México se "colombianiza"

Ted Galen Carpenter demuestra las similitudes entre la violencia relacionada a las drogas que está experimentando México hoy y aquella que sufrió Colombia durante los 1980s y los 1990s.

Por Ted Galen Carpenter

Incluso mientras funcionarios estadounidenses se concentran en las estancadas discusiones de política exterior sobre el programa nuclear de Corea del Norte, la creciente probabilidad de que Irán se sume a la lista de países con poderes nucleares y de que se vuelvan aún más tensas las relaciones con Rusia, un serio problema de seguridad se está formando mucho más cerca de casa. Desde hace dos años, la violencia entre organizaciones narcotraficantes y las autoridades en México ha aumentado considerablemente. La matanza es tan intensa que hasta los turistas estadounidenses evitan cada vez más ciudades como Tijuana, Ciudad Juárez, Nuevo Laredo y otras ciudades situadas en la frontera Estados Unidos con México, que solían ser destinos turísticos. Lo peor de todo es que la violencia se está contagiando a los estados sureños del oeste de EE.UU.

El problema del narcotráfico no es nuevo. El país es una importante fuente de producción de heroína, marihuana y metanfetamina para el mercado estadounidense así como también el principal punto de distribución de la cocaína procedente de Sudamérica. Por años, la gente dentro y fuera de México se preocupó de que el país sucumbiera en la corrupción y en la violencia que caracterizó al principal proveedor del drogas del hemisferio occidental, Colombia, desde comienzos de 1980 hasta los primeros años de este siglo. Cada vez hay más indicios de que esta “colombianización” de México se está convirtiendo en una realidad.

Si México se va por el mismo camino que Colombia, las consecuencias para EE.UU. serán mucho más severas. Colombia está relativamente lejos, pero México comparte una frontera con EE.UU. y está sumamente entrelazado económicamente a este país a través del TLCAN. Simplemente, no hay ninguna manera de que los estadounidenses vean las alarmantes tendencias de nuestro vecino con indiferencia.

Washington ha presionado al gobierno mexicano desde hace muchos años para que tome una postura proactiva contra los carteles de narcotráfico. Desde que Felipe Calderón subió a la presidencia en el 2006, se han cumplido sus deseos. Calderón le dio un gran protagonismo a los militares para combatir a los traficantes, postura que ningún presidente anterior había tomado. Sin embargo, el principal resultado de su estrategia ha sido un nivel aún mayor de violencia y cada vez más los militares son el blanco de esta. Los militares también han sido expuestos a la corrupción financiera que ha debilitado severamente a la policía.

Hasta las supuestas victorias de México en la guerra contra la droga demuestran que no son del todo una bendición. Así lo describe la consultora de evaluación del riesgo, Stratfor:

“La violencia entre carteles tiende a balancearse hacia arriba después de que las autoridades estadounidenses o mexicanas logran desmantelar una organización. En cualquier momento, puede suceder que si los grupos rivales sienten que una de las organizaciones no puede defender su territorio, combatirán no solo al grupo que domina sino también a todos los otros en aras de obtener el control”.

Las batallas de campo han sido feroces. En el 2005, poco mas de mil trescientas personas murieron en violencia relacionada con las drogas. Para 2007, el monto total ha ascendido a 2.673. Y esto sigue empeorando. Para mediados del agosto de 2008, la matanza de ese año ya superaba el número de muertos de todo el 2007. El Departamento de Estado de EE.UU. advirtió a los viajeros en mayo de 2008 que las batallas entre pandillas de narcotraficantes (entre ellos y contra los policías y militares mexicanos) en partes del norte de México eran tan serias que constituían “pequeñas unidades de combate”. Esas batallas incluían el uso de armas de fuego y granadas autopropulsadas.

Además de la violencia—semejante a la de Colombia entre 1980 y 1990—otra característica similar con ese país está emergiendo en México: la diversificación de las pandillas y cuarteles hacia los secuestros y otras fuentes lucrativas fuente de ingreso. Algunos reportes sugieren que el problema de secuestros en México es peor que en Colombia y que hasta estadounidenses han sido víctimas.

