Libres para adaptarse

Por Olaf Gersemann

Estados Unidos no es la única tierra de personas libres. Miren la recientemente publicada edición 2004 del Informe Anual sobre Libertad Económica en el Mundo. El índice en este reporte demuestra el grado en que las políticas e instituciones favorecen la libertad económica. Tomando el índice como medición, Hong Kong se lleva la calificación más favorable, seguido por Singapur. Los Estados Unidos quedaron en tercer lugar, junto con Nueva Zelanda, Suiza y el Reino Unido.

Este informe—publicado por el Fraser Institute de Canadá, el Cato Institute de EE.UU. y otros institutos de investigación alrededor del mundo—también demuestra que desde la década de los 80 ha habido una cercana conexión entre la libertad económica y el crecimiento económico. Es más hay evidencia de que la conexión entre la libertad y la prosperidad económica se ha fortalecido a lo largo del último cuarto de siglo.

Para entender por qué, compare a los Tres Grandes dentro de la Europa continental. En el nuevo informe, Alemania está en la posición 22; Italia, 36; y Francia, 44. Estas posiciones reflejan el hecho de que estos países no han dicho adiós al gobierno grande. No ha habido un Ronald Reagan Alemán ni una Margaret Thatcher Francesa.

Sin embargo, los sistemas económicos post-guerra de Francia, Alemania e Italia siempre han sido más restringidos por regulaciones y altas cargas impositivas que el de EE.UU. Aun así, en las primeras décadas después de la Segunda Guerra Mundial, esto no detuvo el crecimiento económico en Europa continental. La diferencia en prosperidad entre EE.UU. y los Tres Grandes de Europa disminuyó. Luego, a comienzos de los 80, la diferencia aumentó otra vez lentamente pero a un paso relativamente constante. El resultado es que la diferencia en prosperidad entre Francia y Alemania Occidental por un lado y la de Estados Unidos por otro lado era tan grande como lo ha sido desde finales de la década de los 60. En otras palabras, por algún tiempo el “capitalismo cómodo” al estilo europeo parecía funcionar igual de bien que el “capitalismo vaquero” al estilo norteamericano. Pero eso ya no es verdad.

¿Qué pasó? En primer lugar, hubo un tiempo en que los errores en las políticas económicas tenían impactos menores, mas que nada porque habían tantos otros gobiernos que cometían errores mucho más básicos—¿se acuerdan del comunismo? Después de todo, es mucho más fácil competir con países en los cuales sus gobiernos destruyen sistemáticamente el dinamismo de sus economías. Pero hoy, de acuerdo al Informe Anual 2004 sobre Libertad Económica en el Mundo, Estonia tiene una economía más libre que la de Alemania; Hungría está por delante de Italia; y Letonia y la República Checa están mejores que Francia.

Los tiempos están cambiando en otro sentido también. La globalización y la revolución de información y tecnologías de comunicación necesitan que el capital y la mano de obra sean cada vez más orientados a nuevos trabajos, nuevas tecnologías y nuevas corporaciones. Es exactamente la habilidad de ajustarse de cierta manera lo que hace que el capitalismo menos restringido de Estados Unidos parezca ser superior.

Tomen, por ejemplo, los beneficios de desempleo. En tiempos de pocos cambios estructurales, los generosos beneficios para desempleados de Alemania no causaron grandes problemas; ni siquiera eran costosos para los ciudadanos porque el índice de desempleo, hasta el comienzo de los 70, era por debajo del 1% en Alemania.

Ahora, mientras la globalización y el progreso tecnológico hacen redundantes a muchas ocupaciones viejas, esos beneficios han creado una situación extraña. Por un lado, hay un desempleo masivo en Alemania. Al mismo tiempo, porque las personas no van a donde se encuentran los trabajos, las compañías en ciertas regiones e industrias son incapaces de hallar empleados y la gran cuenta es recogida por esos que tienen suficiente suerte de todavía tener un trabajo.

En EE.UU., la diferencia entre el estado con el menor y aquel con el mayor índice de desempleo era de 4.3 puntos porcentuales en Mayo. Mientras tanto, en Alemania, un país del tamaño de Montana, el rango de desempleo entre los 16 estados es de 13.5 puntos porcentuales.

Otro caso es la regulación para la protección del empleado en Europa, lo que hace costoso, si es que no imposible, para una compañía el despedir a cualquiera.

Ciertamente, lo malo de esta política es que las compañías se resisten a contratar nuevos empleados. En tiempos de poca presión por ajustarse, esto no causaría mucho daño. Sin embargo, en una era en que el progreso tecnológico necesita de nuevas industrias, leyes estrictas para proteger al empleado cometen un daño muy grande. De acuerdo a un estudio realizado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) basada en Paris, las compañías nuevas promedio expanden su personal por un 13 por ciento en Francia y por un 24 por ciento en Alemania dentro de los dos primeros años; en los Estados Unidos, el aumento es de un 161 por ciento. Por lo tanto, mientras en EE.UU. se presenció el crecimiento de los productores del sector tecnológico como Cisco, Dell, Hewlett-Packard, Intel, Microsoft, Oracle y Sun Mycrosystems, ninguna compañía pequeña de tecnología en Alemania llegó a convertirse en un actor global; la única excepción es SAP, una compañía de software.

El precio que los países pagan por sobrecargar a los ciudadanos y corporaciones con un estado grande, es excesivo. Los votantes, ya sean norteamericanos, argentinos, australianos o austriacos, quizás quieran considerar eso antes de votar la próxima vez.