La venta del mercado

Por Roberto Salinas-León

Un problema central con las ideas liberales de mercado y apertura es que, a pesar de las tendencias en economía política alrededor del mundo, estas son vistas con malos ojos en la comunidad de intelectuales. La gran interrogante para los voceros del mercado es si la idea liberal (sin "neo" o calificativos desgastados como "capitalismo salvaje") puede poner en práctica su doctrina, y lograr "la venta" del mercado entre diversos sectores de la sociedad, incluyendo el sector intelectual.

Esta observación es esencial, ya que si bien hay extraordinarios pensadores liberales en el mundo, una buena mayoría de analistas tienden a ser repetitivos, predecibles, y con poco dinamismo ante una izquierda que, a pesar de dramáticos cambios a partir de 1989, ha sabido aprovechar la oportunidad que brinda la mutación intelectual: "ecologismo" o "federalismo participativo" o "intervencionismo moderado" o "comercio justo."

La dudosa división del debate intelectual en los términos de "derecha" o "izquierda" es parte del enorme problema que enfrenta la venta exitosa del mercado. Pero la lección es clara: los adversarios del mercado cautivan más, y disfrutan mayor aceptación que los proponentes del punto de vista "liberal". Un economista recientemente comentó que esto refleja un caso de ocio intelectual; pero también refleja la ausencia de una estrategia de venta exitosa.

En 1994, en un importante encuentro liberal celebrado en Cannes, el liberal británico Madsen Pirie advirtió que los intelectuales modernos tienden ha apoyar más las cómodas doctrinas estatistas que los principios del mercado. El propio Friedrich Hayek, quizá el liberal más distinguido del siglo XX, confesó la gran dificultad que surge al tratar de vender las ideas liberales-- aun a pesar del estrepitoso fracaso de la planificación central.

Pirie dice que la tarea de los liberales se ha concentrado en atacar la orientación estatista, sin explicar adecuadamente los beneficios de una sociedad abierta per se. Con excepciones notables, la mayoría de los argumentos liberales son predecibles, siempre la misma cosa, carentes de innovación o creatividad. Entre otras cosas, esto conduce ha acusaciones tales como "economista de café" o "intelectual de supermercado," o adjetivos similares de quasi-académicos. Para los intelectuales que todavía no entienden la enorme contribución de un David Hume, un Edmund Burke, un Adam Smith, incluso las ideas del propio Hayek o John Stuart Mill, uno no amerita el título de "intelectual" a menos que uno endose un punto de vista con contenido estatista.

En Latinoamérica muchos intelectuales sufren de lo que Mario Vargas Llosa llama el "miedo a la libertad"-- temor no tanto de seguir un punto de vista de mercado, sino temor de ser clasificado como un pensador de segunda categoría por sus colegas. Por un lado, esto conduce hacia caracterizaciones de "simplismo" o "falta de seriedad científica."

Dicho sea de paso, el hecho es que la venta del mercado es una actividad difícil. La idea popular es que el mercado, sin la adecuada intervención del Estado omnipresente y sabelotodo, conduce hacia el "capitalismo salvaje," la concentración de riqueza, o de beneficiar al rico a costas del pobre. Esta es una visión obscena del mercado. Pero mucho nos dice el hecho que los defensores del mercado sean vistos como derechistas extremos, agentes clandestinos de la CIA, elitistas tecnócratas, apologistas de la burguesía, y demás calificativos. En buena medida, la culpa no la tiene el que no entiende, ni siquiera el que no se toma la libertad de entender, sino el liberal que no ha logrado comercializar el extraordinario beneficio social del libre intercambio de bienes y servicios.