Lo que podemos aprender de la crisis financiera de Chile

Mary Anastasia O'Grady explica las medidas que Chile tomó para recuperarse de su crisis financiera de 1982 y considera que ese si es un buen paquete de recuperación.

Por Mary Anastasia O'Grady

Los titulares alarmistas de la prensa a veces nos hacen olvidar que los actuales problemas de Wall Street no son la primera crisis financiera. Latinoamérica ha sufrido más de unas cuantas, algunas de ellas de mayor escala en relación con el tamaño de las economías afectadas.

Una de ellas fue el colapso económico de Chile en 1982. Para un país pequeño fue mucho más grave que lo que sucede hoy en Estados Unidos. El equipo económico de Bush podría aprender de la forma en la que fue manejado.

El plan chileno recapitalizó el sistema bancario y protegió a los depositantes. También minimizó el riesgo moral e impidió una mayor expansión del rol del Estado. El plan preservó el respaldo intelectual para la libertad económica y esto protegió al sistema de libre mercado, el cual a lo largo de los últimos 25 años no solo ha sobrevivido, sino prosperado.

Los testimonios de Hank Paulson y Ben Bernanke ante el Congreso la semana pasada advirtieron sobre una crisis de proporciones bíblicas en el horizonte. El presidente George W. Bush se dirigió al país en cadena nacional el miércoles por la noche para avivar aún más el temor del público.
Esto produjo un resultado predecible. Ahuyentó a los poseedores de dólares en todo el mundo y para el jueves los diferenciales o spreads de crédito se habían ampliado a niveles inusitados.

El plan propone gastar dinero de los contribuyentes para comprar la deuda mala de los especuladores. Al borrar los activos problemáticos de sus balances, la idea es que los nuevos inversionistas estén dispuestos a entrar y recapitalizar los bancos.

Puede ser demasiado tarde para revertir los efectos de la histeria que el gobierno Bush causó la semana pasada. La solución que dejaría que el mercado se encargara de lidiar con el problema, una vez que reciba señales claras de Washington de que no va a aportar más dinero, podría no ser viable. Sin embargo, incluso si se necesita ayuda federal, hay alternativas al plan de Paulson.

El principal problema con comprar activos problemáticos y difíciles de valorar a un banco es que, si el banco desea atraer capital fresco, es necesario que el gobierno pague de más. Aunque el valor de esos activos a la postre podría subir, el contribuyente está expuesto a grandes riesgos, riesgos que realmente corresponden al banco y sus accionistas. El gasto federal también eleva el riesgo de inflación.

Otro problema es que el propio Tesoro se está involucrando en especulación al estilo de los fondos de cobertura. Esto expande el rol del Estado en la economía en un momento en el que reducir tal papel es más importante que nunca.

Una alternativa al plan de Paulson sería proveer préstamos garantizados a las instituciones en problemas como una forma de recapitalizarlas. El colateral en contra de los préstamos serían los activos del banco (presumiblemente activos problemáticos) pero la transacción sería similar a un "acuerdo de recompra". En esta transacción, también conocida como "repo" el acreedor tiene la obligación de recomprar los valores en el futuro para amortizar la deuda.

Chile utilizó este instrumento para recuperarse de su crisis bancaria de 1982. Es cierto que el gobierno intervino directamente en dos bancos, dejando sin capital a los accionistas, reemplazando al equipo de gestión y nacionalizando las firmas. Estos bancos luego fueron reprivatizados en una venta que ofreció incentivos tributarios para alentar a los chilenos a participar en la subasta.

El resto de los numerosos bancos que estaban en problemas fueron tratados de manera diferente. El gobierno suministró préstamos que fueron garantizados por los activos bancarios, en un acuerdo que estipulaba que los bancos recompararían posteriormente esos activos.

Estas recompras tenían ciertas condiciones, incluyendo una cláusula que estipulaba que los accionistas no podían sacar ganancias de la compañía hasta que se pagara el préstamo. Esto significa que a los accionistas se les pidió que entregaran algo a cambio de ser rescatados por los contribuyentes y le dio al banco un fuerte incentivo para recuperarse y devolver el dinero.

Otra ventaja de este modelo sobre el plan de Paulson es que aunque el gobierno chileno tomó los activos de los bancos como colateral contra el préstamo, no asumió la responsabilidad de gestionarlos. Esa tarea quedó en manos del banco.

Claro, fue importante que el gobierno fuera un acreedor subordinado. De otra forma habría sido muy difícil aportar nuevo capital al banco. Sin embargo, si EE.UU. fuera a garantizar préstamos, tal vez no sería necesario que estos tuvieran tasas subsidiadas como en el caso de Chile. Este país estaba en una depresión, en el caso de EE.UU. una tasa de penalización podría ser preferible para asegurar que los bancos usen esta opción como último recurso.

Chile demoró varios años en recuperarse de su crisis bancaria y EE.UU. también necesitará tiempo para librarse de su manía de crédito. La intervención del gobierno puede ser la única opción, pero eso no significa que los contribuyentes deban extenderle un cheque en blanco al gobierno que le permita expandir sus poderes una vez más.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 29 de septiember de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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