Más sobre la destrucción creativa

Por Roberto Salinas-León

Dos errores capitales de los defensores de la apertura comercial son: la tendencia a creer que el libre comercio incrementa los empleos y la tendencia a sobreestimar los beneficios.

La colaboración de este espacio en la edición de la semana pasada genero varios, y variados, comentarios sobre los temas de la apertura, y el análisis de los costos y beneficios de las fuerzas de la destrucción creativa en una economía abierta. Dos errores capitales de los defensores de la apertura comercial son: la tendencia de pasar por alto la necesidad de diseñar soluciones eficientes, que no caigan en demagogia o populismo, para enfrentar las contingencias que se producen en le proceso de lograr mayor prosperidad; y la tendencia de sobreestimar los beneficios de la apertura, más allá de su fin comercial, o sea, más allá del aumentar el intercambio de bienes y servicios.

Este último error es prevaleciente en las disputas sobre tratados de libre comercio, y ciertamente imperó en la estrategia alrededor del TLC, hace más de una década, cuando las autoridades sobre vendieron los beneficios del tratado, al grado que se generó la noción popular que el TLC representaría la entrada al primer mundo. Riqueza, al instante. Hoy en día, se escuchan casos similares, sobre la cantidad de empleos que crea el comercio exterior. El objetivo del comercio no es crear nuevos empleos, es simplemente facilitar un aumento en el intercambio comercial. Ciertamente, en este proceso, se crean empleos, pero a la vez, por motivo del proceso de destrucción creativa, también se pierden empleos.

Empero, el empleo es función no de la apertura, sino de un crecimiento sostenido en la economía. Y este último representa un desafío capital, que depende de muchos otros factores. El gobierno o la autoridad económica, sólo pueden proveer las condiciones para que se genere mayor crecimiento. Pero, al final del día, los responsables de una expansión en la actividad económica son los actores de esa misma actividad: ahorradores, maestros, empresarios, productores, inversionistas, y por supuesto, consumidores.

Otro gran error es ver el comercio internacional como un juego de suma negativa, o, como suele suceder, en función de los resultados de la balanza comercial. Los países no comercian. Son los habitantes de los países quienes comercian con los habitantes de otros países. Ello, por medio de la destrucción creativa, conlleva beneficios esparcidos, más muy importantes, sobre todo para consumidores que ahora tendrán acceso a nuevos productos, de mayor calidad a menor precio. Nunca nos preguntamos si el estado de México tiene un superávit o un déficit con el estado de Puebla, o si se debe hacer algo, internamente, para "mejorar" nuestras balanzas comerciales internas.

De hecho, otro grave error en las discusiones sobre la globalización es el papel de las importaciones. A nivel de personas, las importaciones representan compras, mientras que las exportaciones representan ventas. Vender, ciertamente, es de capital importancia en el proceso de destrucción creativa, en el mismo proceso de lograr mayor prosperidad. Pero la venta (exportación) se hace para poder aumenta el poder de compra. Las ventas son sólo un medio, un medio para poder comprar (importaciones). La finalidad del comercio no es, contrario a la sabiduría popular, exportar. Es importar.

Aun así, el hecho es que el comercio libre no es una panacea, no es la varita mágica que transforma a un país de la noche a la mañana. Es una de varias condiciones para lograr el crecimiento sostenido, por medio de la expansión de compras y ventas fuera de la tierra nacional. Nada menos, pero nada más.