La Organización Mundial de Salud y las carnes procesadas

Mario Zúñiga indica que "El hecho de que las carnes procesadas ahora también estén dentro del Grupo 1, junto al tabaco y el asbesto, no quiere decir que sean tan peligrosas como estas últimas. En el caso de la carne roja no procesada, además, debe tomarse en cuenta también los beneficios de consumirla".

Por Mario Zúñiga

“La carne procesada es cancerígena” señalaron los titulares luego del anuncio de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en torno a la relación entre los cárnicos y el cáncer de colon. El congresista (autodenominado “defensor” del consumidor en el Perú) se apuró a recomendar que se “reduzca o elimine el consumo de embutidos por alerta de la OMS”. No nos sorprendería que, como dicta su “manual”, presentara pronto un proyecto de Ley suyo que proponga obligar a incluir advertencias en las etiquetas de dichos productos, dividiendo el mundo entre “bueno” y “malo”, al mejor estilo de la “Ley de Alimentación Saludable”. Esto solo generaría información confusa para los consumidores.

Debe quedar clara, en primer lugar, la dimensión del riesgo involucrado. Lo que ha señalado la Agencia Internacional de Investigación sobre el Cáncer (IARC), que produjo el informe en el que se basa la OMS, es que consumir diariamente 50 gramos de carne procesada aumenta la probabilidad de desarrollar cáncer colorectal en un 18% (sobre un riesgo que es en términos generales, pequeño). En el caso de las carnes rojas, sólo se habla de una probabilidad. Es el consumo excesivo de estos alimentos sumados a otros factores (sedentarismo, estrés, tabaco, etc.) el que pone en peligro al consumidor.

Las categorías que usa la IARC describen cuánta evidencia se tiene sobre la relación causal entre un componente y el cáncer, no cuál es el nivel de riesgo de cada producto. El hecho de que las carnes procesadas ahora también estén dentro del Grupo 1, junto al tabaco y el asbesto, no quiere decir que sean tan peligrosas como estas últimas. En el caso de la carne roja no procesada, además, debe tomarse en cuenta también los beneficios de consumirla, ya que es una fuente valiosa de proteínas, hierro, zinc y vitamina B12. Ahora bien, hay muchas razones para comer carne moderadamente (riesgo cardiovascular, por ejemplo), pero no es necesario eliminar las carnes procesadas y menos las rojas de nuestra dieta. Al final, como siempre, el consejo es mantener una dieta balanceada, con ejercicio y chequeos médicos regulares.

Aclarado el nivel de riesgo de consumir carne, ¿cuál es la herramienta regulatoria más útil para los consumidores? Utilizar advertencias como las de tabaco, implica calificar al producto de bueno o malo para la salud, y eso está justificado en el caso del tabaco (sin tener que llegar a poner advertencias en el 100% del empaque, claro está), pero no en el de los alimentos. Una advertencia generaría una innecesaria aversión a este tipo de productos que no sólo conllevan un riesgo reducido, sino que son incluso beneficiosos.

Un estudio de Contribuyentes por Respeto (Etiquetado de Alimentos: una talla no le queda a todo el mundo, 2014) halla evidencia de que los consumidores que miran los empaques, solo recuerdan un mensaje muy general de las advertencias, lo que supone que éstas pueden generar una aversión innecesaria a ciertos productos. Lo mejor, en ese sentido sería dar al consumidor la información nutricional de cada producto por medios masivos, y en todo caso, si se desea usar los empaques, recurrir a tablas nutricionales.

Los personajes de Chespirito se confundían (genialmente) al hablar para hacernos reír; pero que el Estado promueva la confusión no es divertido y puede ser muy peligroso. Advertencias contra el consumo de carne sólo harían que “panda el cúnico”.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en El Comercio (Perú) el 5 de noviembre de 2015.