Los idus de enero (y las tres idas)

María Blanco dice: "El 31 de diciembre se iba de repente un gran amigo y gran economista liberal argentino: Juan Carlos Cachanosky. No era muy conocido en España, tal vez excepto en algunos círculos académicos, y en su país creo que no tanto como debería. Pero no es el reconocimiento de mayorías lo que hace grande a un ser humano".

Por María Blanco

En el calendario romano antiguo el primer mes era marzo y el año constaba de diez meses. Pero a partir del calendario juliano se añadieron dos meses más para acompasar nuestro tiempo al lunar: enero y febrero. Se llamaban “idus” a los 13 de enero, febrero, abril, junio, agosto, septiembre, noviembre y diciembre, y también al día 15 de los cuatro restantes meses: marzo, mayo, julio y octubre. El primer mes se dedicó a Jano, el dios de los finales y los comienzos. Y como si el 2016 que acaba de empezar rindiera un homenaje a este dios de las dos puertas, se han sucedido ya varias “idas” de toda especie. Cada una de ellas me deja una lección.

La primera partida: la fe en la clase media

El 31 de diciembre se iba de repente un gran amigo y gran economista liberal argentino: Juan Carlos Cachanosky. No era muy conocido en España, tal vez excepto en algunos círculos académicos, y en su país creo que no tanto como debería. Pero no es el reconocimiento de mayorías lo que hace grande a un ser humano, ni como persona, ni como liberal, ni como economista. Ahora que escucho incluso a quienes peor se portaron con él apuntarse al tren de sus amigos, recuerdo la sonrisa con la que me contaba que no hay que dejarse afectar por quien no lo merece. Entre las muchas lecciones que recibí de él, que desfilan desde el fatídico 31 de diciembre en mi mente, una a una, está su idea de que a España la va a salvar su clase media.

La clase media es muy sensata y lucha por sobrevivir y mantener el estatus que tanto le ha costado alcanzar. Después del esfuerzo de superar esa estructura económica preindustrial, la trampa malthusiana, la incorporación de la tecnología a la producción, que tanto bueno ha traído, etc., hay que confiar en que la clase media española no va a votar a un partido que anuncia y promueve su final.

La segunda partida: todos queremos Mas

Nueve días después, Artur Mas abandonaba su cargo como presidente de la Generalitat de Cataluña. No pudo ser, hizo todo lo que pudo. Fue humillado, “roneado” y abandonado, y descendió de su cargo, para habitar entre los demás diputados del Parlamento autonómico. Y, como suele suceder con los mesías, aunque sean de pacotilla, se ha erigido en mártir por el bien de su público. Como una folclórica más.

Carles Puigdemont, el exalcalde de Gerona, manifiesto radical independentista, ha dicho que su programa es el mismo que el de Artur Mas. Fantástica revelación. Porque si es cierto, ¿por qué razón fue imposible investir a Mas? ¿Qué pinta Puigdemont si son tan parejos sus objetivos? O uno de ellos se los va a saltar a la torera, tan habitual en el ruedo político; o el otro lo iba a hacer; o, lo que es lo más probable, los dos estaban dispuestos a dejar la “declaración oficial de intenciones” a un lado para hacer lo que les brote. Así, como decía alguien en Twitter, Carles es el primer presidente catalán que explícitamente declare que no va a gobernar para la mayoría de sus ciudadanos.

Tercera partida: un camaleón no es lo que crees

El lunes once de enero, primer día de trabajo en mi universidad, se fue David Bowie, ícono musical transgeneracional. No era pop. No era rock. No era hippie. Era él, único, independiente, sordo a los críticos musicales, a quienes le llamaron payaso, a quienes despreciaban su look andrógino, sus pelos de colores, su mirada desafiante y su sonrisa gélida y pacífica. La imagen que recorre las redes sociales en el que sobre la cara de Bowie aparecen uno tras otro sus diferentes looks aporta la verdadera descripción de su principal atributo: camaleónico. La esencia del camaleón permanece intacta no importa el color que adopte su piel. Pero también me lleva a reflexionar por qué creo que no lo era: el camaleón se adapta para ocultarse, Bowie hacía resplandecer la diferencia. Su revolución silenciosa, estética, pero no solamente estética, tiene como culminación, como en el caso de Juan Carlos Cachanosky, la alabanza por parte de quienes no le soportaron, el reconocimiento de quienes se lo negaron en vida.

Bowie, más allá de corrientes y modas, bombardeaba las líneas de flotación de lo establecido como Cachanosky lo hacía con el pensamiento único. Y eso les hacía a ambos ser incómodos a los ojos de algunos. Un amigo de Twitter me decía que la gente libre cae mal. Puede ser.

El camaleón no es Ziggy. El camaleón es un político. Y podría citar varios. Me refiero a ese que cambia de color, de partido, de programa, de promesa, para permanecer en la poltrona, en el escaño, en el poder. Ziggy, como Juan Carlos, era un luchador pacífico.

Este artículo fue publicado originalmente en Vozpópuli (España) el 11 de enero de 2016.