Los aranceles del presidente Trump están haciendo que la música sea inasequible para los niños

James Bacchus señala cómo los aranceles están poniendo en riesgo el acceso de los jóvenes estadounidenses a la educación musical.

Por James Bacchus

The New York Times nos informa que los aranceles sobre los instrumentos musicales están elevando tanto los precios que los estudiantes de música de muchas bandas y orquestas de escuelas secundarias y preparatorias de todo el país ya no pueden permitirse comprar instrumentos, ni tampoco sus escuelas, con presupuestos muy ajustados, pueden permitirse proporcionárselos. Los aranceles sobre los instrumentos musicales son más del doble de lo que eran durante el primer mandato del presidente Donald Trump, y algunos instrumentos ahora cuestan miles de dólares.

Como resultado, explica la reportera del Times, Sydney Ember: "Los defensores de la educación musical afirman que los aranceles están poniendo en peligro los programas escolares de música y amenazan con hacer que esta actividad extracurricular quede fuera del alcance de muchas familias".

Esta noticia me transporta a mis días de adolescente en la escuela, cuando tocaba el primer clarinete en la "Marching and Fighting Greyhound Band" del coronel John Blair en la Preparatoria Lyman de Longwood, Florida. Tocar en la banda era un asunto familiar para los cinco hijos de los Bacchus. Mis tres hermanas menores tocaban el saxofón, el fagot y la flauta, y además todas fueron campeonas estatales de giro de batuta como majorettes (un arte que hoy en día se ha perdido en gran medida). Mi hermano menor tocó la trompeta por un tiempo antes de abandonar la banda para convertirse en mariscal de campo del equipo de fútbol americano. Uno de los trombonistas se convirtió en mi cuñado. Más de medio siglo después, sigo en contacto con algunos de mis compañeros de clase que tocaban conmigo en la banda de la preparatoria.

Por desgracia, no me convertí en otro Benny Goodman ni en otro Artie Shaw. Mis días tocando el clarinete quedaron muy atrás. Sin duda, si intentara soplar la lengüeta de un clarinete ahora, lo único que saldría sería un chirrido agudo. Y, sin embargo, me encantaba estar en la banda. Y en la banda aprendí cuánto ensayo se necesita para cooperar con los demás y producir armonía. De manera tácita, esa es una lección que parece que he llevado conmigo todos estos años, en todo lo que he hecho, tanto en público como en privado, siempre en busca de formas de trabajar junto a otros para crear más armonía en un mundo discordante.

Los aranceles de Trump impedirán que muchos otros jóvenes estadounidenses aprendan estas y otras lecciones valiosas a través de la educación musical. La administración de Trump (de alguna manera con total seriedad) considera que la importación de instrumentos de metal, como trombones, tubas y trompetas, es una amenaza para la seguridad nacional porque contienen cobre, un mineral crítico. Aunque estos instrumentos musicales en conjunto representan, como ha señalado el Instituto Peterson de Economía Internacional, solo "una parte insignificante del consumo de cobre de Estados Unidos" y unos aranceles más altos desplazarían la demanda hacia los productores estadounidenses "solo en una fracción minúscula de un por ciento", el equipo de Trump considera que la Sección 232 de la Ley de Expansión Comercial de 1962 es una herramienta adecuada para imponer más aranceles a las importaciones de instrumentos musicales, con el fin de proteger a los niños de Estados Unidos y al resto de nosotros en este país de esta supuesta amenaza grave.

Dudo que a alguno de los cinco hijos de los Bacchus se le haya ocurrido en ese momento pensar cuánto pagaron nuestros padres por los instrumentos musicales que tocábamos hace décadas. En ese entonces, pasábamos por tiempos difíciles: mi papá estaba enfermo y sin trabajo, y mi mamá trabajaba como enfermera mientras se esforzaba por criar a cinco hijos. El dinero que usaron para pagar nuestros instrumentos debió haber implicado sacrificios económicos en otras áreas del presupuesto familiar, probablemente al comprar menos cosas para ellos mismos. De alguna manera, encontraron el dinero.

Pero, con los precios de los instrumentos musicales por las nubes en la actualidad, impulsados por estos aranceles innecesarios así como por la inflación, ¿cuántos padres podrán ahora, al igual que mis padres, encontrar de alguna manera ese dinero necesario?

¿Cómo es posible que nosotros, como país, nos beneficiemos de que los jóvenes estadounidenses toquen menos música? El acceso reducido a los instrumentos que permiten a los niños de Estados Unidos aprender a hacer música —y a cooperar para producir armonía— es un ejemplo más de cuán trascendentales se han vuelto los impactos de la avalancha continua de aranceles de Trump. Estos impactos se extienden cada vez más a prácticamente todos los aspectos de la vida estadounidense, repercutiendo en todo lo que hacemos y en todo lo que aspiramos a hacer.

El tema de los aranceles puede parecer esotérico. Puede parecer una cuestión exclusiva de los economistas y de los políticos que pretenden entender de economía. No lo es. Los aranceles son impuestos ocultos que son muy reales. Estos impuestos recaen con mayor fuerza sobre quienes tienen ingresos más bajos, sobre quienes deben luchar día a día para salir adelante. Los aranceles tienen consecuencias en el mundo real —no solo en precios más altos, sino también en cómo vivimos y en cómo aprendemos a convivir—. El coronel Blair ya no está con nosotros y lo extrañamos profundamente. Pero él diría lo mismo.

Este artículo fue publicado originalmente en Cato At Liberty (Estados Unidos) el 14 de octubre de 2026.