Las elecciones francesas

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas provocó un auténtico sismo político en el Hexágono y en Europa. La causa de esa conmoción es el hundimiento de Lionel Jospin, primer ministro y líder del Partido Social de Francia (PSF), y su desplazamiento por Jean Franѧois Le Pen, dirigente del ultraderechista Frente Nacional como candidato a la primera magistratura del país. Aunque este resultado parezca sorprendente, no es inexplicable. Refleja el profundo malestar de los ciudadanos transpirenaicos con el funcionamiento de un sistema político cerrado a la competencia y corrupto, con la gestión realizada por la coalición social-comunista-verde y con el miedo de una parte de la sociedad gala a los cambios a los que se enfrenta Francia en los comienzos del siglo XXI. En este sentido, Le Pen ha aglutinado un voto reaccionario en el sentido estricto de la palabra con una mezcla explosiva de intereses contrapuestos, cuya posibilidad de alcanzar el poder es inexistente.

En una lectura simple, el desplome de la izquierda francesa parecería ser una consecuencia  directa de su división. Se repetiría así, pero al revés, el escenario de las legislativas de 1997 cuando el fraccionamiento de las fuerzas liberal-conservadoras llevó a Jospin al gobierno. Sin embargo este enfoque no es correcto. Es verdad que concurrían a las elecciones dos candidatos socialistas, dos troskystas, dos verdes y el comunista. Una candidatura conjunta de la izquierda hubiese conseguido el 37.25 por ciento de los sufragios. Ahora bien, el centro-derecha también se ha presentado a los comicios fragmentado en seis formaciones, cuya conjunción hubiese proporcionado a Chirac el 37.84 por ciento de los votos. En este marco, la desunión de la "gauche" no es una explicación suficiente de su aplastante derrota como tampoco lo es la elevada abstención, casi el 27 por ciento, cuyo principal perjudicado no ha sido no ha sido Jospin sino Chirac según los sondeos de opinión.

Desde una óptica más amplia, el fracaso de Jospin es un ejemplo de manual de las dificultades de la izquierda continental de reconstruir sus señas de identidad, su proyecto político después de la caída del Muro de Berlín y de responder a las nuevas realidades políticas, sociales, económicas y culturales de un mundo en cambio. La socialdemocracia europea padece arterioesclerosis intelectual y parece incapaz de romper con su historia de gasto público elevado, impuestos altos, regulación de los mercados y defensa a ultranza de los programas clásicos del Estado del Bienestar. Se ha transformado en la representación de lo más caduco de la sociedad europea. Esto explica sus sucesivas derrotas en Austria, Dinamarca, Italia y ahora en Francia. Sólo el laborismo británico con el abandono explícito del socialismo, con la aceptación y adaptación a una estrategia propia del discurso y de la práctica económica liberales ha logrado mantener su atractivo electoral para capas mayoritarias de la población.

Jospin intentó lo imposible: ser un socialista ortodoxo y atraer a las clases medias. Este objetivo le enajenó el apoyo de amplios sectores de la izquierda que desconfiaban de su voluntad de desarrollar una verdadera política izquierdista centrada en mantener el control estatal de las grandes empresas, una alta fiscalidad, el poder de los sindicatos y el Estado del Bienestar. Para su desgracia, los sectores moderados de la sociedad francesa no creían en su capacidad de liberalizar la economía, de reducir los impuestos, de detener el declive económico del país o de acabar con el auge de la delincuencia. En este contexto, su proyecto lampedusiano de "cambiar algo para que todo siga igual", es decir, para salvar la esencia del modelo estatista francés estaba condenado a la ruina. El derrumbe de Jospin es el de la verdadera tercera vía: una opción intermedia entre el socialismo y el liberalismo.

¿Qué decir de Le Pen? No puede olvidarse que el Frente Nacional como los viejos partidos fascistas de los años veinte y treinta del siglo pasado es una formación de aluvión integrada por votantes decepcionados de la izquierda -sus mejores resultados los ha obtenido en los distritos tradicionales del Partido Comunista-, de agricultores y proteccionistas enemigos de la globalización, de nacionalistas horrorizados ante la "disolución" de Francia en la Unión Europea, de pequeños burgueses asustados por la inmigración y el deterioro del orden público etc. Un cocktail de estas características es políticamente inconsistente y viable sólo como una fuerza antisistema. Su normalización, a diferencia de lo sucedido en Italia con la Alianza Nacional de Fini, es imposible ya que ese espacio está ocupado por el "gaullismo". Así pues, el futuro de Le Pen y sus amigos es complicado.

Y ahora qué...La respuesta es clara respecto a la segunda ronda, Chirac ganará, e incierta de cara a las próximas elecciones legislativas, claves para la gobernabilidad de Francia. La cuestión esencial estriba en la capacidad del Presidente de convertir su probablemente abrumadora victoria frente a Le Pen en una mayoría parlamentaria capaz de formar gobierno y romper la cohabitación. Esto es lo que sucedió en 1995. El centro-derecha francés logró los mejores resultados de su historia, pero Chirac derrochó ese inmenso capital con una convocatoria electoral anticipada que llevó a la izquierda a Matignon. En estos momentos, la crisis de una "gauche" sin líder y sin discurso convierte al Presidente de Francia y al centro-derecha en las referencias más sólidas para frenar al Frente Nacional, que siempre ha crecido bajo gobiernos de izquierda, y para dirigir los destinos del país. Al mismo tiempo, el éxito de Chirac le convertirá en líder indiscutido del centro-derecha galo y facilitará la unión de las fuerzas políticas de ese signo para las legislativas. 

Francia tiene ante sí una tarea ingente. Su economía es un gigante con los pies de barro. Su PIB per cápita ha descendido del quinto lugar al doce de la UE; su evolución demográfica plantea serios problemas para financiar el gasto sanitario y las pensiones en un plazo de tiempo breve; sus mercados hiperregulados frenan la competitividad, el despliegue de la oferta productiva y la creación de empleo; una fiscalidad y un gasto público abrumadores pesan como una losa sobre su actividad productiva. Si a ese cuadro se suma el deterioro del orden público, los problemas derivados de la inmigración etc, el panorama francés es poco halagѼeño. El Hexágono necesita una inyección liberal que reduzca el tamaño del Estado y restaure sus funciones clásicas. Este es el reto y la oportunidad de la derecha: romper con el socialismo pero también con sus arraigados "tics" estatistas.