La talla de Aznar

Por Pedro Schwartz

Durante las casi once horas de su declaración ante la Comisión Investigadora del 11 de marzo, José María Aznar confirmó su integridad como persona y su solidez como político. Pretendida víctima de un espectáculo de acoso y derribo, se tornó en acusador de quienes, en su afán de desprestigiarle, habían dado pábulo a falsos rumores e incluso habían arrojado sobre su Gobierno culpas de acción u omisión por la espantosa matanza de Atocha. Incluso si no coincidiéramos con la totalidad de sus afirmaciones, seguiríamos sosteniendo que Aznar salió indemne de los cargos que varios diputados de izquierda y nacionalistas le imputaban.

El primer cargo con el que hubo de enfrentarse Aznar fue que su Gobierno había mentido deliberada e interesadamente al atribuir a ETA durante casi un día y medio la autoría del crimen, porque ello daría sin duda al PP la victoria en las inminentes elecciones generales. Por el contrario, los ministros creían sinceramente que se trataba de ETA. A quienes seguimos el pormenor de las investigaciones policiales durante aquellas horas del 11 y 12 de marzo nos parecía cierto lo que decía el Gobierno. Los intentos de la banda terrorista vasca de organizar un atentado de semejantes proporciones en la Estación de Chamartín las Navidades anteriores parecían confirmarlo. Ibarreche lo creyó. Rodríguez Zapatero, según declaró Aznar ante la Comisión, le dijo eso mismo en la primera de las dos conversaciones telefónicas que mantuvieron. Luego se descubrió la camioneta con cintas coránicas y Acebes dio cuenta inmediata del hallazgo y ordenó que se abriera una investigación subsidiaria siguiendo la pista islámica. La ministra Ana de Palacio envió telegramas atribuyendo el atentado a ETA por un exceso de confianza en la validez de los primeros indicios mas no en el marco de un intento deliberado de esconder la realidad. En fin, oídas las detalladas declaraciones de Acebes primero y de Aznar luego ante la Comisión, creo que a muchas personas de buena voluntad les parecerá que no hubo mentira deliberada, todo lo más error inicial explicable.

Un error que, en mi opinión, sí cometió el Gobierno Popular fue el no convocar inmediatamente la Comisión del Pacto Antiterrorista. Aznar lo explicó en la Comisión diciendo que no quería distraer de sus perentorias obligaciones a los ministros encargados del caso. Quizá hubiera servido para unificar posturas frente a este nuevo ataque el que los diputados de la oposición hubieran participado en las deliberaciones sobre las medidas a tomar.

En vez de la unidad ante el ataque, corrieron informaciones improbables, pero fueron los enemigos del gobierno quienes las lanzaron. Por ejemplo, se difundió el bulo de que el Gobierno había llevado a la firma del Rey un decreto aplazando las elecciones. La SER habló de cadáveres de terroristas suicidas encontrados en los vagones destrozados. Hay que decir que esa radio y los periódicos afines organizaron una campaña sistemática para desalojar al PP, con un tono rayano en el odio personal, como tenían acostumbrados a sus oyentes y lectores desde la victoria de los populares por mayoría absoluta en el año 2000. A esa campaña periodística se añadió el comportamiento ilegal de quienes se acordaron para asediar las sedes del PP durante la jornada de reflexión, acusando al Gobierno de mentir y sobre todo de ser culpable de la matanza por haber apoyado a EEUU en la guerra del Irak.

El segundo cargo, explícito en boca de izquierdistas y nacionalistas extremos, implícito en las preguntas de otros más moderados, es que el atentado no habría ocurrido si Aznar no hubiera apoyado tan claramente al presidente Bush en la guerra de Irak. La culpa la tuvieron sola y únicamente los terroristas. No debería haber hecho falta que Aznar lo dijera. Envidió la suerte de Bush de que no le culparan a él y al Gobierno americano del ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono. El atentado de Atocha demuestra precisamente que es necesario combatir el terrorismo islámico con toda firmeza y decisión, no que haya que lavarse las manos como Pilatos y dejar el trabajo duro en manos de otros más valientes. Aznar decidió, en contra de la mayoría de la opinión pública española y de algunos de sus ministros, que había que estar del lado de Bush y Blair en la cuestión de Irak, a riesgo de perder las siguientes elecciones. Pero esas son las reglas de juego de la democracia parlamentaria: el presidente del Gobierno puede tomar decisiones impopulares si cree que la salud pública lo exige. Luego los votos hablan. Creo que de todas maneras habría ganado las elecciones si los terroristas islamitas no hubieran buscado cambiar el signo de éstas con un ataque que acobardara al pueblo español. Otra vez digo que una persona ecuánime tendrá que admitir que Aznar tenía razón cuando afirmó que el atentado buscaba precisa y calculadamente dar un vuelco a las elecciones que parecía tener ganadas el PP.

El tercer cargo contra Aznar era la falta de previsión y preparación ante un posible ataque de terroristas islámicos. Si a algún Gobierno no se le puede acusar de dejación ante el terrorismo y en especial ante esa parte, minoritaria por cierto, del Islam dedicada a destruir la civilización occidental, es al Gobierno de Aznar. La persecución desatada contra José María Aznar desde el 11-M debería parecer excesiva incluso para sus críticos. Para quienes creemos que el sitio de España es estar al lado de los EEUU y sus aliados contra nuestros enemigos, la figura de Aznar se engrandece a medida que pasa el tiempo.