Mito: El liberalismo es retrógrado

Carlos Federico Smith considera que el liberalismo clásico es partidario de la innovación y de los impredecibles cambios que derivarán del orden espontáneo de las sociedades.

Por Carlos Federico Smith

Empecemos por señalar al término “retrógrado” como lo contrario del “progreso”, entendido este último como alguna forma de adelanto cultural y técnico que se presenta en una sociedad. El término retrógrado se suele asociar con los enemigos del cambio y de la innovación.

¿Será cierto, entonces, que el liberalismo clásico es enemigo del cambio, de la innovación, del progreso?; ¿que es partidario de la idea de que todo tiempo pasado fue mejor?

Es momento de formular algunas explicaciones acerca de cómo las sociedades pueden haber evolucionado desde sistemas tribales de grupos humanos de un tamaño reducido a lo que hoy se puede denominar, siguiendo a Hayek, como “Sociedad Libre” o la “Gran Sociedad” que mencionó Smith, o la que Popper, denominó como la “Sociedad Abierta”.  Esto es, un orden espontáneo que resulta de la interacción de individuos separados, cuya coordinación se define al seguir ciertas reglas generales de conducta; un orden más complejo que persiste a través de un proceso evolutivo, que permite adaptarse a sí mismo, como un todo, a aquellos cambios acerca de los cuales cada uno de los individuos que participa en él sabe tan sólo una pequeña fracción.  A diferencia de un “grupo pequeño”, que posee fines específicos, en una sociedad espontánea con multiplicidad de individuos y con muy diversos fines, se da un acomodo de esos muy diversos intereses concretos individuales o de grupos pequeños.

Las sociedades espontáneas suelen ser complejas en las cuales el conocimiento se coordina en el marco de reglas generales y no mediante la dirección ordenada del comportamiento de los individuos. Señala Hayek que “El orden espontáneo surge a partir del balance que cada elemento hace de todos los diferentes factores que operan sobre él y por el ajuste que hacen entre sí de sus diversas acciones, un balance que se vería destruido si algunas de las acciones son determinadas por alguna otra agencia con base en un conocimiento diferente y al servicio de fines diferentes” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 1, Op. Cit., p. 51).

La libertad es un artefacto que resulta de la evolución cultural, en la cual la gente aprende reglas de conducta que le permiten adaptarse eficientemente a las situaciones cambiantes.  Son sistemas caracterizados por ser órdenes surgidos espontáneamente sin haber sido diseñados por mente alguna. Como señala Hayek: “La libertad fue hecha posible por la evolución gradual de la disciplina de la civilización que es al mismo tiempo la disciplina de la libertad. Protege al hombre por medio de reglas abstractas impersonales contra la violencia arbitraria de otros y permite que cada individuo trate de construir por sí mismo un dominio protegido en el cual a nadie más le es permitido interferir y en el cual él puede usar su propio conocimiento para sus propios propósitos” (Friedrich A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 3: The Political Order of a Free People, Chicago: The University of Chicago Press, 1979, p. 163).  Así se pudo transitar de una sociedad de grupos cerrados en que los individuos se conocían entre sí íntimamente, hacia una sociedad abierta en donde lo que los une es la obediencia a reglas abstractas concretas. Con ello fue factible evolucionar de una sociedad compuesta por unos pocos agricultores o cazadores a otra más compleja basada en el intercambio que practican sus integrantes.

La mayoría de la gente aprendió en cierto momento estas reglas generales que conformaron la costumbre y la tradición y ello permitió surgir una sociedad caracterizada por el intercambio y la división del trabajo, que posibilitó un enorme progreso y desarrollo económico al dejar el individuo de producir tan sólo para sus pocos allegados y dedicarse a satisfacer las necesidades de muchísimos desconocidos.

Si bien se podría identificar la evolución de la tradición con el progreso, la evolución espontánea es condición necesaria pero no suficiente para el progreso. A lo más que podemos aspirar es a crear aquellas condiciones que sean favorables para progresar, pues nunca es posible saber con certeza si una medida propuesta nos garantiza que progresemos. La evolución es indefinida y no se sabe que turnos podrá tomar, de manera que lo esencial es disponer de instituciones que permitan la mayor flexibilidad de adaptación al cambio y a la evolución. En el campo económico, a fin de resolver el problema de la escasez y de la incertidumbre de los cambios y de la evolución, así como por la imperfección natural del hombre, la institución del mercado libre ha permitido tal adaptación, que hasta la fecha parece haber permitido a las personas lograr un enorme progreso.

Bien lo resume Pedro Schwartz al decir que el mercado es una condición necesaria para la libertad, pues “en un mundo dominado por la Ignorancia, la Escasez y la Incertidumbre, las sociedades liberales ha producido inintencionadamente una institución que aumenta sus posibilidades de Conocimiento, Abundancia y Progreso”  (Pedro Schwartz, “Bases filosóficas del liberalismo”, en Nuevos ensayos liberales, Op. Cit., p. 128).

Esa institución es un mercado libre, descentralizado, que permita que los empresarios (cada uno de nosotros de cierta manera casi que lo es) puedan descubrir y explotar aquellas oportunidades que hoy yacen escondidas, con lo cual es posible progresar. Esto es, que el progreso sea una posibilidad, pues la evolución no nos garantiza a futuro si se logrará el progreso. Lo que si puede darnos una idea del progreso es lo sucedido a través de la historia de la civilización, cuyo mejor resultado es el aprecio que se le suele tener a los órdenes basados esencialmente en la libertad de las personas, en contraste con otros sistemas totalitarios cuyo resultado difícilmente podríamos calificar como “progreso”. Lo crucial en cuanto a la virtud de un orden liberal es si dispone, gracias a la vigencia de la libertad, de instrumentos que permitan a la sociedad adaptarse al cambio inesperado. Esos instrumentos son ciertas normas de conducta generales aprendidas, que facilitan la colaboración entre individuos, en donde el aprendizaje que han tenido nuestros antepasados se recoge en tradiciones que han probado ser útiles y que ahora se nos transmiten. Estas tradiciones no son útiles eternamente pues cambian las circunstancias, razón por la cual el liberal está lejos de ser un conservador, que aprecia la importancia de las tradiciones en la vida social.

En resumen, dice Hayek: “todo proceso evolutivo… es un fenómeno que implica la incesante adaptación a un conjunto de acontecimientos imprevistos, a un cúmulo de circunstancias cuya evolución nadie puede prever…”, por lo que el caso a favor del liberalismo está en destacar como, mediante la herramienta de la libertad, ese orden posee las vías por las cuales “las estructuras de índole compleja comportan mecanismos de corrección que, aunque sin duda condicionarán el futuro acontecer, nunca eliminará su condición de impredecible”  (Friedrich A. Hayek, La fatal arrogancia: Los errores del socialismo, Obras Completas de Hayek, Vol. I, Madrid: Unión Editorial, 1994, p. 216).