La insoportable verborrea de Mr. Han
Lorenzo Bernaldo de Quirós reseña la obra del filósofo Byung-Chul Han, que considera profundamente anti-occidental y anti-ilustrada.
Por Lorenzo Bernaldo de Quirós
El Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025 se ha concedido al filósofo Byung-Chul Han por su “brillantez” para interpretar los retos de la sociedad tecnológica y su “mirada intelectual” que arroja luz sobre los problemas del mundo actual. Es fascinante que el Jurado de ese Premio haya galardonado a un filósofo cuya obra constituye una ataque frontal a los fundamentos de eso que se ha denominado Occidente y que, a priori, parece merecer preservarse.
Con una prosa tan pulcra como dogmática, Han ha fabricado un gran relato que rima con la fatiga contemporánea del mundo occidental y, en especial, del europeo: la "sociedad del cansancio" y la "psicopolítica". Su obra es un diagnóstico cultural basado en una incompetencia teórica manifiesta en el análisis económico y en un sincretismo filosófico viejo e irresponsable que desembocan en un nihilismo estéril, presentado con una jerga retórica pseudo trágica. Su libro Capitalismo y pulsión de muerte publicado por Herder en España ofrece una síntesis de su pensamiento.
El primer y más corrosivo fallo del laureado con el Premio Princesa de Asturias reside en el análisis de ese oximorón llamado neoliberalismo al que Han considera con toques freudianos una patología del alma, un régimen de auto explotación psíquica donde el individuo es el ejecutor y, a la vez, la víctima. Desde esta perspectiva, la depresión y el burnout o "síndrome del trabajador quemado" denunciados por el filósofo se manifiestan a través de un estado de agotamiento físico y mental que se prolonga en el tiempo y llega a alterar la personalidad y autoestima del trabajador. Son las flores venenosas de una "coacción del poder hacer" ilimitada. Si bien la descripción del fenómeno es vívida y colorista, evidencia una ignorancia supina de la economía que, según él, sustenta y hace cumplir esa coacción.
Han no solo yerra en el diagnóstico, sino que invierte el vector moral de la acción. Su "sociedad del rendimiento" ignora que el capitalismo de libre empresa, allí donde más se acerca a sus postulados de meritocracia y competencia abierta, no sólo eleva el nivel de vida sino la conciencia de la individualidad, de la capacidad del hombre de dirigir su destino. Lo que condena como "auto-optimización" no es la manifestación de una nueva forma de opresión, sino el ejercicio de la libertad individual en un sistema que recompensa la iniciativa y la responsabilidad.
El dinamismo del mercado, al generar oportunidades y bienestar, es la verdadera fuerza liberadora, permitiendo al sujeto trascender la alienación de la necesidad, si se emplease la terminología marxista. En el libre mercado, la primacía del "poder hacer" no es coactiva; es empoderadora, constituyendo un marco donde el esfuerzo se traduce o puede traducirse en elevación social, prosperidad material y, consecuentemente, en el refuerzo de la conciencia personal. Han ve cadenas donde, en realidad, se encuentran las herramientas para el progreso y la liberación real del individuo.
Esta deficiencia analítica se profundiza al considerar su manejo del término "neoliberalismo". Han lo utiliza como un epíteto descalificativo para desacreditar in toto la tradición liberal de la que el Occidente democrático es heredero. Para él, el 'neoliberalismo' es el sinónimo de todos lo males. Esta crítica revela una fundamental incomprensión del liberalismo clásico, lo que solo conduce a un callejón sin salida teórico y a una retórica política estéril pero útil para quien quiere desacreditar el ideario maléfico; esto es, el capitalismo liberal.
La tesis central de Han, la de la hegemonía indiscutible del capital liberal-neoliberal, se derrumba de manera estrepitosa ante la realidad empírica. Es cómico hablar de una dominación totalitaria del mercado en las naciones desarrolladas. La dimensión actual del Estado en la mayoría de las economías occidentales, inédita en la historia moderna, desmiente cualquier noción de un Estado mínimo o de hegemonía capitalista. La crítica de Han es un mero ejercicio de caricatura para consumo de creyentes o de ignorantes.
La vacuidad política de Han alcanza su clímax en su noción de libertad. La reduce a un estado mental o a una sensación personal de no coacción. Bajo esta lógica retorcida, un ciudadano de una dictadura hermética como Corea del Norte, que acepte con total sumisión su destino sin experimentar la ansiedad occidental de la auto-optimización, podría ser catalogado por Han como más libre que un ciudadano occidental estresado. Este absurdo moral y político es un ataque frontal a los fundamentos básicos de cualquier sociedad abierta. La falta de rigor económico y de filosofía política en su obra no es un descuido perdonable, es la causa fundamental de su fracaso como pensador crítico con pretensiones de relevancia.
El segundo fallo del gurú alemán-surcoreano es el sincretismo filosófico incoherente que define su método. Su obra amalgama la Teoría Crítica neomarxista de la Escuela de Fráncfort, con la demolición metafísica de Nietzsche (la Voluntad de Poder, la crítica a la moral) y la esencialización tecnológica de Heidegger (el Gestell, el asalto total a la metafísica occidental). Este cóctel es caótico. Han toma la capacidad de crítica al poder de la Teoría Crítica, pero inmediatamente la castra al inyectarle un nihilismo apolítico derivado de sus otras fuentes. La gran tragedia del pensamiento de Han es que, al adoptar la postura de Heidegger, acepta la técnica (Gestell) como un destino ineluctable, una fuerza que organiza la realidad y anula la acción humana. Si, como Han sostiene, el Gestell lo domina todo y la voluntad de poder nietzscheana es la única fuerza motriz del "sujeto de rendimiento", entonces el proyecto emancipador de la razón crítica —la posibilidad de cambiar el mundo— queda traicionado y extinto. Es una rendición intelectual disfrazada de ingenio.
La obra resultante es profundamente anti-occidental y anti-ilustrada. Los valores de la Ilustración —razón, verdad, progreso, libertad individual y debate racional—, que son los cimientos de la sociedad democrática liberal son socavados y presentados como meras trampas de poder. Su constante demonización de la razón, una ilusión, y del debate público como formas de psicopolítica es una legitimación indirecta de los regímenes opacos y autoritarios. Su filosofía provee munición intelectual a quienes buscan desmantelar los derechos y libertades liberales en nombre de una supuesta autenticidad, una versión post moderna de la distinción marxista entre la libertad formal y la real.
Su defensa de la lentitud, el olor y el silencio, que nadie se ría, es de un infantilismo acrisolado, eso sí, con una verborrea abrumadora. Es una fuga metafísica que ignora que la acción política exige precisamente lo que él rechaza: claridad racional, deliberación pública (transparencia) y la creencia en la capacidad de los sujetos para modificar su entorno. Al condenar estos pilares, Han abre la puerta al irracionalismo posmoderno, dejando a la sociedad sin las herramientas conceptuales para defenderse de la mentira sistémica y la manipulación.
Estas ideas son las que ha premiado el Jurado del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025.
Este artículo fue publicado originalmente en Vozpópuli (España) el 29 de octubre de 2025.