La inmigración a la palestra

Por Alberto Benegas Lynch (h)

La xenofobia nacionalista siempre constituye un estorbo serio para la comprensión de los problemas que afectan a seres humanos que deciden trasladarse a otros lares. En primer lugar, no parecen percatarse de que la razón de las fronteras y las jurisdicciones territoriales se debe al enorme riesgo de concentración de poder que implicaría un gobierno universal. El fraccionamiento del poder en diversas naciones y, a su vez, la subdivisión en provincias o estados y éstos, a su turno, divididos en municipalidades, federaliza y descentraliza.

No resulta infrecuente observar que se considera a las fronteras como algo natural que procede de culturas, razas, lenguas y religiones diversas. Sin embargo, nada de natural tienen las fronteras que son fruto de la acción bélica. La cultura es fruto de un proceso evolutivo. No es algo dado e incrustado en cada persona a perpetuidad. Se trata de un proceso dinámico, y cuanto menos cercada y alambrada por disposiciones gubernamentales, mayor será su riqueza y su alimento. Entre otros, Stefan Zweig recuerda los progresos en la literatura, la música, el derecho, la economía y el psicoanálisis en el siglo de oro de la cosmopolita Viena decimonónica y posterior, todo lo cual fue arruinado por los sicarios nazis.

Por su parte, la raza constituye un estereotipo. Dobzhansky, el padre de la genética moderna, afirma junto con Darwin que hay tantas clasificaciones como clasificadores. Por eso es que el nacional socialismo rapaba y tatuaba a sus víctimas como única manera de distinguirlas de sus victimarios. Después de tanto galimatías clasificatorio y de confundir etnia con religión, adoptaron el polilogismo marxista y concluyeron que la raza era "una cuestión mental", aunque jamás pudieron explicar en qué se diferencian las ilaciones lógicas de un ario respecto de las de un semita.

Dislates como la "comunidad de sangre" no toman en cuenta que hay cuatro grupos sanguíneos que están distribuidos en toda la humanidad y mezclados entre personas de las más diversas características físicas y que todos provenimos de Africa, cuando no del mono. La tropelía de la "pureza de la sangre" recuerda lo escrito por Guglielmo Ferrero en cuanto a que Calígula estableció el incesto en su familia "para no turbar la celeste pureza de su sangre".

El lenguaje también es consecuencia de procesos evolutivos. Al fin y al cabo los diccionarios son libros de historia. Nos resulta sumamente difícil seguir la lectura de castellano o inglés antiguo. Las lenguas diversas tampoco definen fronteras: Canadá y Suiza son países y, sin embargo, se hablan distintos lenguajes y América latina está constituida por diversas naciones y, sin embargo, se utiliza la misma lengua (por otra parte, según Chomsky, un lenguaje es un dialecto impuesto por las armas).

Por último, las religiones no diferencian las fronteras de un país, a menos que se impongan "religiones oficiales", un concepto tan cavernario y retrógrado como la literatura o la prensa oficiales.

Los nacionalismos siempre consideran lo autóctono (aunque no sepan que es el resultado de influencias lejanas) como un valor y lo foráneo un disvalor. Enormidades como la "verdad alemana" ponen al descubierto su relativismo epistemológico. Como ha señalado Julien Benda, si aceptan la verdad como criterio universal se les desploma su sentido de superioridad. El patrioterismo vociferante y militante se diferencia del natural afecto al terruño, pero sin absolutizar la idea; de lo contrario, ofenderíamos a nuestros ancestros que abandonaron sus lugares de origen. Todas estas posturas intentan bloquear la entrada de inmigrantes porque dicen que invaden o contaminan las culturas locales. Recurren a terminología militar y son presa de un marcado complejo de inferioridad ya que temen perder su identidad (bastante raquítica, por cierto, si hay temor de intercambiar opiniones con otros).

Ahora estoy escribiendo un libro sobre Estados Unidos, básicamente para mostrar cómo en los últimos tiempos navega a contracorriente de los principios fundacionales que hicieron a esa nación la más civilizada y progresista del planeta. Uno de los capítulos se refiere a la guerra —una de ellas— contra la inmigración. Encoge el alma el otro muro de la vergüenza construido recientemente en la frontera con México (por otra parte, en buena medida, los inmigrantes entran por los aeropuertos o por Canadá). Y nada tiene esto que ver con la seguridad. Los criminales terroristas del 11 de septiembre de 2001 entraron a Estados Unidos con visas de turistas y de estudiantes.

Julian Simon, en su meduloso tratado sobre las inmigraciones, muestra con profusión de datos y largas series estadísticas, gráficos y sólidas fundamentaciones que en Estados Unidos los inmigrantes dejan más recursos de los que retiran, trabajan más que los nativos, toman labores que los nativos no aceptan, ahorran más que los locales, transmiten sus talentos y son emprendedores en cuanto al establecimiento de innumerables pequeñas empresas. David Friedman equipara los beneficios netos del librecambio a la contribución de los inmigrantes.

