La guerra en Irak sigue siendo un error monumental

Malou Innocent indica que "El amplio consenso es que la guerra le ha costado a la economía estadounidense más de $700.000 millones...ha dejado alrededor de 4.400 soldados estadounidenses muertos...De acuerdo a la mayoría de los cálculos, más de 100.000 iraquíes han sido asesinados desde la invasión".

Por Malou Innocent

Cada vez es más popular dentro de algunos círculos intelectuales el argumento de que la floreciente democracia iraquí hace que los siete años de guerra y ocupación estadounidense hayan valido la pena. Algunos analistas incluso han interpretado las elecciones del 7 de marzo en Irak como una muestra de que puede triunfar la promoción de la democracia a través de una ocupación militar. No hay que creerse tal cuento. La guerra en Irak continúa siendo un error monumental. Y la elección en ese país representa una victoria pírrica, mientras que los costos económicos, políticos y morales de la ocupación superan con creces cualquiera de sus beneficios.

Primero están los sacrificios en términos de sangre y dinero. El amplio consenso es que la guerra le ha costado a la economía estadounidense más de $700.000 millones —con el costo total aún en aumento. La guerra en Irak también ha dejado alrededor de 4.400 soldados estadounidenses muertos, más de 31.000 físicamente discapacitados y muchos más traumatizados psicológicamente.

De acuerdo a la mayoría de los cálculos, más de 100.000 iraquíes han sido asesinados desde la invasión. Más de 2 millones de iraquíes sunitas que huyeron a Jordania y Siria están contribuyendo a la inestabilidad en una región del mundo que ya se encontraba en una situación política precaria.

La guerra también ha complicado el balance regional de poder, hasta el tanto fortaleció considerablemente la influencia de Irán en Irak y limitó severamente las opciones de la  política estadounidense hacia el régimen clerical de Teherán. Por más planificación o tropas se hubiese podido prevenir la presión política de la República Islámica hacia un país vecino con una mayoría chiíta del 60 por ciento. La remoción de  Saddam Hussein como el principal contrapeso estratégico a Irán allanó el camino para la expansión de la influencia iraní en Irak y le ha permitido a Teherán respaldar, con mucha más impunidad, a sus aliados políticos en Bagdad. 

Incluso antes del 11 de septiembre, Irán poseía un programa nuclear en ciernes, la población más grande de la región, un arsenal de misiles balísticos en expansión y una considerable influencia sobre el grupo chiíta libanés, Hezbolá. Al agregar a esta lista una mayor influencia política sobre Irak, Irán vio fortalecida su posición geopolítica en la región, limitando aún más las opciones de la política exterior estadounidense.  

Un tercer efecto secundario de la guerra librada supuestamente en nombre de la democracia es que esta empeoró todavía más la reputación de EE.UU. en el mundo musulmán. Lejos de ser visto como un liberador benévolo, EE.UU. fue percibido como un gigante torpe —además de abusivo e hipócrita.

La gente de la región está muy al tanto de las políticas de Washington hacia Irak en las décadas que precedieron al 11 de septiembre. Los políticos estadounidenses tácitamente respaldaron la supresión del Partido Comunista de Irak por parte del Partido Árabe Socialista (Baaz) en 1963 y ayudaron a restaurar al poder a ésta agrupación luego de un golpe realizado por nacionalistas árabes pro-Nasser en 1968. Entre 1980 y 1988, durante la guerra entre Irán e Irak, la CIA y la Agencia de Inteligencia de Defensa le prestaron a Hussein asistencia en la planificación de batallas, imágenes satelitales, planificación táctica para los ataques aéreos e información acerca de las fuerzas iraníes desplegadas.

Como The Economist lo detallara hace unos meses, la tortura se convirtió en algo de rutina en el régimen de Maliki, que cuenta con el respaldo de EE.UU. Las tácticas de censura de la era de Hussein también están resurgiendo. El gobierno anunció planes de censurar libros importados y el Internet y de remover el anonimato que protege a los que envían correos electrónicos y a los blogueros. Estas políticas represivas son muy parecidas a aquellas impuestas por otro dictador respaldado por EE.UU. en la región: el presidente egipcio Hosni Mubarak. Como lo demuestran el Egipto y el Irak de hoy, países con elecciones pero sin normas liberales pueden simplemente ser caricaturas de democracias.

Una cuarta consecuencia de la guerra en Irak —y una que debería determinar si la misma es considerada o no un éxito— es que contribuyó en  poco o nada a mantener a EE.UU. seguro de los ataques de Al Qaeda. En este aspecto, lo que hace de la “guerra de Bush” en Irak posiblemente uno de los errores estratégicos más grandes en la historia estadounidense no es solamente la larga lista de fracasos que causó sino las oportunidades que EE.UU. perdió. El desastre en Irak desplazó unos muy necesitados recursos de inteligencia, atención pública y supervisión del Congreso de la guerra olvidada en Afganistán.

Tal vez esa es la razón por la que dos congresistas republicanos que recientemente visitaron el Cato Institute en Washington revelaron que gran parte de los republicanos en el Capitolio ahora creen que la guerra en Irak fue un error. También dijeron que “más de la mitad de la fracción legislativa republicana” cree que la manera en que EE.UU. empezó la guerra en Afganistán fue errónea. Hoy, las encuestas muestran que gran parte de los estadounidenses dicen que la invasión de Irak fue un “error” y que “no valió la pena”.

Mientras que los defensores intentan argumentar que la guerra fue justificada, la lección más importante que debemos aprender no es que más soldados, tácticas superiores y una mejora en la cooperación podrían dar mejores resultados la próxima vez. Más bien, la lección es que las guerras tienen el potencial de exponer los límites del poder militar y que las intervenciones armadas deberían llevarse a cabo solamente cuando estas son absolutamente críticas para la seguridad de una nación.

Siete años más tarde, esperemos que los estadounidenses hayan aprendido las lecciones correctas. Esperemos, también, que la suerte del Medio Oriente cambie para bien, no solamente de EE.UU. y su manchada reputación, sino también de los millones de civiles inocentes que han sido desplazados por el conflicto.

Este artículo fue publicado originalmente en Christian Science Monitor (EE.UU.) el 5 de abril de 2010.