Mito: El liberalismo clásico discrimina contra las minorías

Carlos Federico Smith dice que "En el orden liberal clásico no se obliga a una minoría a acatar que valores de una sociedad que por alguna razón no pueda hacerlo ni se le prohíbe que viva de acuerdo con sus valores".

Por Carlos Federico Smith

Creo que la manera conveniente de analizar este mito que se suele pregonar en contra del liberalismo clásico es referirse al debate intelectual en torno al multiculturalismo, fenómeno que si bien se relaciona con que muchas sociedades están abiertas al ingreso de gentes provenientes de otras culturas, conceptualmente permite también incorporar el tema de culturas de poblaciones indígenas como formas de vida “diferentes” de la tradición mayoritaria o más poderosa que hay en una nación (o bien de la minoría más poderosa). Así queda planteado el asunto de cómo las sociedades deben acomodar otras culturas diversas y diferentes de la propia y permite que analicemos la aseveración de que el liberalismo, como tal, discrimina contra las minorías en una sociedad.

El llamado problema del multiculturalismo generalmente se ha referido a las necesidades de integración de culturas extranjeras o forasteras a la nacional mayoritaria, pero dicho tema nos permite analizar acerca de la posición liberal clásica ante la diversidad cultural, pues en principio es aplicable a grupos que sean objeto de discriminación en una sociedad, tales como la racial, sexual, tribal, de preferencia sexual, entre otros análogos, que en realidad son semejantes en cuanto a la aceptación de la diversidad y de cómo las sociedades deberán acomodarla.

Señala Chandran Kukathas, “el liberalismo es una doctrina profundamente simpática con el multiculturalismo porque proclama la importancia de la libertad individual de vivir una vida propia para él o para ella, aún si la mayoría de una sociedad desaprueba la forma en que se vive esa vida. De acuerdo con las tradiciones del liberalismo, debe tolerarse los hábitos o las diferencias de una minoría en vez de ser suprimidas” (Chandran Kukathas, "Anarcho-Multiculturalism: The Pure Theory of Liberalism", en Geoffrey Brahm Levy, ed., Political Theory and Australian Multiculturalism, New York: Berghahn Books, 2006, p. 37).

En el orden liberal clásico no se obliga a una minoría a acatar que valores de una sociedad que por alguna razón no pueda hacerlo ni se le prohíbe que viva de acuerdo con sus valores. El punto esencial es lograr formas por las que grupos o minorías puedan vivir en sociedad sin entrar en conflicto con otros grupos o valores de la sociedad; esto es, cómo lograr una coexistencia pacífica. Puede ser muy difícil lograrlo en la práctica, pero la idea es que, en una sociedad en la que hay diversas culturas, cada persona podrá asociarse libremente con quien le plazca, sin tener que aceptar valores que no reconocen o bien que no puede obedecer, pero siempre en cuanto se respete el derecho a otros a hacer lo mismo. Ello lo podemos llamar tolerancia con los demás, que en el caso extremo que se deba ser tolerante aún con quienes no simpatizan con el liberalismo. Como dice Kukathas, “una sociedad multicultural liberal clásica puede contener dentro de ella muchos elementos iliberales” (Chandran Kukathas, Ibídem, p. 38), pero también ningún grupo o cultura particular puede recibir un tratamiento especial diferente de las otras que componen la sociedad liberal. En resumen, ni favores ni temores.

La visión de Kukathas no es enteramente compartida por otros pensadores liberales, quienes cuestionan el principio de si se puede ser tolerante con quienes son intolerantes hacia los principios liberales. Ello ha sido objeto de constante debate entre pensadores liberales, aunque, como dice Kukathas, “si algo es característico de la tradición liberal es su cautela ante la concentración del poder y de los esfuerzos de los poderosos por suprimir el disentimiento. Los regímenes liberales han sido notables por su compromiso con la dispersión del poder y con la tolerancia hacia el disentimiento en las ideas —ya sean ellas conservadoras, socialistas, fascistas, teocráticas o simplemente anti-liberales” (Ibídem, p. 41).

Considero relevante citar a Ludwig von Mises: “…el liberalismo debe ser intolerante ante cualquier tipo de intolerancia… El liberalismo exige la tolerancia como un asunto de principio, no de oportunidad. Demanda tolerancia aún de las enseñanzas obviamente más sin sentido, de formas absurdas de heterodoxia y de supersticiones tontamente infantiles. El liberalismo demanda tolerancia por las doctrinas y opiniones que considera van en detrimento y arruinan a la sociedad y hasta para con los movimientos que él combate infatigablemente. Porque lo que impulsa al liberalismo para demandar y estar de acuerdo con la tolerancia no es consideración por el contenido de la doctrina a ser tolerada, sino por el conocimiento de que sólo la tolerancia puede crear y preservar la condición de paz social, sin la cual la humanidad debe retroceder a la barbarie y penurias de siglos que hace mucho pasaron” (Ludwig von Mises, Liberalism in the Classical Tradition, Irvington, New York: Foundation for Economic Education, 1985, p. p. 55-56).

