La mejor manera de cultivar futuras democracias

Por Daniel T. Griswold

Las personas que viven en países abiertos a la economía global disfrutan de un nivel de vida más alto, en promedio, que aquellos atrapados tras altas barreras arancelarias. Ellos comen mejor y viven más tiempo. Sus hijos tienen mayores probabilidades de asistir al colegio que a trabajar en los campos. Ellos pueden hablar, reunirse y practicar su religión más libremente y elegir a sus gobernantes democráticamente. Y porque los países económicamente abiertos tienden más a ser democracias, tienen menores probabilidades de tener guerras entre sí.

Esas observaciones no están basadas en teorías académicas sino en como realmente funciona el mundo. Estudio tras estudio confirma que las naciones abiertas al comercio internacional crecen más rápido y alcanzan ingresos más altos que aquellas que están cerradas. Esto es porque las sociedades abiertas pueden especializarse fácilmente en lo que hacen mejor y aprovecharse de los precios globales más bajos para beneficiar tanto a las familias como a los productores. Como resultado, el más dramático progreso contra la pobreza ha ocurrido en los países en desarrollo que han abierto más agresivamente sus economías, tales como China, Vietnam, Uganda, Chile e India.

Ingresos más altos se traducen en una clase media más grande, educada y políticamente comprometida –la base de la mayoría de democracias. En un estudio reciente para el Cato Institute, encontré que los ciudadanos de naciones que son más abiertas al comercio tienen tres veces más probabilidades de disfrutar totalmente de libertades políticas y civiles que aquellos de naciones que están más cerradas al comercio. Aquellos que viven en naciones más cerradas al comercio tienen nueve veces más probabilidades de sufrir bajo una tiranía política que aquellos en economías abiertas.

En los últimos treinta años, a medida que la globalización ha estado ganando espacio, la proporción de la población del mundo que goza totalmente de libertades políticas y civiles se ha incrementado de 35 a 44 por ciento, mientras que la proporción que carece de tales libertades cayó de un 47 a un 35 por ciento. (La proporción en países parcialmente libres aumentó de un 18 a un 21 por ciento) El número de democracias alrededor del mundo se ha incrementado sostenidamente en los últimos quince años junto con la expansión de políticas económicas más liberales y abiertas.

No hay evidencia de que la globalización haya fomentado violencia, ni dentro ni entre países. Los peores conflictos étnicos de los años recientes han ocurrido en sociedades relativamente protegidas y tiránicas tales como Ruanda, Sierra Leona, Zimbabwe y la ex Yugoslavia. Envidia y violencia contra las minorías étnicas económicamente exitosas ocurren desde mucho antes que la globalización.

La globalización ha sido un freno para esos conflictos. Un estudio reciente del Banco Mundial concluyó: “La incidencia de guerras civiles ha declinado considerablemente en las regiones en desarrollo que se están globalizando, pero se ha incrementado sosteniblemente en África.”

La razón es sencilla: Expandir mercados canaliza la ambición y energía de la gente a crear riqueza, mientras mercados cerrados y estancados engendran frustración y envidia dirigida a confiscar la riqueza de otros. En países tan variados como Taiwán, Corea del Sur, Ghana, México, Chile y los ex satélites soviéticos en Europa del Este, la pacífica reforma política ha ido de la mano con la globalización.

Mientras tanto, las partes del mundo que se enfurecen más con violencia y conflictos domésticos –África sub-Sahariana y el Medio Oriente – están entre las regiones del mundo menos abiertas y democráticas, cada uno padeciendo proporciones decrecientes de comercio global e inversión.

Cuando los estadounidenses debaten comercio y globalización, hay más en juego que promover el crecimiento económico. Al expandir los lazos comerciales y de inversión se crea un mundo más pacífico y hospitalario, en el que la esperanza por un futuro más prometedor pueda finalmente reemplazar la frustración y envidia.

Traducido por Javier L. Garay Vargas para Cato Institute.