Maligna concentración del poder

Por Carlos A. Ball

En Arabia Saudita, la riqueza petrolera va a manos de una familia real dedicada a financiar el extremismo islámico. En Rusia, la encarcelación y persecución judicial del dueño de la petrolera Yukos es una venganza política de Putin que comprueba la ausencia del estado de derecho. En Venezuela, la sustitución del personal profesional de la petrolera estatal PDVSA por adeptos al presidente Chávez ha disparado la corrupción y colapsado la producción que ha caído en 1,7 millones de barriles diarios, mientras que Chávez está cediendo el negocio del petróleo pesado de la faja del Orinoco a China, a cambio de apoyo político y armamentos. En México, el alto costo de la energía debido a la desastrosa ineficiencia de Pemex sitúa al país en una posición comercial desventajosa y desaprovecha su inmensa riqueza en gas.

Hace años sugerí que la tumba de Lázaro Cárdenas – el presidente mexicano que en 1938 expulsó a las compañías petroleras internacionales que entonces se marcharon a Venezuela – fuese trasladada al Panteón Nacional en Caracas, donde están los restos de Simón Bolívar, por tratarse del personaje histórico que hizo más por Venezuela después de El Libertador.

Pero los políticos no suelen aprender de sus errores ni de la historia. Treinta y ocho años más tarde y utilizando exactamente el mismo lema de Cárdenas, “el petróleo es nuestro”, el presidente socialdemócrata Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera en Venezuela y, también en 1976, estatizó al Banco Central, lo cual sumado a la politización del sistema judicial anteriormente lograda por su partido Acción Democrática encaminaron a Venezuela hacia el caos socialista actual.

Frecuentemente asumimos que los grandes cambios históricos toman varios siglos o, por lo menos, varias generaciones. No es así. En la Venezuela de 1960, un bolívar valía un gramo de oro y las exportaciones petroleras de entonces representaban 60% del mercado petrolero internacional. Desde entonces el bolívar ha sufrido una devaluación de 3,33 a 2.530 por dólar, o sea de 75.875 por ciento y con respecto a su valor oro la caída del bolívar es de 3,8 millones por ciento. Esa es la magnitud del robo de los políticos venezolanos. Es decir, lo que una generación de venezolanos logró construir desde la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en 1935 hasta 1960 fue destruido por otra generación que apoyó la creciente concentración del poder político y económico a partir de 1960. Los partidos tradicionales venezolanos enriquecieron sólo a una camarilla de políticos y a sus amigos. El rechazo popular condujo a Chávez, quien es la culminación lógica de ese proceso de gigantismo gubernamental, nacionalismo destructivo, mercantilismo impulsor de la lucha de clases y desbordada corrupción.

Aquí utilizo la historia reciente de Venezuela para describir la decadencia latinoamericana porque tragedias similares han ocurrido por todo el hemisferio. Argentina, por ejemplo, borró 17 ceros de su moneda entre 1971 y 1991, mientras que el desconocimiento por parte del presidente Kirchner de la deuda extranjera en manos privadas es el robo más grande de la historia universal.

La lección todavía no aprendida es que la libertad económica es aún más importante que la libertad política porque cuando se debilita esta pronto se pierde la otra.

Artículo de la Agencia Interamericana de Prensa Económica (AIPE)
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