En el marco de la crítica de que el liberalismo clásico discrimina contra las minorías, en ocasiones se le ha acusado de ser racista, por lo que, a pesar de lo descabellado de la aseveración, me referiré brevemente a este caso concreto, señalando la idea liberal de que no hay amos naturales, ni esclavos naturales, pues, como señaló Adam Smith, “La diferencia entre los caracteres más desemejantes, como entre un filósofo y un esportillero (mozo que hace mandados de puerta en puerta), parece proceder no tanto de la naturaleza como del hábito, costumbre o educación” (Adam Smith, La Riqueza de las Naciones, Tomo I, San José, Costa Rica: Universidad Autónoma de Centro América, 1986, p. 55. El paréntesis es mío).

En torno a la discriminación racial y su situación extrema de la esclavitud, John V. Denson señala que: “Una de las metas principales y de los grandes logros del liberalismo clásico fue la abolición de la esclavitud —que ocurrió en toda la Civilización Occidental durante el siglo diecinueve— sin que la guerra fuera necesaria… a pesar del hecho de que la esclavitud había sido una importante y bien aceptada institución mundial durante miles de años. La gran tragedia para el liberalismo clásico, y para el pensamiento político de EE.UU., fue que las ideas de un gobierno limitado y de los derechos de los estados, que eran ideas del liberalismo clásico que habían sido adoptadas por el Sur, se entrelazaron con la idea de la esclavitud, a la cual el liberalismo clásico se oponía” (John V. Denson, editor, Reassessing the Presidency: The Rise of the Executive State and the Decline of Freedom, Auburn, Alabama: The Ludwig von Mises Institute, 2001, p. xvii).

William Lloyd Garrison fue uno de los líderes más destacado del movimiento en favor de la abolición de la esclavitud en EE.UU. y un connotado liberal. En su Declaration of Sentiments of the American Anti-Slavery Convention, escrita en 1833, señaló que “El derecho a disfrutar de la libertad es inalienable. Invadirlo es usurpar la prerrogativa de Jehovah. Todo hombre tiene derecho a su propio cuerpo —a los productos de su trabajo propio— a la protección de la ley —y a las ventajas comunes que tiene una sociedad. Es piratería comprar o robarse a un nativo de Africa, y sujetarlo a esclavitud. Con certeza, el pecado es tan grande cuando se esclaviza a un africano como a un estadounidense” (William Lloyd Garrison, “Man cannot hold property in Man”, en David Boaz, editor, The Libertarian Reader: Classic and contemporary writings from Lao-Tzu to Milton Friedman, New York: The Free Press, 1997, p. 78).

Frederick Douglass planteó, creo mejor que nadie, el caso liberal en contra de la esclavitud y la servidumbre racial en EE.UU. Escapó de la esclavitud en 1838 y escribió Letter to His Old Master (Una carta a su antiguo amo), que en parte dice: “Desde ese momento resolví que algún día me fugaría. La moralidad del acto lo resuelvo de la manera siguiente: Yo soy yo: usted es usted; somos dos personas distintas, personas iguales. Lo que es usted, lo soy yo. Usted es un hombre, y yo también lo soy. Dios nos creó a ambos, y nos hizo cosas separadas. Por naturaleza no estoy atado a usted, o usted a mí. La naturaleza no hace que su existencia dependa de la mía, o que la mía dependa de la suya… Somos personas distintas, y cada cual está igualmente provisto con las facultades necesarias para su existencia individual. Al dejarlo, no tomo nada que no me haya pertenecido, y de ninguna manera disminuyó los medios para que usted logre una vida honesta. Sus facultades le continúan perteneciendo, y las mías se convirtieron en útiles para el dueño correcto. Por lo tanto no veo que haya daño a alguna parte de la transacción” (Frederick Douglass, “Letter to His Old Master”, en My Bondage and My Freedom, New York: Arno, 1969, y reproducida en David Boaz, editor, Ibídem., p. 82).

También contra el liberalismo clásico se ha lanzado la acusación de ser anti-feminista, afirmación que debe analizarse a la luz de los principios liberales de respeto a la diversidad de las personas y de la igualdad ante la ley. Esto es, tanto la mujer como el hombre tienen derecho a la libertad sin que la persona sea objeto de coerción. El principio de igualdad ante la ley implica que las mujeres no deben ser tratadas de manera diferente ante ella; esto es ni favoreciéndolas ni afectándolas, pues las mujeres tienen el derecho a ser tratadas iguales que los hombres (y viceversa).

