Millonarios degradados e ignorantes

Alberto Benegas Lynch (h) comenta el pedido de cuarenta millonarios estadounidenses que piden que los recortes fiscales que vencen este año no sean renovados para todos aquellos cuyos ingresos superen el millón de dólares anuales.

Por Alberto Benegas Lynch (h)

El pasado 19 de noviembre apareció una noticia en el sitio cibernético “Democratic Underground” que luego fue reproducido por diversos medios periodísticos. Esta nueva consistió en un documento firmado por cuarenta millonarios estadounidenses que piden que los recortes fiscales que vencen a fin del corriente año no se renueven para todos aquellos cuyos ingresos superen el millón de dólares anuales. Este grupo se ha dado en denominar “Patriotic Millionaires for Fiscal Stregnth” (Millonarios patrióticos a favor de la fortaleza discal).

Esta operación concertada con el gobierno estadounidense constituye una afrenta al sentido común y un abuso mayúsculo a otros que ganan más que esa cifra prestando servicios o vendiendo bienes que la gente aprecia y necesita. Si en verdad ese grupo quiere ser gravado con tasas fiscales mayores lo puede solicitar sin necesidad de comprometer otros patrimonios de personas responsables de sus ingresos. Si no se les ocurre la figura de la donación y solicitan ser obligados al “impuesto voluntario”, allá ellos. Si piensan que la riqueza se incrementa con la participación de los aparatos estatales y no con el trabajo diario del sector privado, allá ellos. Si no saben que los salarios en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización que los emprendimientos privados generan, allá ellos. Si desconocen los serios inconvenientes que provocan los gobiernos al asignar factores productivos en direcciones distintas de las que la gente hubiera asignado libremente en le mercado, allá ellos.

Hay que tener un alto grado de ignorancia y genuflexión hacia los gobernantes para adoptar una política como la sugerida, aunque naturalmente no se le puede pedir a quienes se dedican al arte de comprar barato y vender caro que comprendan las reglas elementales de los marcos institucionales de una sociedad abierta ni el significado de la economía, pero lo comentado excede los márgenes aceptables de ausencia de sentido común y criterio moral. En modo alguno debe descartarse que, además, este conglomerado de sujetos espere privilegios a cambio del gesto de apoyo a las políticas socializantes de Obama, tal como viene ocurriendo sistemáticamente con cada gesto servil del empresariado prebendario que, por esa razón, anda con marcados complejos de culpa y crisis existencial (en este sentido resulta muy ilustrativo el libro de Charles Gasparino Bought and Paid For. The Unholy Alliance between Barack Obama and Wall Street) .

Vez pasada también un grupo de millonarios decidieron entregar parte de sus fortunas a diversas entidades de bien público. Esto puesto de esta manera aparece loable como lo es todo acto de caridad crematística (por definición un acto voluntario realizado con recursos propios). Pero el contexto en que lo hicieron marca un problema conceptual porque era para “devolver algo a la sociedad de lo mucho que recibieron” como si las transacciones libres entre las partes no hubieran significado beneficios recíprocos. Esta actitud, en el contexto señalado, está en línea con lo que se ha dado en denominar en la jerga empresarial como “responsabilidad social”, es decir, entregar recursos a la comunidad en la que operan casi como para compensar “el daño realizado” sin comprender la gratificante prosperidad que tiene lugar allí donde no hay intromisiones de gobiernos en las vidas privadas de personas pacíficas, merced al espíritu innovador de quienes son libres de poner en práctica su creatividad e ingenio. Así, el empresario se comporta como un benefactor de la humanidad si se lo mantiene en el seno del mercado pero ni bien se le permite incursionar en los salones del poder teje alianzas en esos despachos oficiales que perjudican grandemente a los consumidores.

