La insensatez comercial de los demócratas

Por Sallie James

Conforme los candidatos demócratas compiten en las elecciones primarias de Estados Unidos, el libre comercio ha adquirido un papel más prominente del que muchos esperaban. Las encuestas de salida en New Hampshire muestran que la economía es el aspecto número uno para los votantes demócratas. Por lo tanto, tomando en cuenta las dificultades que muchos predicen para la economía estadounidense en el próximo año, podemos esperar más demagogia respecto a asuntos comerciales por parte de los candidatos.

Hace unas semanas, el grupo “Campaña por un Comercio Justo de Iowa” (cuyo nombre indica todo lo que se necesita saber acerca de su propósito) le envió una carta a todos los candidatos cuestionándolos sobre sus posturas referentes a “un comercio aceptable y las políticas de globalización”. Las respuestas son reveladoras y hasta desgarradoras para los defensores del libre comercio y del crecimiento económico.

De los tres candidatos demócratas a la cabeza de la contienda, la carta de la senadora Hillary Clinton fue la menos estridente. Ella argumentó haber revisado todos los tratados de libre comercio existentes y haber elaborado una “política de comercio a favor de Estados Unidos”. Además, habló bastante acerca de distribuir los beneficios económicos del libre comercio (al menos reconoce que existen), y de una “Agenda innovadora y comprehensiva para motivar el desarrollo de nuevos productos e industrias” (como si el mercado no hiciera ya esto).

La respuesta mesurada de la senadora Clinton contraste totalmente con la de John Edwards, cuya carta a la agrupación de Iowa deja en claro su desacuerdo con los “intereses especiales” y contra aquellos que pretendan explotar a los trabajadores. Dentro de las críticas predecibles y generales, algunos argumentos sobresalen como particularmente alarmantes. Edwards afirma que el libre comercio “disminuye el salario de todos los trabajadores” y aboga por “no [comerciar] con países donde ser un sindicalista significa poner la vida en peligro”.

Si Edwards literalmente quiso decir que no va a comerciar con todos esos países, los estadounidenses experimentarían una reducción dramática en sus exportaciones e importaciones con muchos socios comerciales. El comercio de Estados Unidos con Colombia, donde los asesinatos a sindicalistas han atrasado la aprobación de un tratado de libre comercio, suma $15.500 millones al año ¿Realmente está Edwards dispuesto a renunciar a esto?

La propuesta de Edwards de “hacerle saber a nuestros socios comerciales en la Organización Mundial del Comercio, con los que tenemos déficits comerciales conocidos…. que los conductos de la OMC simplemente no están funcionando”—posiblemente como un preludio a querer “arreglarlos”—es errónea. ¿Estará dispuesto Edwards a recibir llamadas de países con los que Estados Unidos mantiene un superávit comercial pidiendo una renegociación de las reglas similar para satisfacer sus propios impulsos mercantilistas?

Muchas de las propuestas de Edwards están basadas en argumentos fácilmente refutables. Por ejemplo, desde el auge que tuvo el comercio internacional en la década pasada, la economía estadounidense ha creado más de 11 millones de empleos. Los consejeros económicos del presidente estiman que solo un 3% de los despidos masivos son causados por la competencia de las importaciones.

Finalmente, Edwards relaciona su política comercial con el mensaje general de su campaña, al declarar que “el NAFTA y la OMC trabajan para los privilegiados y los intereses especiales, dejando en abandono a los trabajadores estadounidenses”.

Aquí Edwards está completamente equivocado: reducir las barreras arancelarias disminuye el precio de los bienes importados para todos, aún cuando algunos trabajadores en las compañías de la competencia pierdan sus empleos o vean sus sueldos nominales reducirse. En otras palabras, reducir las barreras comerciales beneficia a la mayoría en el corto plazo a costa de una minoría. Y eso es antes de considerar los beneficios en la variedad de productos, el crecimiento de la productividad y el incremento en la calidad de vida que las políticas comerciales liberales aportan.

La carta de Barack Obama tampoco incluye este punto fundamental y denota su preferencia en “poner a los trabajadores por encima de los intereses especiales y de los grupos de presión en Washington”. Obama se jacta de haber votado en contra del DR CAFTA y explica su apoyo al TLC con Perú en sus provisiones laborales y ambientales. Entre otras cosas, Obama quiere agregar provisiones laborales ejecutables dentro de la OMC, lo cual seguramente truncaría cualquier futura negociación en el seno de esa organización. De igual manera, quiere “arreglar” el NAFTA y “revitalizar” el sector manufacturero de EE.UU., que por cierto estableció un record anual en resultados y ganancias en el 2006.

El proceso de las primarias siempre permite que los candidatos expongan las posiciones más extremas antes de que se muevan al centro al acercarse la elección general. Esperemos que el final de las primarias traiga consigo un poco de sensatez en materia comercial.