Deseo ampliar algunas otras ideas que creo pueden reflejar adecuadamente la posición liberal clásica. En primer lugar, no parecen existir razones suficientes como para sugerir que el orden político del liberalismo clásico no brinda derechos suficientes como para que la mujer pueda desarrollar la vida que desea. La clave para tal resultado está en asegurarse la vigencia del principio de igualdad ante la ley. En segundo lugar, en una sociedad liberal no hay razones para suponer que dicho orden impide que las mujeres desempeñen un papel diferente del tradicional familiar y natural o que, asimismo, puedan desempeñar este último rol social, si así lo escogen libremente Los acuerdos privados con familiares, con sus esposos o esposas, y patronos, permiten que esos papeles puedan ser llevados a cabo. Finalmente, en un orden liberal clásico “no hay razón para suponer que, en caso de que los patronos hombres estuvieran prejuiciados en contra de emplear mujeres con base en los méritos, aquellas mujeres que no fueron empleadas debido al prejuicio no estarían en capacidad de lograr ser tan exitosas como lo ameritan sus talentos”, debido a la existencia de mercados competitivos que imponen un costo con aquellos quienes desean seguir prácticas discriminatorias (David Conway, Classical Liberalism: The Unvanquished Ideal, Op. Cit., p. p. 63-64).

En una respuesta al libro de Edmund Burke, "Reflexiones acerca de la revolución en Francia" ("Reflections on the Revolution in France"), Mary Wollstonecraft, inspiradora de muchas feministas liberales clásicas, escribió: “Considere si, y se lo dirijo a usted como legislador, cuando los hombres luchan por su libertad y se les deja juzgar por sí mismos en lo referente a su propia bienestar, ¿si no es inconsistente e injusto subyugar a las mujeres, aún cuando usted cree firmemente que actúa de la manera mejor calculada de promover su libertad? ¿Quién hizo que el hombre fuera juez exclusivo, si la mujer comparte con él el regalo de la razón?... Que no haya coerción establecida en la sociedad, y si prevalece la ley común de la gravedad, los sexos descansarán en sus lugares correspondientes. Y, ahora que leyes más equitativas están formando a sus ciudadanos, el matrimonio puede llegar a ser algo más sagrado: los hombres jóvenes pueden escoger esposas por motivos de afecto y las mujeres jóvenes permiten que el amor destierre la vanidad…” (Mary Wollstonecraft, “The Subjugation of Women”, en David Boaz, editor, The Libertarian Reader: Classic and contemporary writings from Lao-Tzu to Milton Friedman, Op. Cit., p. 62).

Lo que los liberales deben hacer en este campo es luchar por el orden competitivo que implique costos a quienes discriminen, así como que el Estado de ninguna manera trate a la mujer diferente del hombre en cuanto al principio de igualdad ante la ley, pero dando el campo adecuado para decisiones privadas libres en cuanto al desempeño de papeles tradicionales femeninos de cuidado de los niños, así como de los papeles sexuales o bien ante decisiones que signifiquen una vida diferente que las mujeres puedan desear llevar en busca de su felicidad propia.

El principio básico del liberalismo clásico en torno a la diversidad me parece que radica en el deseo que tienen las personas de vivir en una sociedad que permita vicios personales que no causan daños a terceros, en contraste con un sistema en que el Estado puede prohibir dichas conductas con fundamentos morales o de que constituyen un peligro cuando así no lo es. Porque el gobierno, ante la posibilidad de restringir conductas privadas que no dañan a terceros, no tiene en principio un límite que le impida limitar tales conductas por inmorales o porque les causan un daño. Así las personas libres podrían verse limitadas en aquello que valoran al máximo simplemente porque alguien, por medio del poder coactivo del Estado, logró que éste la restringiera. A fin de asegurarse que su libertad propia no sea objeto de restricción estatal arbitraria, la persona debe estar de acuerdo en aceptar conductas de otras personas con las cuales no se está de acuerdo o bien cuya práctica constituye un peligro pero para esas otras personas, y no que le ocasionen un daño a él o ella. Este es, como dice Conway, “en esencia, el caso del liberalismo clásico a nombre del orden político liberal como una forma de régimen que es el mejor para todos los seres humanos” (David Conway, Classical Liberalism: The Unvanquished Ideal, Op. Cit., p. 20). La sociedad libre es el orden que mejor puede acomodar la diversidad innata de los individuos.