Los funcionarios estadounidenses aceptan que la violencia relacionada al narcotráfico en México no conoce fronteras. Según John Walters, director de la Oficina para la Política Nacional de Control de Drogas de la Casa Blanca, “la matanza de traficantes rivales ya está atravesando las fronteras. Los testigos están siendo asesinados. No creemos que la frontera funcione como un escudo”. Un oficial de drogas de Dallas llega a la misma conclusión: “estamos viendo, aquí en Dallas, un número alarmante de incidentes que tienen las mismas características de la violencia que se ha convertido algo común en México. Vemos asesinatos por ejecución, cuerpos quemados, y el propio caos… Es como si as batallas llevadas a cabo en México por control han llegado a Dallas”.

Las autoridades policiales estadounidenses en la frontera cada vez más son los objetos de la violencia. Un informe del Comité de Seguridad Nacional dice que más de una vez los contrabandistas “dejaban las drogas o las abandonaban en sus vehículos cuando se encontraban con oficiales estadounidenses”. Pero eso ya no es lo que sucede. “En el ambiente que se vive hoy, las patrullas de control de la frontera son el blanco de disparos desde la otra orilla del río, y los policías y asistentes de los sheriffs son atacados con armas automáticas mientras los delincuentes recuperan el contrabando”. Algunos de los ataques vienen de mexicanos vestidos en uniformes militares. No queda claro si los que atacan son los narcotraficantes vestidos con uniformes robados, o si son militares mexicanos—trabajando con los carteles—atacando a autoridades estadounidenses en defensa de los traficantes.

La policía estadounidense parece asumir que si el gobierno mexicano logra eliminar a los jefes narcos, sus organizaciones caerán también y, de esa manera, se reducirá la ola de droga ilegal a EE.UU. Washington ahora ha respaldado esta política con un paquete de ayuda lucrativa, la iniciativa de Merida, para ayudar a crear reformas en la aplicación de la ley y para otros esfuerzos anti-drogas. Durante el verano de 2008 el Congreso aprobó la primer reforma ($400 millones) de lo que será un programa de muchos años y muchos miles de millones diseñado de manera similar al Plan Colombia, la iniciativa que empezó en el 2000 para Colombia y sus vecinos andinos—que ya nos ha costado más de $5.000 millones.

Creer que neutralizando a los narcotraficantes clave en México alcanzará una importante reducción del trafico de drogas, es lo mismo que asumieron los oficiales estadounidenses con respecto a los que fueron las medidas tomadas en los carteles de Medellín y Cali durante los años 90. Los aontecimientos subsecuentes demuestran que fueron erróneas esas suposiciones. La eliminación de esos dos carteles solamente descentralizó el comercio de drogas. En vez de tener a dos grandes organizaciones controlando todo el comercio, hay, por el contrario, 300 mucho más pequeñas.

Específicamente, los arrestos y los asesinatos de los líderes mexicanos y colombianos de los carteles de drogas durante los años pasados no tuvieron un aporte significativo a la cantidad de droga que entra a EE.UU. Degollar a un narcotraficante implica que aparezcan mas cabezas para tomar su lugar. Jorge Chabat, un analista de políticas sobre droga y seguridad, comenta: “Por años, el gobierno estadounidense le dijo a México: ‘El problema es que los narcos siguen siendo poderosos porque ustedes no desmantelan a las pandillas’. Ahora, están haciendo exactamente eso y los narcos están más poderosos que nunca”.

México aún puede evitar el camino del caos, pero cada vez el tiempo es menor. Washington deberá prestar bastante más atención al problema de lo que viene haciéndolo y los funcionarios estadounidenses necesitarán mejores respuestas que las indeficientes y desacreditadas políticas del pasado. Si Washington continúa sosteniendo una política de estrategia prohibitiva, que crea las enormes ganancias del mercado negro de las drogas, la violencia y la corrupción se convertirán en un rasgo permanente de la vida mexicana. El comercio ilegal de drogas ya penetró en la economía y en la sociedad mexicana.

Las autoridades de los Estados Unidos necesitan preguntarse si quieren arriesgarse a tener que lidiar con un vecino caótico, generador de narcotraficantes al sur de la frontera. Si no quieren lidiar con la agitación que ello produciría, la nueva administración deberá reconsiderar la estrategia prohibitiva que impera ahora y hacerlo lo antes posible.