México: Espejos económicos

Por Roberto Salinas-León

Vamos mal en competitividad, en el índice de transparencia, en crecimiento, en libertad económica, en productividad, en expectativas de inversión.

Ciertamente, el lugar de la economía mexicana dentro del mapamundi económico se encuentra en mejor ubicación que, digamos, países como Venezuela o Argentina. Pero las comparaciones son odiosas, y, a la vez, tramposas. El hecho es que, a pesar de todo, el desempeño económico de nuestro país se ha caracterizado por niveles muy por debajo de su potencial de alto crecimiento.

Esta circunstancia, junto con la expectativa que no se podrá desatorar la agenda de reformas estructurales del proceso político, ha generado una depreciación inevitable de la paridad del peso frente al dólar. En este sentido, el tipo de cambio ha funcionado como un espejo económico del clima de inversión. El deterioro de este, sea en productividad, o en el índice de crecimiento, se ve reflejado en una baja en la cotización de la denominación del régimen de inversión, o sea, del peso mexicano. La desconfianza es gradual, pero secular. Sin un cambio en el rumbo, sin una terapia de choque, esta tendencia hacia la depreciación cambiaria seguirá dándose, con los altibajos típicos de un sistema de flotación, pero con una tendencia bien definida en el mediano plazo.

Otro espejo económico de los vacíos en materia de crecimiento que existen en la economía mexicana es el crecimiento de la actividad informal. El Reporte Anual del Banco de México da una sentencia dramática sobre este fenómeno generalizado: si no tuviésemos economía informal, el país estaría al borde de una catástrofe social. Es la válvula de escape por excelencia que permite seguir como estamos, a pesar de todo, a pesar de los problemas capitales que enfrentan los retos económicos del crecimiento.

La informalidad, como fenómeno socioeconómico, va mucho más allá del llamado “mercado negro.” El crecimiento ahora proyectado de la población económicamente activa está convirtiendo al famoso bono demográfico en una bomba en potencia. Dado el entorno de mediocridad (baja en competitividad, baja en productividad laboral, estancamiento en el nivel de crecimiento), el excedente laboral crece mucho más allá de la capacidad de nuestra economía formal para ofrecer las plazas correspondientes. Este se exporta, ya sea al norte de la frontera, o hacia las rutas paralelas de la informalidad.

Una consecuencia es que el crecimiento generado dentro del sector informal se da en una forma paralela, no registrada, con intercambios comerciales y mercados financieros espontáneos, pero sumamente primitivos, y con un esquema de tributación paralelo, lleno de incentivos perversos. El resultado en la economía real es que aun con los beneficios de la estabilidad, persiste la situación de nuestro país como una economía rica en potencia, pero con un gravísimo problema de pobreza. Vivir en la informalidad no es la solución, es un mecanismo de escape que condena al ciudadano informal al subdesarrollo permanente, a vivir en el inmediato plazo.

Estos, pues, son dos espejos negativos de nuestro actual régimen de inversión. El crecimiento la informalidad, y la depreciación del tipo de cambio, son dos lados de una misma moneda económica, devaluada, desgastada, y estancada.