Los padres fundadores confiaron en los estados, y no en Washington, para la organización de las elecciones
Walter Olson dice que no es que los estados sean de alguna manera perfectos o estén por encima de la política en la organización de las elecciones, pero el peligro de concentrar el control en un solo lugar es mayor.
Por Walter Olson
El artículo I, sección 4, de la Constitución establece que la legislatura de cada estado deberá fijar las "fechas, lugares y modalidades" para la celebración de las elecciones al Congreso de los Estados Unidos, "pero el Congreso podrá, en cualquier momento, mediante ley, establecer o modificar dichas normas". El Congreso ha utilizado durante mucho tiempo sus facultades de anulación con moderación, y los republicanos, en particular, han advertido tanto contra la microgestión de la forma en que los estados realizan su labor como contra el espectro de una intervención federal. Esa sigue siendo la postura correcta, por razones de viabilidad, integridad electoral y salvaguarda de la libertad de la nación.
La administración electoral descentralizada es una de las actividades más orientadas a la comunidad que realiza el Estado, ya que se basa en un ejército de vecinos que actúan como voluntarios. Estar cerca de la gente ayuda a que haya mayor rendición de cuentas cuando algo sale mal. Si las máquinas se descomponen, se agotan los suministros o hay filas innecesariamente largas en las casillas electorales, ¿quién responderá más rápido a tus quejas: tus funcionarios electos municipales, del condado y estatales, o alguna agencia federal lejana?
La administración electoral local también se adapta mejor a la vasta diversidad de nuestra nación. Recientemente, mientras el Congreso ha estado analizando proyectos de ley que impondrían reglas uniformes para todas las funciones electorales básicas —por ejemplo, exigir que todos acudan en persona a una oficina pública para registrarse—, ha habido rechazo en lugares como Alaska y las zonas rurales del suroeste, donde la gente puede vivir a varias horas de distancia de dicha oficina. El voto anticipado, por correo y mediante buzones de seguridad desempeña diferentes roles de una comunidad a otra y de un estado a otro, dependiendo en parte de los patrones de trabajo, desplazamientos y jubilación. ¿Por qué bloquear las adaptaciones necesarias a las condiciones locales?
Esa sigue siendo la postura correcta, por razones de practicidad, integridad electoral y protección de la libertad de la nación.
La administración descentralizada también protege contra un punto único de falla catastrófico a nivel nacional en los sistemas electorales. Las nuevas máquinas y métodos de votación se extienden gradualmente de una jurisdicción a otra, en lugar de que Washington prescriba que todos los adopten al mismo tiempo. Esto significa que los administradores y proveedores aprenden y se adaptan a partir de la experiencia de otros, y que el país entero no queda atado a la idea fallida de alguien.
Y eso es solo en cuanto a los fallos técnicos. Todos sabemos que los sistemas electorales son blanco de actores malintencionados, tanto nacionales como extranjeros, que buscan obtener ventajas o información. Nuestro sistema diverso y descentralizado es mucho más difícil de hackear que lo sería uno único a nivel nacional, y el daño queda limitado y compartimentado.
Estados Unidos ha sido un gran innovador en el ámbito de las elecciones, introduciendo numerosos métodos y avances, desde las primarias partidistas hasta el voto anticipado y por correo. Algunas innovaciones quedan en el olvido, mientras que otras se imponen y se convierten en norma. ¿Por qué cambiar este fermento democrático por un sistema en el que se requiera el permiso de Washington para cualquier novedad? ¿Por qué arriesgarse a imponer un mal método a todos solo porque a alguien en Washington le gustó?
Sobre todo, los Padres Fundadores lo hicieron así porque temían que una facción nacional dominante, ya fuera con sede en el Congreso o en la Casa Blanca, pudiera algún día hacerse con el control de la administración electoral a nivel nacional y utilizarlo para afianzarse en el poder. Estados Unidos debe mantenerse alejado de cualquier Consejo Electoral Nacional al estilo de Venezuela, mediante el cual quienes están en el poder pudieran cuestionar —y, al final, sustituir por sus propios resultados preferidos— los resultados tabulados localmente.
Durante mucho tiempo, los demócratas fueron el partido obsesionado con la centralización en este país. Hace solo unos años promovieron un proyecto de ley ómnibus de alcance excesivo, denominado H.R. 1, que habría invadido las competencias propias de los estados de muchas maneras, habría impuesto cargas enormes a los administradores locales y habría puesto a los burócratas federales al mando. ¿Por qué los republicanos olvidaron sus propias advertencias anteriores cuando asumieron el poder?
El actual impulso hacia el control central se basa en alarmas sobre un supuesto voto generalizado de no ciudadanos y suplantación de identidad de votantes que simplemente no están respaldadas por la evidencia, junto con teorías sobre las elecciones de 2020 que han sido uniformemente rechazadas por los tribunales y refutadas por investigaciones imparciales. Si bien sin duda hay margen para mejorar los métodos de identificación, una medida como la Ley SAVE America va mucho más allá de lo que cualquier estado ha decidido promulgar voluntariamente y exige que todo se haga en un plazo irrealmente breve.
Nada de esto quiere decir que el Congreso no pueda usar su autoridad constitucional para crear y modificar reglas de manera prudente y específica. Podría poner fin a las guerras de manipulación de distritos electorales mediante unas pocas reglas sencillas —la compacidad de los distritos de la Cámara de Representantes y el respeto a los límites de las subdivisiones políticas, la prohibición de la redistribución de distritos a mitad del censo, salvo cuando lo exija un tribunal— que frenarían la carrera a la baja entre los estados.
No es que los estados sean de alguna manera perfectos o estén por encima de la política en la organización de las elecciones —el historial de la historia estadounidense documenta ampliamente sus pecados—. Pero el peligro de concentrar el control en un solo lugar es mayor. El Congreso ha respetado acertadamente el papel protagónico de los estados y las localidades, y debería seguir haciéndolo.
Este artículo fue publicado originalmente en The Ripon Forum (Estados Unidos) el 9 de septiembre de 2026.