México: Paga el precio de la prohibición

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En la primera conferencia de prensa, concedida por la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner, de aproximadamente una hora y cuarenta y cinco minutos se formularon veinticuatro preguntas y, según el vocero presidencial, quedaron setenta en el tintero. Las respuestas referidas al eje central de los interrogantes relacionados con los factores que generaron la crisis resultan sorprendentes, puesto que parecería que no hay problema alguno en el INDEC, que no hubo fuerzas de choque enviadas por el Gobierno, que los funcionarios cuestionados son probos, que no hay nada que arrepentirse por parte de la conducción política, que estamos boyantes en inversiones, que la división horizontal de poderes es inmejorable, que el “modelo de país” establece un círculo virtuoso y que el federalismo se aplica a rajatabla.

Personalmente seguí con atención muchas de las intervenciones de la hoy Presidenta cuando ejercía funciones parlamentarias y pude constatar su solvencia con la intención de apuntalar los desvíos institucionales y económicos del menemato. Sin embargo, en este nuevo cargo, parecería que olvidó aquellas argumentaciones y pretende manejar las estructuras productivas del país como si se tratara de un feudo personal, al tiempo que abandona su misión específica de garantizar la seguridad y la justicia. Para ello hace más adiposo y torpe el aparato estatal e incrementa el endeudamiento gubernamental que, entre otras cosas, compromete severamente el patrimonio de futuras generaciones que ni siquiera han participado en el proceso electoral para elegir al gobernante que contrajo la deuda.

Sin duda es saludable que la Presidenta haya retomado la costumbre republicana de convocar a conferencia de prensa al efecto de posibilitar el contacto directo y público con los medios periodísticos. En esta inauguración hubo tal vez más iniciativa en dirección a reiterar el propio discurso que a exprimir el sentido de los requerimientos de la prensa, pero, en cualquier caso, constituye un primer paso. El problema estriba en la insistencia en repetir recetas anacrónicas que han generado fracasos estrepitosos en donde se han aplicado y han extendido grandemente la pobreza.

¿Por qué no retomar la senda que abrieron Alberdi y sus colegas, que nos convirtió en uno de los lugares más prósperos del planeta con salarios superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España, por lo que la población se duplicaba cada diez años con inmigrantes que venían a “hacerse la América”? ¿No tenemos presente el derrumbe a partir de la aplicación de políticas fascistas y similares? ¿No es mejor dejar tranquilos a los productores para que produzcan del mismo modo que se hace con las propiedades de la primera mandataria y su cónyuge en El Calafate y otros lares? ¿No es acaso más fértil seguir sendas similares a las que hoy transitan países vecinos como Uruguay, Brasil y Chile?

En este contexto no deberíamos dejar de lado pensamientos de Alberdi como el siguiente: “Después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional: he ahí toda la diferencia. Después de ser colonos de España, lo hemos sido de nuestros gobiernos patrios: siempre Estados fiscales, siempre máquinas de rentas que jamás llegan porque la miseria y el atraso nada pueden redituar”. Todavía se está a tiempo para cambiar de rumbo.

Este artículo fue publicado originalmente en Perfil (Argentina) el 9 de agosto de 2008.