La hora de Chirac

Por Lorenzo Bernaldo de Quirós

Chirac ha arrasado a Le Pen en las elecciones a la Presidencia de Francia. El margen de la victoria chiraquiana ha sido el mayor en la historia de la V República como consecuencia del desplome de la izquierda en la primera ronda y de la necesidad de conjurar la amenaza de la extrema derecha en la segunda. Este último factor convirtió los comicios en un plebiscito ganado por quien simbolizaba los valores republicanos, lo que le ha permitido recoger votos de todos los demócratas con independencia de su color político. A pesar de todo, la reelección coloca al Presidente en una posición privilegiada para obtener en las legislativas de junio una mayoría en las Cámaras que le permita controlar el gobierno y acabar con la cohabitación. El centro-derecha concurrirá unido a esas elecciones frente a una izquierda sin líder, sin programa y desgastada tanto por su derrota en las presidenciales como por su gestión gubernamental.

Desde 1983, los diversos gabinetes socialistas profundizaron en el legado estatista del "gaullismo" y le llevaron a su apogeo. A comienzos del siglo XXI, Francia es el país de la OCDE con el gasto público y los impuestos más altos, con unos mercados de factores y de productos hiperregulados y con un sector público empresarial enorme. Este modelo se ha traducido en una pérdida progresiva de dinamismo de la economía gala reflejado en el deterioro de su competitividad, en la reducción de su potencial de crecimiento y de su capacidad de crear empleo. Una manifestación palpable del "mal francés" es el descenso de su PIB per cápita; el quinto de la UE en 1997, el duodécimo en 2000. El Hexágono es un ejemplo de manual del fracaso social y económico de las políticas estatistas de izquierdas y de derechas que han hecho de Francia un caso emblemático de esclerosis económica y de corrupción política.

En esta coyuntura, Francia necesita una estrategia reformista de corte liberal. Esto supone una doble ruptura tanto con el socialismo como con la tradición dirigista de la propia derecha francesa. A la elite "enárquica" gala le ha unido mucho más sus intereses de lo que le han separado sus ideas. La derecha debe recuperar el espíritu de Jean Baptiste Say, de Frederic Bastiat, de Alexis de Tocqueville, de Jacques RѼeff y rechazar la herencia envenenada y decadente de Colbert y del jacobinismo. Aunque suele olvidarse, este enfoque no es ajeno a la historia política del Hexágono ni supone una importación de valores extraños a ella. La derecha democrática francesa sólo abrazó con ardor el dirigismo después de la Segunda Guerra Mundial. Este factor se olvida con demasiada frecuencia. Por otra parte, la opinión pública gala no es hostil por definición a los planteamientos del liberalismo. Esta afirmación está avalada por los hechos. Los tres triunfos del centro-derecha francés desde los ochenta (1986, 1993 y 1995) se produjeron con plataformas económicas nítidamente liberales y sus derrotas posteriores se produjeron por el incumplimiento de sus promesas electorales. Esta lección debería aprenderla el presidente reelecto.

¿Será Chirac un reformador liberal? La biografía del Presidente es turbulenta. En los cincuenta fue un simpatizante comunista; en los sesenta un "gaullista" a la Pompidou; en los setenta abogó por un laborismo a la francesa; en los ochenta y en los noventa su discurso fue siempre pro-mercado en la oposición aunque jamás lo llevó a la práctica una vez en el gobierno. En el líder del RPR siempre ha primado hasta ahora el deseo de obtener el poder y conservarlo a cualquier precio. Su prodigiosa longevidad en la vida pública respaldaría el mantenimiento de esa estrategia. Sin embargo, la situación ha cambiado y es probable que el vigoroso Jacques lo haga con ella. Por un lado, el Presidente está en el final de su carrera. Terminará su mandato con setenta y cinco años. Por otro, el hundimiento de la izquierda certifica el fracaso de la tesis "lampedusiana" según la cual es necesario cambiar algo para que todo siga igual. Por eso, Chirac puede ser el hombre del cambio y quizá ese sea el significado de su misterioso mensaje en la noche de su triunfo: "Os he escuchado y os he entendido".

En este contexto es interesante realizar algunas consideraciones sobre el "imparable" auge de la extrema derecha en Europa. De entrada, su crecimiento se ha producido en países bien gobernados por la izquierda; bien por la perpetuación de grandes coaliciones que bloqueaban cualquier posibilidad de alternancia y falseaban el funcionamiento normal del proceso democrático. En el caso francés, la cohabitación y la ausencia de diferencias sustanciales entre la izquierda y la derecha se han traducido en la aparición de flancos extremos en los dos lados del espectro político. Ni el socialismo ni el centro-derecha galos han sido capaces de integrar ese voto radical y/o descontento a diferencia de lo que ha sucedido en países como España, Italia o el Reino Unido. Por otra parte, el ascenso de la extrema derecha refleja también cuestiones de fondo. El deterioro del orden público, los problemas derivados de la migración o la erosión de la identidad nacional en un mundo globalizado y la construcción a marchas forzadas de una Europa Federal plantean cuestiones serias que exigen respuestas inteligentes. Es mucho más importante analizar cómo deben afrontarse estas situaciones que rasgarse las vestiduras por la resurrección del "fascismo" o diabolizar a quienes le votan.

Como señalaba The Wall Street Journal, el colapso de la izquierda francesa ha convertido a Jacques Chirac en el hombre del momento. Si falla en su tarea de reformar Francia, el país deberá esperar que surja un líder socialista dispuesto a emular a Tony Blair. Pero esa es ya otra historia.