Mito: El liberalismo clásico es solo una actitud

Carlos Federico Smith explica que el liberalismo clásico además de comprender una actitud tolerante ante terceros también es "una doctrina política que otorga el máximo valor al individuo".

Por Carlos Federico Smith

Hay quienes se consideran liberales por asumir una actitud tolerante ante otras opiniones. Este rasgo sicológico es importante, no hay duda, además de ético. El liberalismo aprecia la diversidad y de forma natural está dispuesto a escuchar opiniones de otros e incluso reconocer cuando pierde una disputa intelectual, si fuere el caso. Dice Schwartz: “el talante del individuo liberal es el de procurar gobernarse a sí mismo según los mandatos de sus creencias y su moral, y respetar la moral y las creencias de sus congéneres” (Pedro Schwartz, “Presentación: Sísifo o el Liberal”,Nuevos ensayos liberales, Madrid: Espasa Hoy, 1998, p. 19). No es suficiente tener tal disposición o modo de hacer una cosa (talante lo llama Schwartz) para considerarse un liberal clásico. Este es más que una actitud; es también una doctrina política que otorga el máximo valor al individuo y que considera que la sociedad funciona de la mejor forma posible si se dispone de la mayor libertad social y económica.

Schwartz expone claramente los rasgos fundamentales del liberalismo clásico e inicia señalando el carácter supremo del individualismo, entendido como la soberanía que se tiene sobre la persona y sus propiedades.  Dice: “no entiendo la vida moral sin autonomía personal, ni la vida social sin plena libertad de suscribir contratos voluntarios con otras personas. El liberalismo es… mucho más que una aceptación cortés de la diversidad de opiniones y formas de vida. Es una ética de la dignidad personal basada en la auto-disciplina y el auto-gobierno” (Pedro Schwartz, Ibídem, p. 20).

John Stuart Mill destacó al individualismo al señalar que era el fundamento que conducía a una organización social que generaba las mayores posibilidades de progreso individual. Dice: “Para que los seres humanos se conviertan en nobles y hermosos objetos de contemplación, es necesario que no degasten por medio de la uniformidad todo lo que hay de individual en ellos, sino que lo cultiven y permitan su desarrollo dentro de los límites impuestos por los derechos e intereses de los demás… también se enriquece, diversifica y anima la vida humana, proporciona bastante alimento para los exaltados pensamientos y los elevados sentimientos y refuerzan los lazos que unen a todo individuo con la raza, si se considera que es infinitamente mejor pertenecer a ella. En proporción con el desarrollo de su individualidad, cada persona se hace más valiosa para sí misma y, por consiguiente, es capaz de ser más valiosa para otros” (John Stuart Mill, Sobre la libertad, San José: Universidad Autónoma de Centro América, 1987, p. 99).

El liberalismo clásico como orden social se basa en el respeto a la intimidad de la persona, en asegurar  la vigencia de los contratos en que incurre libremente y, por supuesto, de la propiedad, a la vez que prohíbe el uso de la fuerza (excepto en defensa propia), la coacción y el engaño, de forma que exige a los individuos obedecer reglas generales en el marco del principio de legalidad, como medio asegurar la convivencia social. En dicho orden no sólo se respeta la autonomía individual, sino que se busca minimizar la coacción, que puede aplicarse tan sólo mediante la fuerza legalmente instituida; esto es, por el Estado.

Ser liberal va mucho más allá la tolerancia ante la opinión de terceros y de estar dispuesto a ser convencido por opiniones que se le presentan en contrario. También se requiere el aprecio de la supremacía del individuo, principalmente a partir de la falibilidad del conocimiento, como lo ha recordado Schwartz. Ello exige aprender de la crítica y de darse cuenta de que, para la humanidad, es conveniente que los individuos disputen acerca de ideas, en vez de dedicarse a guerrear entre ellos. Pero, además, es necesario reconocer que hay un marco institucional que define al liberalismo. 

Para esto último acudo nuevamente a Schwartz, quien expone con gran precisión que “la libertad individual está garantizada cuando se cumplen cinco condiciones:

  • respeto de los derechos humanos;
  • reconocimiento de la igualdad de las personas ante la ley;
  • división de los poderes del estado;
  • defensa de la propiedad privada y del cumplimiento de los contratos, y
  • paso franco a la emulación económica”

(Pedro Schwartz, “Conceptos del liberalismo” en Pedro Schwartz, Op. Cit., p. 51).

Este marco ideológico básico de la doctrina liberal clásica no se refiere únicamente a una actitud ante terceros, sino a la necesaria apreciación de las condiciones que debe satisfacer un orden socio-político, a fin de que los individuos puedan prosperar, ser libres, felices y vivir seguros. En síntesis, un sistema que les permita progresar.

Para concluir, como explica Hayek, “tan sólo hasta que se averiguó que la incuestionablemente mayor libertad personal que Inglaterra disfrutó durante el siglo dieciocho había producido una prosperidad material sin precedentes, se hizo un intento de desarrollar una teoría sistemática del liberalismo… (Este) se deriva del descubrimiento de un orden espontáneo, o que se genera a sí mismo, de los asuntos sociales… un orden que hizo posible utilizar el conocimiento y las habilidades de todos los miembros de una sociedad, en un grado mucho mayor que el que hubiera sido posible bajo cualquier orden que hubiera sido creado por una dirección central, y con el deseo, en consecuencia, de hacer un uso pleno de estas poderosas fuerzas ordenadoras espontáneas tanto como fuera posible” (Friedrich A. Hayek, “Principles of a Liberal Social Order”, en Chiaki Nishiyama y Kurt R. Leube, editores, The essence of Hayek, Stanford, California: Hoover Institution Press, 1984, p. 365).