La solución a la violencia en Costa Rica es armarse

Por Juan Carlos Hidalgo

La creciente violencia empleada en los asaltos que suceden todos los días en Costa Rica ha empezado a llamar la atención de las autoridades de ese país. Y no es para menos. Durante años se les ha inculcado a los costarricenses la idea de que los ciudadanos respetuosos de la ley, con el fin de no resultar lastimados, no debemos oponer resistencia a los maleantes que pretenden atracarnos. Los hechos reportados en la prensa "tica" desmienten la sabiduría de dicho enfoque.

Los números dados son alarmantes: el año pasado 14.900 personas fueron atendidas en hospitales a lo largo de Costa Rica luego de haber sido atacadas por asaltantes, para un promedio de 40.8 por día. Y lo que alarma a las autoridades locales no es la frecuencia de los atracos sino la violencia empleada en éstos. Las declaraciones brindadas al periódico La Nación por varios oficiales del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) son reveladoras en cuanto a lo que se necesita para combatir esta ola de violencia: El problema radica no tanto en la resistencia de los afectados, sino en la actitud agresiva del delincuente. "Las víctimas son... tomadas en desventaja" afirma el subdirector del OIJ, Gerardo Láscarez.

Por años la respuesta de los gobiernos en Costa Rica ha sido la misma: restringir el acceso ciudadano a las armas de fuego, bajo la premisa errónea de que entre menos armas haya en una sociedad, menor será el crimen y la violencia. El resultado ha sido totalmente el opuesto. Las armas continúan en las calles pero esta vez en manos de criminales, quienes de todas formas no cumplen la ley, mientras que los ciudadanos respetuosos de la misma son desarmados por sus propias autoridades.

Los criminales son gente racional que ataca dadas ciertas circunstancias. Como lo indica Láscarez, ellos buscan víctimas que estén "en desventaja" y un arma de fuego cumple precisamente la función de igualador entre el atacante y la víctima. Una investigación realizada por el criminalista de la Universidad de Florida, Gary Kleck, encontró que las mujeres que no ofrecen resistencia a un ataque tienen 2.5 mayores probabilidades de resultar heridas seriamente que aquellas que se defienden con un arma de fuego. En los hombres la pasividad es 1.4 veces más probable de provocar heridas serias que la defensa con un arma de fuego.

El temor a que haya una "carrera armamentista" entre criminales y ciudadanos responsables es refutado por la experiencia en diversos estados de Estados Unidos que indica que los criminales no están interesados en verse envueltos en batallas campales con sus víctimas. El más mínimo riesgo de resultar herido es disuasión suficiente como para que el maleante busque otras fechorías que realizar. Los estudios del economista John R. Lott Jr. demuestran que en aquellos estados en donde se relajaron los controles de armas, los asaltos violentos disminuyeron, pero el crimen a la propiedad privada—el cual no requiere contacto con la víctima—aumentó ligeramente una vez aprobada la ley.

Tampoco es de esperar un aumento dramático en el número de personas armadas en las calles. En los estados norteamericanos en donde las armas son más populares, la cantidad de ciudadanos con licencia para portar armas no rebasa el 5% de la población. Ciertamente hay un efecto en donde la gran mayoría de la población se beneficia gratuitamente de la seguridad brindada por otros. La diferencia radica en que los criminales no saben quién está armado, y las probabilidades de asaltar a la persona incorrecta son mayores.

Por lo tanto, ante la escalada del crimen violento en Costa Rica y el fracaso del gobierno de este país en cumplir su función elemental de proteger a las personas e impartir justicia, resulta imperativo que los costarricenses ejerzan sin obstrucciones gubernamentales innecesarias su derecho básico a defender su vida y sus familias con un arma de fuego. La sumisión, como demuestran los hechos, no es una opción.