La mejor manera de arreglar el tendido eléctrico

Por Jerry Taylor y Peter Van Doren

Peter Van Doren es Editor, Revista Regulation del Cato Institute.

Los apagones de la semana pasada en Estados Unidos expusieron a la luz pública un tema usualmente oscuro—el de la fiabilidad del tendido eléctrico. Todo el mundo parece estar de acuerdo en que el gobierno federal debería ordenar más inversiones en las líneas de transmisión y en que si esas inversiones hubieran ocurrido a lo largo de los años, el apagón de hace una semana no habría sucedido. Nosotros no estamos tan seguros de esto.

Todavía no está claro por qué fallaron los sistemas que usualmente evitan la propagación de las anomalías de transmisión. Así que nadie sabe si el tipo de sistemas contemplados por los políticos y los reguladores hubiera reducido las posibilidades de un apagón.

Sí, la necesidad de más inversión en el tendido eléctrico parece ser clara. El sistema fue designado para manejar un número limitado de transacciones, no los grandes intercambios interestatales de electricidad que son ahora comunes. Además, la capacidad de transmisión ha permanecido estancada con relación al crecimiento de la generación de energía, presionando aún más el sistema.

¿Por qué se ha deteriorado el tendido eléctrico?

  • Varios proyectos de transmisión son considerados, aprobados y pagados a escala estatalpero los beneficios cruzan las fronteras de los estados. Y los tomadores de decisiones estatales entendiblemente se resisten a utilizar dineros de sus contribuyentes para inversiones que ayudarán principalmente a gente fuera de sus estados.
  • En la mayor parte de Estados Unidos, las actuales empresas de servicios públicos y los políticos de los estados se resisten activamente a mejorar el tenido eléctrico. Las compañías verticalmente integradas (las cuales son dueñas de las plantas generadoras, las líneas de transmisión y las redes de distribución dentro de un territorio de servicio) usualmente temen que un sistema de transmisión más robusto estimularía a potenciales competidores.

    Muchos políticos también se oponen a las mejoras en el tendido eléctrico porque la nueva capacidad de transmisión le facilitaría a los compradores fuera del estado comprar poder barato que de otra forma sería comprado por los consumidores locales.

  • Las ganancias sobre las transmisiones están reguladas, de tal forma que las compañías de servicios públicos han encontrado que pueden hacer más dinero al invertir casi en cualquier otra cosa excepto en la infraestructura de transmisión.
  • Con muchos conflictos regulatorios aún por resolver, y el potencial de ganancias por lo tanto confuso, los inversionistas han atrasado el arriesgar su dinero en el tendido eléctrico.

La solución ahora en boga para estos problemas es darle a la Comisión Federal Regulatoria de Energía más autoridad sobre las inversiones en transmisiones. La regulación estatal de las transmisiones es, después de todo, una reliquia arcaica de otros tiempos; y todos los que utilizan el sistema de transmisión son vulnerables al eslabón más débil en éste.

No obstante, obligar a las empresas de servicios públicos a invertir en mejorar la calidad a través de más regulación federal es demasiado crudo. Podría conseguir su objetivo hasta cierto punto, pero operar industrias mediante mandatos federales es menos eficiente que asegurarse que los incentivos apropiados existan para que la industria opere por su propia cuenta.

En su lugar, ¿por qué no intentamos desregular el tendido eléctrico? Eliminemos el tope sobre las ganancias en las transmisiones. Echemos por la borda las regulaciones estatales que protegen de la competencia a las compañías de transmisión. Acabemos con el eterno debate político sobre cómo deben ser organizadas y administradas las líneas de transmisión y permitámosle a los propietarios de las empresas de tendido eléctrico descubrir por sí mismos cómo manejar sus negocios de la manera más eficientealgo que los agentes del mercado son más aptos a aprender que los legisladores y reguladores.

La mayoría de los analistas están convencidos de que el sistema de transmisión es un monopolio natural, y por lo tanto retroceden ante el más mínimo pensamiento de competencia en el tendido eléctrico. Pero ésta ya existe en la forma de gasoductos.

Todas las plantas de energía nuevas, después de todo, utilizan gas natural. Éstas pueden estar localizadas lejos de las áreas urbanas y sus productos son enviados a las ciudades a través de los sistemas de transmisión de electricidad, o pueden estar localizadas en centros urbanos y sus productos son enviados localmente.

La competencia entre la transmisión de gas y electricidad no es peor que la competencia entre proveedores de servicios de televisión por cable y satélite.

La desregulación también pondría un fin a las reglas que obligan a los dueños de las compañías a hacer negocios con cualquiera que quiera acceder a sus cables. A los proveedores de transmisión se les debería permitir negociar los términos y condiciones de poner y quitar energía en las líneas.

Aquellos que son dueños de las líneas energéticas, después de todo, poseen un mayor incentivo de asegurarse que éstas funcionen de manera segura que el que tienen los reguladores que los vigilan, particularmente desde que los dueños no tendrían la posibilidad de confiar en los órganos regulatorios para garantizarse una tasa de retorno sobre sus inversiones.

La desregulación no puede garantizar que los apagones no ocurrirán nunca más, pero ciertamente llevará a un flujo de dólares más rápido en la forma de inversiones atrasadas que promoverán la fiabilidad y un uso más inteligente de esos dólares de lo que hubieran contemplado las órdenes y mandatos en Washington.

Traducido por Juan Carlos Hidalgo para Cato Institute.