La prohibición de viajar a Cuba deber terminar
por Philip Peters
Philip Peters es vice presidente del Lexington Institute en Arlington, Virginia y autor de "Una Política Para Cuba Que Sirva a los Intereses de Estados Unidos", un estudio publicado por el Cato Institute.
El año nuevo recién pasado, en La Habana, Fidel Castro, de 74 años, celebró los 42 años que lleva en el poder. Se suponía que esto no iba a ser así. Sobretodo después de la caída de la Unión Soviética, que puso a Cuba al borde del colapso económico, y considerando las leyes aprobadas en Washington en 1992 y 1996 para hacer más fuerte el embargo.
Por Philip Peters
El año nuevo recién pasado, en La Habana, Fidel Castro, de 74 años, celebró los 42 años que lleva en el poder. Se suponía que esto no iba a ser así. Sobretodo después de la caída de la Unión Soviética, que puso a Cuba al borde del colapso económico, y considerando las leyes aprobadas en Washington en 1992 y 1996 para hacer más fuerte el embargo.
Uno de los paladines de estas leyes, el Republicano Dan Burton (R-Ind), sostuvo en 1996 que Castro no sobreviviría y afirmó: "En unos cuantos años, habrá libertad, democracia y derechos humanos en Cuba y todos podremos ir a la isla a pasarla de maravillas".
El hecho es que Castro sigue en el control y las políticas de Estados Unidos hacia Cuba no han cambiado. Está ahora bastante claro que si algo le da fortaleza a Castro, es este fuerte embargo, ya que le permite mostrar a Cuba como el "David- víctima" frente al "Goliath- Washington" y a él, en lo personal, le permite mostrarse como un defensor del nacionalismo cubano.
Para el bien de Castro, el embargo también ofende a los cubanos. Según uno de los principles activistas de derechos humanos en Cuba, Elizardo Sánchez "el embargo es una forma muy extraña de mostrar el apoyo a los derechos humanos". Los obispos cubanos lo llaman "cruel" y en los cientos de entrevistas que he realizado por toda la isla, no he conocido un residente cubano que apoye el embargo.
Conociendo este fracaso, la mayoría de los pragmáticos norteamericanos dirían que es hora de intentar una nueva estrategia, aún cuando sigamos teniendo fuertes desacuerdos frente a las prácticas que afectan los derechos humanos de los habitantes de la isla. Pero por más que tenga sentido acabar con el embargo completamente, el congreso norteamericano parece inclinarse por dar pasos muy pequeños y la administración del presidente Bush no ha presentado una política clara y detallada hacia Cuba.
Por lo tanto, sugiero ahora un comienzo: El congreso y el presidente deberían acabar con la prohibición de viajar libremente a Cuba sin necesidad de buscar una licencia especial otorgada por el gobierno federal. La política del embargo, que busca negar grandes entradas de divisas al gobierno cubano, puede haber tenido sentido cuando Cuba y la Unión Soviética eran una amenaza para la estabilidad del hemisferio. Pero ahora ya ni siquiera ese argumento tiene lógica. Más todavía, cuando según un informe del Pentágono en 1998, Cuba no representa una amenaza a la seguridad nacional y su capacidad militar es "residual" y "defensiva".
La prohibición de viajar se aplica de manera desigual. Mientras a todo el mundo se le impide viajar sin autorización especial, los Cubano-Americanos pueden viajar una vez al año en el caso de que haya una "urgencia familiar de tipo humanitario". Esta restricción en la práctica no se aplica y es por ello que muchas personas viajan a finales de diciembre y para el Año Nuevo a ayudar a sus supuestos familiares enfermos.
La prohibición de viajar es también arbitraria, ya que se concentra unicamente en la supuesta fuente de altas ganancias, cuando otros flujos se mantienen abiertos. Por ejemplo, las remesas familiares y ganancias de llamadas telefónicas alcanzan cerca de US$60 millones cada mes y un alto porcentaje de esta recaudación va a parar a las arcas del gobierno.
Pero una de las principales razones para permitir que estadounidenses viajen a Cuba es que sería útil para nuestros propios intereses. Desde la década pasada, la economía cubana ha ido dando pequeños pasos hacia políticas de libre mercado, permitiendo que se habran microempresas, que los agricultores vendan sus productos en un mercado abierto -se abrieron más de 300 mercados agr[icolas libres en la isla-. También han aceptado y favorecido negocios conjuntos con compañías extranjeras de turismo, minería, y comunicaciones, entre otras.
Cada una de estas reformas está limitada por la ideología socialista, todavía presente, pero, no obstante lo anterior, han permitido a miles de trabajadores ganar experiencia en diferentes mercados e incrementar el presupuesto familiar por encima del promedio cubano. Como los turistas americanos alquilan habitaciones en residencias privadas, contratan taxis, comen en restaurantes de negocio familiar y compran trabajos de artistas, esto mejorará las ganancias de los empresarios y ellos, por su parte, demandarán más los productos de agricultores privados, haciendo que el nuevo sector privado cubano se expanda.
Finalmente, acabar con la prohibición de viajar a Cuba transmitirá ideas y valores norteamericanos cuando estudiantes, iglesias, grupos deportivos y culturales y demás individuos estadounidenses se encuentren con sus contrapartes insulares. La creación de fuertes vínculos entre nuestras sociedades no podrán derrocar a Fidel Castro más pronto que el embargo comercial, pero mientras Cuba hace su trancisión en el mundo post- soviético, estos nuevos visitantes apoyarán el desarrollo de mercados libres, ayudarán a los individuos cubanos, también a sus comunidades, y construirán valiosos vínculos para la generación de cubanos que suceda a la generación de Castro.
"No hay nada positivo en aislar gente", me dijo una vez un sacerdote en La Habana. Estados Unidos debería prestar más atención a este consejo.