabras y números entre paréntesis son míos).

Como no hay certeza de que un orden social espontáneo basado en la cooperación voluntaria inexorablemente continuará en vigencia, es indispensable, para conservar la institucionalidad de lo que ha sido el sistema más exitoso en la historia de la humanidad, que nosotros los liberales clásicos, con responsabilidad —la otra cara de la libertad— estemos dispuestos a difundir los principios que garantizan el respeto a la individualidad, el progreso y la modernidad, que son el fundamento del liberalismo clásico. Sabemos que está sujeto a la evolución y al cambio permanente necesario que nuevas circunstancias pueden demandar. Si partimos de la experiencia social con sistemas alternativos conocidos hasta el momento, podemos estar convencidos de que la defensa del orden de la libertad podrá evitar un retroceso a formas comparativamente primitivas de organización social, basadas en la arrogancia que implica el poder centralizado.

Hoy día los Partidarios de la Libertad tienen ante sí un enorme reto, cual es enfrentar a los enemigos de aquélla, que se disfrazan de maneras distintas, pero siempre son desnudados por su pretensión de que saben más que cada uno de nosotros acerca de lo que nos es propio y de que saben más que lo que sabemos el conjunto de personas que participamos de un orden extendido. Somos nosotros quienes tenemos que decidir cómo es que queremos gobernar nuestras vidas. Por ello hemos escogido el orden de la libertad. Somos conscientes de la importancia de la crítica, la cual aceptamos, pero también somos defensores de la libertad ante diversos enemigos.