La pesadilla argentina

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

La decisión de Carlos Menem de no presentarse a la segunda vuelta de las elecciones para la presidencia de la República Argentina abre un período de enorme incertidumbre político-institucional cuyas repercusiones económicas pueden ser muy graves para el futuro inmediato del país. Con un veintidós por ciento de apoyo popular, con unas elecciones legislativas y locales a seis meses y con un mapa parlamentario y partidista muy fragmentado, el nuevo presidente, Néstor Kirchner tendrá serias dificultades para diseñar y ejecutar un programa coherente y creíble. Si además sus planteamientos de la campaña son tomados en serio, el panorama es todavía más inquietante. En este contexto, la confianza de los agentes económicos en la Argentina se mantendrá bajo mínimos y la reactivación de su economía será imposible.

De entrada, Kirchner va a ser el presidente con menor apoyo electoral de la historia argentina. Por añadidura, el éxito de su candidatura es el resultado de la manipulación de la legislación electoral llevada a cabo por Eduardo Duhalde, el auténtico vencedor de los comicios, que ha sometido las instituciones a los vaivenes internos del peronismo y a sus propios intereses. Desde esta perspectiva, Kirchner está lejos de contar con una legitimidad de origen clara y es en buena medida un cautivo del duhaldismo cuyo control de la provincia de Buenos Aires le convierte de hecho en el poder real del país. Ante este panorama, el máximo mandatario argentino se encuentra en una posición de extrema debilidad. Éste ha sido el regalo envenenado o la venganza de Menem que le ha privado de una previsible amplia mayoría en el "balotaje".

La situación se complica todavía más si se tiene en cuenta el largo interregno existente hasta las próximas elecciones legislativas, seis meses. Con el justicialismo roto en facciones y sin un liderazgo claro, Kirchner se convertirá en rehén de una variedad de grupos de interés y en un actor dependiente de los votos bonarenses controlados por Duhalde si desea contar con una asistencia parlamentaria de cierta consistencia. En este marco, el gobierno, forzado a distribuir parcelas de poder entre las tribus del justicialismo para mantenerse en el poder, tendrá graves problemas para poner en marcha, antes y después de las legislativas, las medidas de reforma económica e institucional que necesita la Argentina para superar la crisis.

Este panorama resulta dramático en una coyuntura económico-social como la de Argentina. La deuda externa supone el 114% del PIB, el desempleo afecta al 21,3% de la población activa, el PIB per cápita se ha reducido en un 30% desde 1998, la pobreza se cierne sobre uno de cada cuatro ciudadanos. Los ejemplos podrían extenderse hasta el infinito. Es verdad que desde el último trimestre del 2002 la economía austral ha iniciado un relativo despegue y la posición presupuestaria ha mejorado pero también lo es que esa dinámica es el resultado inevitable de la brutal recesión registrada por el país y de la fuerte devaluación del peso. Esto significa que Argentina no ha tocado fondo y el veranillo económico protagonizado por el país es precario. Si los mercados perciben que el gobierno es incapaz de encauzar la situación con un programa consistente, la República Austral se verá sometida a graves convulsiones.

En el corto plazo, Kirchner deberá hacer frente a una serie de desafíos ineludibles no ya para que Argentina inicie la senda de la recuperación, sino para evitar un nuevo desplome económico-financiero. Así tendrá que llegar a un acuerdo con los acreedores para reducir el peso de la deuda, renegociar en agosto el acuerdo con el FMI, revisar un sistema tarifario para las empresas suministradoras de servicios públicos, restaurar la credibilidad en un sistema financiero quebrado, garantizar los derechos de propiedad y la seguridad jurídica, entre otros. Éstos no son problemas a medio plazo, sino exigencias inmediatas para impedir el colapso del país. Si no se abordan esas cuestiones, los agentes económicos volverán a castigar la ineptitud de los políticos, la prima riesgo-país se disparará de nuevo y Argentina se verá abocada a una coyuntura de pesadilla.

Por último, existe un factor que genera incertidumbre adicional: Las ideas económicas de Kirchner. El máximo mandatario argentino es un hombre nuevo pero anclado en los principios del viejo peronismo con una visión intervencionista en lo micro y keynesiana en lo macro. Estas credenciales son las más opuestas a las necesidades de la Argentina que precisa todo lo contrario: una estrategia de liberalización de mercados y de ortodoxia en la gestión monetaria y financiera. En este sentido, el mantenimiento de Roberto Lavagna al frente del Ministerio de Economía no es una garantía de nada. Éste ha sido el ministro de un gobierno de emergencia destinado a lograr un solo objetivo: El apaciguamiento social. Sin embargo, no es el hombre que simbolice una política económica capaz de generar confianza y poner al país en la senda de un crecimiento sostenido.

De una manera brutal puede decirse que, de facto, la elección argentina a la presidencia ha sido disputada por un antiguo corrupto retirado de los negocios, Menem, y por un corrupto en activo, Duhalde. Kirchner ha sido un simple instrumento del segundo. Así pues y salvo un milagro, que podría producirse, las expectativas de la República Austral no son demasiado alentadoras. La vieja política domina aún la Argentina y esa es una pésima noticia para el país y, desde luego, para los inversores.