En dirección diametralmente opuesta a las versiones hoy en boga, los aportes de la Escuela Escocesa del siglo XVIII, especialmente la de Adam Smith, consistieron en describir la naturaleza humana y no en la fabricación de un “hombre nuevo” que abiertamente contraria esa naturaleza (muy distinto del significado que a esa expresión se le atribuye en medios religiosos en cuanto a la necesaria prioridad de los valores espirituales respecto de los bienes materiales para el propio bien del sujeto actuante). En todo caso, esa contribución central de los escoceses de aquella época estriba en recalcar que cada comerciante, como condición para mejorar su estado patrimonial, debe interesarse por el bienestar de su prójimo, sea vendiendo computadoras, pan, vestimenta o lo que fuere. Como decimos, no se trata de la patética construcción ingenieril del “hombre nuevo” desinteresado sino, por el contrario, basado en su interés personal lo cual necesariamente debe incluir el beneficio a su prójimo como requisito indispensable para mejorar la propia situación. De más está decir que esto no quita un ápice de mérito a la filantropía, en palabras del propio Adam Smith en la primera línea de su Teoría de los sentimientos morales en las que muestra que también está en interés personal del caritativo el hacer el bien a otro “de lo cual nada deriva excepto el placer de verlo realizado” y, por otra parte, Michael Novak en la sección titulada “La virtud del interés personal” en El espíritu del capitalismo democrático explica que “debe enfatizarse que la sociedad no puede operar bien si todos sus miembros siempre actuaran basados en intenciones benevolentes”. Claro, si todo lo que alguien recibe lo entrega a otro y así sucesivamente, nadie tiene nada para si y, por ende, el sistema de cooperación social se desploma. Otro destacado miembro de la Escuela Escocesa que abrió caminos a la comprensión de los fenómenos señalados es Adam Ferguson quien en su Historia de la sociedad civil declara que “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellas cuyos deseos los mueven a procurar el bienestar de otros”.

En otros términos, bienvenido el que quiera ayudar al prójimo de muy diversas maneras (morales y materiales) pero presentar estas acciones como una devolución de favores (y mucho menos con la participación del aparato de la fuerza en un ataque frontal a la propiedad), es del todo improcedente y a todas luces contraproducente. La contradicción aparece, por ejemplo, en el ofensivo aviso publicitario en el que General Motors “agradece a los contribuyentes su apoyo” a raíz del subsidio coactivo impuesto por el gobierno con recursos detraídos a la gente. Es lo mismo que el ladrón “agradezca” en un aviso en los periódicos a sus víctimas por “su ayuda” (ahora se pretende subsanar el asalto con el pésimo arbitraje por el que el gobierno vende acciones de GM en el mercado de capitales a 30 dólares en promedio que adquirió a 54, también en promedio ponderado).

Tal vez puedan resumirse lo seis tomos sobre Decadencia y caída del Imperio Romano de Edward Gibbon del siglo XVIII, en su observación bifronte de que la consiguiente destrucción no se debió a las invasiones bárbaras sino a la corrupción de las propias instituciones y a que se prefería un trozo de pan entregado por los sátrapas del momento a la virtud y la libertad. Es de esperar que EE.UU. no siga ese camino de humillación y entrega después de haber sido el faro inspirador más fértil para los hombres libres del planeta de todos cuantos existieron en la historia.

Respecto a la propuesta a que aludimos al abrir esta columna, subrayamos que refleja no solo un estado de desconocimiento de los intrincados procesos sociales, sino que constituye un pésimo ejemplo para terceros, al tiempo que desdibuja la naturaleza y los mecanismos de creación de la riqueza y los correspondientes beneficios, especialmente para los más necesitados y desfigura por completo las tareas de un gobierno con poderes limitados para abrir, en cambio, las compuertas a los atropellos del Leviatán. Y estos abusos del “ogro filantrópico” al decir de Octavio Paz, se pagan caro puesto que alteran los precios relativos lo cual conduce indefectiblemente al consumo de capital que, a su vez, deteriora ingresos y salarios en términos reales, es decir, empobrece y genera miseria. Entonces, el grupo de signatarios a que nos referimos al comienzo de esta nota debería rebautizarse más bien como “Antipatriotic Jerks for Big Government” (Gilipollas antipatriotas a favor del gobierno ilimitado).

Este artículo fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 2 de diciembre de 2010.