Las noticias del paquete de estímulo de México no son del todo malas

Mary Anastasia O'Grady comenta las medidas del gobierno mexicano frente a la crisis y explica cómo estas demuestran cómo ha cambiado la conducción de la economía en México. Por ejemplo, ahora no se gastan la bonanza petrolera en propaganda gubernamental.

Por Mary Anastasia O'Grady

Mucho se ha escrito sobre la división "cultural" entre los estadounidenses y los latinos. Pero con el estallido de la burbuja de activos, hemos aprendido que los políticos, en el norte y en el sur, reaccionan de forma similar ante una crisis económica.

Este factor común se me vino a la mente mientras desayunaba la semana pasada en Nueva York con el ministro de Hacienda de México, Agustín Carstens. El economista educado en la Universidad de Chicago explicaba la lógica detrás del paquete de estímulo del presidente Felipe Calderón. Una y otra vez pensé en la promesa del presidente electo estadounidense, Barack Obama, de gastar aún más en este lado de la frontera. La versión mexicana no es tan ambiciosa pero el concepto es el mismo. "(Calderón) toma mi dinero para gastarlo de mejor forma que yo", respondió un amigo mexicano sarcásticamente cuando le pregunté que opinaba del plan mexicano. Ahora somos todos keynesianos.

La teoría keynesiana, que favorece el gasto gubernamental como una forma de impulsar la demanda agregada durante desaceleraciones económicas, no ha logrado cumplir sus promesas repetidamente. Pero perdura debido a su conveniencia política. Es la mejor excusa para expandir el gobierno. Da miedo y es desalentador escuchar a los políticos ofreciendo más Keynes cuando lo que más se necesita es una forma de reestablecer el apetito del sector privado por el riesgo.

Sin embargo, las noticias de México no son del todo malas. Mientras escuchaba a Carstens discutir las opciones económicas de su gobierno, lo que también quedó en claro es cuán diferente es México hoy con respecto a 15 años atrás. Esos cambios podrían lograr que el país no recaiga bajo la presión del pánico financiero actual.

Sin dudas, Carstens cree en la capacidad del Estado para estimular la actividad económica. "Si usted puede lograr que la economía se mantenga activa y tiene los instrumentos para hacerlo, es importante que los use", me dijo. Luego agregó: "Pero tenemos límites respecto a cuánto podemos pedir prestado y financiar de forma prudente". Continuó: "¿Pensar que vamos a crear un déficit fiscal sin pensar en cómo lo vamos a financiar? Eso sería irresponsable".

Para un país que repetidamente se ha metido a sí mismo en problemas fiscales y monetarios al crear grandes déficits de presupuesto, este es un cambio de gran impacto en la forma de pensar. Es verdad que el antecesor de Carstens, Francisco Gil-Díaz, también ejerció un fuerte control del gasto durante el gobierno de Vicente Fox. Pero que un ministro de Hacienda mexicano esté preocupado por pedir prestado de forma excesiva durante una crisis económica global de la magnitud que se prevé actualmente es una partida significativa de la tradición.

No es la única prudencia novedosa en México. Hace 25 años, cuando los precios del petróleo se fueron a las nubes, los productores latinos de crudo gastaron sus petrodólares tan rápido como los recibieron, e incluso más. Ahora, México intenta con un enfoque diferente. Este año cuando el crudo maya —la variedad principal de exportación mexicana— superaba los US$120 por barril, Carstens le indicó a su equipo que comenzara a utilizar derivados para asegurarse un precio base de US$70 por barril.

"Los precios habían subido a un nivel tan alto que la única dirección que quedaba era hacia abajo", les explicó a periodistas en Ciudad de México el mes pasado.

Con esta cobertura, México ha garantizado sus exportaciones netas de petróleo para 2009 a US$70 el barril mientras el crudo maya ahora se comercializa a US$45. Lo importante aquí no es que la cobertura de Carstens funcionó, sino que esta vez un auge petrolero no se convirtió en una parranda gubernamental.

Otro gran cambio en México se produce en el frente del comercio. A estas alturas, la mayoría de los economistas reconoce que cerrar los mercados domésticos en tiempos difíciles sólo empeora las cosas. Pero la promesa de campaña del candidato Obama de obligar a introducir cambios proteccionistas al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) demuestra la constante tentación de los políticos de proteger a grupos de interés especiales de la competencia extranjera.

Sin embargo, mientras Obama y el Congreso están hablando de más barreras al comercio, el gobierno de Calderón va en dirección opuesta. En la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC, por sus siglas en inglés) en Lima, Perú, el mes pasado, el presidente mexicano advirtió que los cambios al Nafta perjudicarían a ambos lados de la frontera. México tiene numerosos acuerdos de libre comercio pero Carstens me dijo durante el desayuno que bajar los aranceles sobre las importaciones de países sin acuerdo de libre comercio con México es una prioridad para Calderón.

Con estos avances México podría salir bien parado de la recesión sin demasiado esfuerzo. Pero también hay serios riesgos para su estrategia. La muy promovida reforma del monopolio estatal Pemex es demasiado tímida para impulsar la producción en el corto plazo. En otras áreas, Carstens afirma que prepara eventuales reducciones de impuestos y una simplificación del código impositivo pero agrega que este no es el momento de hacerlo. El problema es que si espera hasta el momento adecuado, el sector privado podría decidir que el costo de hacer negocios en México es simplemente muy alto. Eso dejará al país más dependiente de la estrategia de Carstens de realizar gasto gubernamental proveniente del Ministerio de Hacienda y los bancos estatales de "desarrollo". Eso sería una regresión a un pasado ingrato.

Este artículo fue publicado originalmente en The Wall Street Journal (EE.UU.) el 1 de diciembre de 2008.

Este artículo ha sido reproducido con el permiso del Wall Street Journal © 2011
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