Es curioso que muchos norteamericanos pongan de manifiesto su orgullo por que pianistas, pintores o científicos de renombre elijan a Estados Unidos como patria adoptiva, pero se opongan a la entrada de potenciales nuevas contribuciones. Tengamos en cuenta que, por ejemplo, Silicon Valley, donde ha tenido lugar un vertiginoso progreso en materia tecnológica, es, en su inmensa mayoría, fruto de la tarea de asiáticos, y que los tragicómicos "secretos de estado" que se pretenden guardar bajo siete llaves de los extranjeros no toma en cuenta que han sido ellos los que con su trabajo hicieron posible que Estados Unidos fuera la primera potencia nuclear.

El argumento utilizado en Estados Unidos y en Europa en cuanto a que la inmigración crea problemas fiscales, ya que utilizan el mal llamado Estado benefactor, se resolvería permitiendo que no les retuvieran aportes para tal fin y que no recurrieran compulsivamente al bolsillo ajeno por vía de esos denominados servicios. En cuanto a que la inmigración genera desempleo, se pasa por alto que mientras haya necesidades insatisfechas no sobra el factor de producción. Los trabajadores en negro prueban el aserto: nunca hay desempleo donde los salarios resultan de arreglos voluntarios. Por eso las llamadas conquistas sociales perjudican especialmente a los que más necesitan trabajar.

Se ha dicho también que las inmigraciones provocan fenómenos de sobrepoblación. Thomas Sowell demostró en un libro de 1983 que era posible instalar la totalidad de la población de la Tierra en el estado de Texas. Sostuvo que los 4400 millones de hombres y mujeres que habitaban el planeta por entonces podían recibir, por familia tipo de cuatro personas, 6800 pies cuadrados de territorio texano, suficientes para la vida de una familia media en Estados Unidos. Además, el mismo autor pone de manifiesto que Calcuta y Manhattan, por una parte, y Somalia y Estados Unidos, por la otra, tienen la misma densidad poblacional. En un caso se habla de hacinamiento y en otro de prosperidad, debido exclusivamente a marcos institucionales que dificultan o posibilitan el progreso.

Stephan Moore y Julian Simon llevaron a cabo una interesante encuesta. Les preguntaron a ex presidentes de la American Economic Association y a miembros del President's Council of Economic Advisors su opinión sobre el resultado de la inmigración en Estados Unidos y el 81 por ciento respondió "muy favorable". Y les preguntaron a estos economistas top qué opinaban sobre los resultados económico-sociales de la inmigración ilegal y el 74 por ciento respondió que los ilegales producen un impacto positivo.

Sin duda que la gente, en general, se impresiona cuando se producen cambios abruptos en los lugares donde ha vivido y, a veces, nacido, debido a otras arquitecturas, costumbres, hábitos, comidas, atuendos, músicas, etc. Pero no se puede actuar como si el país fuera propiedad personal, sin respetar otras vidas, lo cual no es óbice para que alguien compre o forme una asociación para adquirir lo que desea mantener según sus gustos. Es paradójico, pero quienes alardean de generosidad y amor al prójimo son los que con más frecuencia rechazan a otras personas y los más recatados en esas materias son los que, las más de las veces, revelan mayor consideración y respeto.

El único argumento para no aceptar la entrada de inmigrantes es la inseguridad, lo cual no es contra inmigrantes, sino a favor del respeto recíproco. Es cierto también, como bien dice Harry Johnson, que en la medida en que el mundo sea libre los movimientos de los factores de producción tenderán a igualar las productividades marginales. Las bajas de salarios en ciertos lugares estimula movimientos de capital en esas direcciones y la importación abierta permite maximizar la compra de trabajo extranjero. Todo ello reduce la necesidad del desplazamiento de personas. Pero cuidado con la trampa de la perfección, con aquellos que sostienen que mientras no se haga todo bien no debe hacerse nada, lo cual es una buena receta (en todos los órdenes) para la inmovilización.

Produce cierta congoja releer los versos de Emma Lazarus esculpidos en la base de la estatua de la Libertad, porque, a pesar de los múltiples y justificados reclamos, en un país de inmigrantes, los mandones de Washington autoconsiderados indispensables e iluminados han revertido aquellas ideas. Ernest Hemingway, en un artículo publicado en La Nación en 1936, "La enfermedad del poder", refiere la teoría de un amigo en cuanto al avance progresivo de este padecimiento: "Uno de los primeros síntomas del poder era en cada hombre la sospecha de lo que lo rodeaba; luego venía una quisquillosidad en todos los asuntos, incapacidad de recibir críticas, convicción de que era indispensable y de que nada se había hecho bien antes de que él llegara al poder y de que nada se haría bien otra vez a no ser que él permaneciera en el poder".

Este artículo fue originalmente publicado en el La Nación (Argentina) el 20 de junio de 2007.