Lidiando con la amenaza de Corea del Norte

Por Ted Galen Carpenter

La decisión de Corea del Norte de reactivar su reactor nuclear en Yongbyon y expulsar a los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica ha creado una crisis internacional de mayores proporciones. Las movidas de Pyongyang constituyen una flagrante violación al acuerdo firmado en 1994 para congelar su programa nuclear. También son una violación de los compromisos norcoreanos bajo el Tratado de No Proliferación Nuclear y el acuerdo de desnuclearización de 1991 con Corea del Sur.

La comunidad política de Estados Unidos se ha dividido en dos bandos sobre cómo lidiar con esta crisis emergente. Desdichadamente, las opciones favorecidas por ambos grupos son falaces.

Una de las facciones enfatiza el diálogo con Pyongyang. Las antiguas autoridades de la administración Clinton y la mayoría de los demás socialdemócratas creen que la principal prioridad de Washington debería ser la de salvar el marco del acuerdo de 1994. Recomiendan seguir la misma estrategia perseguida en dicho acuerdo: Sobornar a Corea del Norte a que renuncie a sus ambiciones nucleares.

Sin embargo, uno debe permanecer escéptico de dicho enfoque. Dados los fracasos de los sobornos anteriores, existen muy pocas razones para asumir que endulzar el soborno vaya a inducir a Pyongyang a que cumpla sus compromisos. Muy probablemente Corea del Norte se echaría al bolsillo cualquier nueva concesión y pronto empezaría una nueva ronda de fraudes.

La administración Bush y la mayoría de sus aliados conservadores rechazan el entusiasmo socialdemócrata por el diálogo. Las autoridades del gobierno estadounidense afirman que ninguna negociación formal tendrá lugar hasta que Pyongyang acabe con sus trampas. Mientras tanto, Estados Unidos se encuentra buscando un plan que ayude a sus aliados de la región a endurecer las sanciones económicas contra Corea del Norte como una manera de presionar al régimen comunista a que capitule el asunto nuclear.

Desgraciadamente, la presión económica y diplomática probablemente no funcione mejor que el soborno. Ya que Corea del Norte es ya uno de los países más aislados económicamente del mundo, las sanciones tienen muy pocas probabilidades de tener un impacto importante en su comportamiento.

Además, las estrategias competitivas de diálogo y presión económica están basadas en la suposición de que Corea del Norte esté usando su amenaza de desarrollar un programa nuclear meramente como una carta de regateo diplomático. Los "halcones" y "palomas" estadounidenses asumen que una adecuada política norteamericana hará que Corea del Norte renuncie a sus ambiciones nucleares.

Pero, ¿qué pasaría si esa profunda suposición está equivocada? La larga tendencia de Pyongyang de lograr acuerdos para no desarrollar armas nucleares y sus posteriores violaciones sistemáticas a dichos acuerdos levantan una posibilidad inquietante: Quizás Corea del Norte está determinada en convertirse en una potencia nuclear y se ha visto envuelta en la ofuscación diplomática para confundir o embaucar a sus adversarios. En dicho caso, Estados Unidos y los aliados del Este asiático tendrán que lidiar con la realidad de una Corea del Norte nuclear.

Si los sobornos o las sanciones no pueden evitar ese resultado, algunos halcones extremos recomiendan otro curso de acción: lanzar ataques militares preventivos contra las instalaciones nucleares norcoreanas. Esta no es una idea nueva. Los elementos "duros" en Estados Unidos ya habían sugerido dicho curso antes del acuerdo de 1994 y, sorprendentemente, la administración Clinton desarrolló planes de contingencia para tales ataques.

Pero la opción militar sería más peligrosa hoy de lo que era en 1994. No existe garantía de que Estados Unidos pueda identificar, y mucho menos eliminar, todas las instalaciones del Norte. Peor aún, la coerción militar podría provocar fácilmente una guerra nuclear general en la Península Coreana. De hecho, si las fuentes de inteligencia estadounidenses y chinas están en lo correcto, Corea del Norte ya podría poseer un pequeño número de armas nucleares, haciendo especialmente riesgoso un ataque preventivo norteamericano.

Washington debería considerar otro enfoque. Debería informarle a Corea del Norte que al menos que ésta no abandone su programa nuclear, Estados Unidos alentaría a Corea del Sur y Japón a tomar sus propias decisiones sobre conseguir también sus propias armas nucleares. Dicha perspectiva tal vez haría que el Norte reconsidere su postura. De hecho, si Pyongyang enfrentara la posibilidad de confrontar adversarios nucleares en la región—y adversarios más prósperos que fácilmente podrían construir un arsenal más amplio y sofisticado—podría llegar a la conclusión de acabar con su estrategia de engaños y de que mantener a la región libre de armas nucleares sería un enfoque más productivo.

Aún cuando no alcanzara dicha conclusión, un balance del poder nuclear en el noreste asiático probablemente emergería en lugar de un monopolio nuclear norcoreano. Si Estados Unidos no persigue esta estrategia, probablemente acabará con una política de escudar a sus aliados no nucleares de una volátil y peligrosa Corea del Norte armada con misiles atómicos. Ese podría ser el peor de todos los escenarios posibles.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.