Las cuatro dimensiones de Uruguay

Por Oscar Silveira

Todo parecía claro. En octubre Uruguay presentaría formalmente su intención de firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos. Inesperadamente, el gobierno de Tabaré Vásquez le dice que no al TLC y se define por un “acuerdo marco de inversiones y comercio” (TIFA). La justificación que se dio fue que el embajador uruguayo había informado que Estados Unidos proponía el “modelo peruano” para el TLC y que debía ser definido por la vía rápida. Pero si de eso se trataba.

Existen cuatro dimensiones para comprender cómo Uruguay construye su inserción internacional. En primer lugar, la dimensión interna. La definición estuvo influida por la lógica de la acumulación de poder de los partidos de izquierda gobernante. Toda decisión está en directa relación a la manera de administrar e incrementar las fuerzas (no electorado) que apoyan al gobierno.

Los sectores pugnan públicamente y el presidente decide en la marcha hacia donde encuentre menos elementos que debiliten su poder relativo. En este sentido, Uruguay se acerca a un modelo hegemónico al más fiel estilo peronista. Ir por el camino rápido resultaba demasiada fricción y ella podía hacer perder incidencia en los sectores más radicales y movilizados.

En segundo lugar tenemos que visualizar la dimensión simbólica, es decir el mito de la construcción de una sociedad nueva, el socialismo, la patria grande o como se le quiera llamar. Uruguay debe convivir con los supuestos intereses colectivos del movimiento progresista latinoamericano y el gobierno se mueve entre el “modelo chileno”, al “populismo peronista” o el “bolivarianismo” de Chávez.

Cuidado, este movimiento impactará directamente en las instituciones democráticas del país, ya que el modelo que se logre implantar marcará hacia donde desembocará el proceso de acumulación de poder de la izquierda.

En tercera instancia, tenemos que analizar la dimensión internacional, la cual está anclada en la realidad concreta del mundo. Primariamente las relaciones dentro de un Mercosur dominado por las decisiones binacionales de Argentina y Brasil con un estilo autoritario y poco solidario para los intereses de los socios menores.

Como es imposible mudarse de vecindario sin el visto bueno de Argentina y Brasil, es inviable un TLC tradicional para Uruguay. Y los dos países estuvieron en contra. Por una estrictamente cuestión política pues los tratados de libre comercio no son una alternativa al Mercosur, son un complemento. La resolución que prohíbe la negociación de acuerdos fuera del bloque existe y no había voluntad política para cambiarla.

Es necesario hacer notar que las relaciones entre Estados Unidos y el bloque no están funcionando bien. Se mueven por caminos inversos; mientras América Latina transita un camino político, los estadounidenses pretenden avanzar desde lo económico. Buscar el camino del centro que ofrezca el desarrollo integral para todo el continente es el desafío para una visión americana de porvenir.

La cuarta dimensión está vinculada a la dimensión comercial donde la decadencia del comercio interno del Mercosur y la falta de inversión propia transforman a la relación comercial con Estados Unidos en la única posibilidad de inserción mundial enriquecedora y no encorsetada por lo político en el corto plazo.

Todo aquel que tenga responsabilidades económicas reales, desde el Ministro de Economía, Presidente del Banco Central, representantes de las cámaras empresariales y empresarios que no viven a expensas del Estado, está a favor de la firma del tratado de libre comercio pues valoran su importancia. Desde hace unos años la realidad comercial de Uruguay cambió. Estados Unidos es ya el primer socio comercial de los uruguayos.

El crecimiento sostenido de la competencia de comercial global, China especialmente, debería ser suficiente razón para invertir en el desarrollo del continente. Las naciones más avanzadas de la UE encuentran en la Europa central su fuente de competitividad, mano de obra capacitada, cercana y a buen precio. El resultado es bueno para la producción y el desarrollo integral del bloque. Ese concepto debe ser adecuado también para nosotros.

La principal es la aceptación de que Uruguay tiene que salir del compromiso que le significa el Mercosur y que esta será una tarea difícil por la presión que realizan los países grandes de la zona. El camino lento que propone el gobierno uruguayo no debe ser tomado por los Estados Unidos como una decepción sino como la mejor opción de construir a partir de este proceso negociador una nueva propuesta de integración continental.