Las bendiciones de CAFTA

Por Daniel T. Griswold

Dos audiencias muy tensas en el congreso de estas últimas semanas han prendido la mecha de lo que podría ser un debate explosivo sobre el Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y EE.UU. (CAFTA), una de las más importantes legislaciones sobre comercio en presentarse ante el congreso en años.

CAFTA representa un gran avance para la política comercial y externa estadounidense. Eliminará la mayoría de las barreras al comercio entre EE.UU. y seis países—Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica, y la República Dominicana—todos ellos combinados representan nuestro segundo mercado más grande de exportaciones en Latinoamérica, solo por detrás de México.

Gran parte de la industria estadounidense ha endosado CAFTA porque abrirá nuevas oportunidades de exportación para las compañías y trabajadores estadounidenses. Más de 50 grupos granjeros representando pollos, puercos, lácteos, frutas y otros productores han apoyado CAFTA, junto con los productores más eficientes del sector manufacturero y del sector de servicios.

En importaciones, el mercado estadounidense ya está considerablemente abierto debido a la existente Iniciativa de la Cuenca del Caribe y debido a otros programas preferenciales. CAFTA garantizaría ese acceso, para el beneficio de los productores y consumidores centroamericanos y para el de los consumidores estadounidenses, mientras garantizaría el acceso recíproco de las exportaciones estadounidenses.

El azúcar doméstico y los productores de textiles se quejan de que CAFTA abriría nuestro mercado a la ruinosa competencia, pero sus quejas son vacías. El tratado si permite que entren unas 109,000 toneladas métricas más de azúcar importado a nuestro considerablemente cerrado mercado doméstico de azúcar. Las importaciones adicionales deberían ser bienvenidas por los consumidores estadounidenses y por las industrias que usan azúcar que pagan tres veces lo que es el precio mundial del azúcar debido a las cuotas proteccionistas. El azúcar extra importado de los países de CAFTA constituiría la pequeña cantidad de un décimo de onza por día por cada hogar estadounidense—o uno de esos pequeños paquetes de azúcar utilizados para endulzar una sola tasa de café.

Las objeciones respecto a CAFTA de los grupos que defienden los intereses de la industria de textiles son igual de equívocas. Los productores domésticos de textiles alertan que las “reglas de origen” del tratado permitirán que camisas y otra ropa hecha con textiles extranjeros sean importadas más fácilmente a EE.UU. Pero debido a la proximidad y alianzas históricas de negocios, los productores de textiles centroamericanos prefieren utilizar los textiles hechos en EE.UU. El año pasado, las compañías estadounidenses exportaron $2.6 mil millones en textiles a los seis países del CAFTA. Fallar en implementar el tratado perjudicará algunos de los mejores clientes de la industria estadounidense.

Los oponentes más ideológicos de CAFTA dicen que el tratado no protege adecuadamente los criterios ambientales. Pero esas aseveraciones ignoran el extensivo lenguaje del CAFTA obligando a los países centroamericanos a cumplir con las existentes leyes y inhabilitándolos de debilitar esas leyes para ganar cualquier ventaja comercial. Cinco o seis países del CAFTA han ratificado todas las ochos “principales” convenciones de la Organización Internacional del Labor, mientras que el Salvador ha ratificado seis. (EE.UU. ha ratificado dos.)

Los críticos también ignoran la realidad aún más fundamental de que expandir el comercio y el crecimiento promueven la calidad de vida más alta que ellos dicen querer obtener. Mientras los países de CAFTA se han abierto y liberalizado sus mercados, ellos han aumentado su calidad de vida. El analfabetismo en los adultos de la región ha sido reducido considerablemente desde 1980, y los niveles de labor infantil han sido reducidos drásticamente. De acuerdo al Banco Mundial, un porcentaje más alto de personas en los países del CAFTA gozan de acceso a agua mejorada y sistemas de sanidad más que en Marruecos, un país que el Congreso aceptó unánimemente como un socio de libre comercio en el 2004.

Rechazar CAFTA porque hay “inadecuadas” protecciones laborales y ambientales negaría perversamente a esos países la poderosa y necesaria herramienta de la expansión comercial para mejorar esas mismas protecciones. Castigaría algunos de los países más pobres de nuestra región simplemente por ser pobres.

Junto con la liberalización económica y los mejores niveles de protección laboral y ambiental, los países de CAFTA han progresado dramáticamente hacia un aumento en democracia y libertades civiles. En los 1980s, la región atravesaba conflictos civiles e insurgencias comunistas. Hoy todos los países del CAFTA son democracias pluralistas en paz internamente y con sus vecinos.

Todavía se necesita más progreso necesita ser obtenido, pero la región se ha ido dramáticamente en la dirección correcta. La ratificación del CAFTA fortalecería la democracia y los derechos humanos en la región al construir una clase media más grande e independiente—la columna vertebral de la democracia en Taiwán, Corea del Sur, Chile, México y otros países pro-reforma.

En un discurso reciente, el Ministro de Comercio nicaragüense Mario Arana le recordó a los miembros del Congreso que CAFTA cementaría “los admirables cambios que nuestros países han hecho en esta generación, alejándonos de la dictadura, de la guerra civil y los conflictos que afligen a la democracia y hemos implementado reformas para promover la igualdad y la justicia, y últimamente, para promover mejor calidad de vida para nuestros ciudadanos”.

Si el Congreso rechaza CAFTA, estará mandando un mensaje frío a los países pro-reforma alrededor del mundo. Si aprueba CAFTA, creará más oportunidades para los trabajadores estadounidenses mientras fortalece el capitalismo, la democracia, y los derechos humanos en nuestro hemisferio.

Traducido por Gabriela Calderón para Cato Institute.